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Izquierda y “voto útil contra el neoliberalismo”
Por estos días desde varios sectores del llamado progresismo izquierdista se ha criticado la postura del FIT y Zamora de haber recomendado el voto en blanco en el balotaje entre Rodríguez Larreta (o sea, Macri) y Lousteau. Se afirma que de esa forma la izquierda fue “funcional a Macri” (expresión utilizada por el periodista Maxi Montenegro, criticando a Jorge Altamira). Es la línea tradicional de los liberales burgueses, los socialistas burgueses y pequeño burgueses de todos los matices, y también, por supuesto, del partido Comunista. Por eso Aníbal Ibarra, que se formó políticamente en el stalinismo criollo, por estos días se dedicó a “dar cátedra” de cómo y por qué había que distinguir, aunque fuera muy sutilmente, entre Macri y Lousteu. “No son lo mismo”, repetía incansablemente, para recomendar el “voto táctico útil” por el segundo, en pos de la derrota del “proyecto neoliberal de los 90” del primero.
Dada la frecuencia con que se repite este argumento, en esta nota presento una respuesta a esta crítica a la izquierda, desde una perspectiva marxista. La respuesta reconoce dos niveles: el primero, el más fundamental, dice que aun en el caso de que haya diferencias, los marxistas deben mantener su posición independiente y no ceder al voto útil. En un segundo nivel, la respuesta dice que, en el caso concreto que nos ocupa, ni siquiera hay diferencias de alguna significación entre Macri y Lousteau (como tampoco las hay entre Lousteau y Recalde, o entre Macri, Scioli y Massa). Empecemos, sin embargo, con el primer aspecto de la cuestión.
“Una dosis de vinagre y bilis”
En una nota anterior he planteado que los marxistas deberían poner un alerta frente a los entusiasmos fáciles asociados a “victorias de papel”, que son ensalzadas por la izquierda y el progresismo en general (ver aquí). Es que muchos militantes creen que cantando victoria a cada momento (o, eventualmente, disimulando las derrotas) se mantiene el entusiasmo, y por lo tanto la movilización de las masas trabajadoras; que a su vez permitiría avanzar en conciencia socialista y organización.
En contra de este criterio, he sostenido que esta política lleva a callejones sin salida y a la frustración. Es que no hay nada más desmoralizante que ver cómo se derrumba, de un día para el otro, lo que se había asegurado que era un triunfo sobre el enemigo, sea este caracterizado como el capital financiero, la burguesía, el imperialismo, etcétera. Es lo que acaba de ocurrir en Grecia, y ha sucedido en otros lugares. Por esta razón he planteado que los marxistas deben basar su política en análisis materialistas, esto es, poner el foco en las relaciones sociales objetivas que subyacen a la formación social, por sobre la verborragia vacía de contenido.
En última instancia, se trata de mantener el mensaje crítico: en tanto no se acabe con la propiedad privada del capital, todo triunfo será parcial y precario. Y en particular, hay que alertar cuando los ideólogos del populismo, o del socialismo burgués, y similares, ensalzan las “victorias del pueblo”, y dan lugar a un característico clima “festivo y dulzón”, que disimula los antagonismos de clase. Los marxistas deben aguar la fiesta, porque por debajo de ella siempre “vuelve el pobre a su pobreza y el rico a su riqueza”. Un enfoque este que encontramos en Marx y Engels, y de manera más acentuada, si se quiere, en Lenin, ante las “primaveras revolucionarias”. Como también ante las luchas cotidianas de la clase obrera, en Marx. Vale la pena recordarlo.
La caída de la bolsa de valores en China
Ayer, 8 de julio, el Índice Compuesto Shangai se derrumbó un 5,9%. Esto significa que desde el pico alcanzado el 12 de junio pasado la caída es del 32%. Representa una pérdida de capitalización bursátil de 3,5 billones de dólares. Sin embargo, aún se trata de una fracción de lo que ha subido el mercado en el último año: desde julio de 2014 al máximo alcanzado en junio, los precios se incrementaron un 150%. El objetivo de esta nota es ubicar estas oscilaciones en el contexto en que se está desarrollando la economía china.
Sobrecapacidad, caída de rentabilidad y burbuja crediticia
En una nota que publiqué en agosto del año pasado (ver aquí), apuntaba que la economía china se había venido desacelerando desde 2011, y que la alta acumulación había desembocado en sobreacumulación y caída de la rentabilidad de las empresas. “Desde 1992 a 2010 el consumo agregado en China bajó del 62% del PBI al 47%, a pesar de que estuvo creciendo a una tasa promedio del 8% anual. De manera que la declinación del ratio se explica por el crecimiento aún mayor del PBI y de la inversión. La formación de capital fijo bruto creció al 12% anual durante dos décadas, y su participación en el PBI se elevó del 38% al 48% en 2010 (…) Un proceso que llevó a la sobreinversión y caída de rentabilidad. Las ramas con mayores problemas de sobrecapacidad hoy serían acero, construcción de barcos, paneles solares, aluminio, cemento y carbón (según Moody Investment Service); y muchas fuentes hablan de sobreinversión en construcción, tanto residencial como pública”.
Demanda, fetichismo estatista y la Gran Makro
En una nota anterior he planteado la importancia de la noción de trabajo productivo de Marx (ver aquí). En esta vamos a aplicar esa noción para desnudar la falacia de una tesis que se ha convertido en moneda corriente entre los integrantes de la Gran Makro (para el lector que no es argentino, se trata de una asociación de economistas kirchneristas). Esa tesis dice que, ante la caída de la inversión, el neto comercial y el consumo, la demanda se sostiene mediante el gasto público. En palabras de uno de sus referentes, Agustín D’Attelis, el gasto permitiría “hacer frente a la caída de todo el resto de los componentes de la demanda agregada” (declaraciones a Los Andes, 24/12/14). La misma idea es repetida, una y otra vez, por los economistas del oficialismo.
Pues bien, desde el punto de vista del marxismo -pero también desde la perspectiva de la Economía Política clásica, con su énfasis en la noción del excedente- el planteo es insostenible. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que deja sin explicar de dónde viene el poder de compra del Estado que hace efectiva la demanda. Lo cual enlaza, en última instancia, con la pregunta sobre la fuente y la naturaleza del valor.
Introducción al problema con Malthus y Marx
Para abordar el problema es conveniente remitirnos por un momento a quien fue uno de los primeros economistas que problematizó la demanda, Malthus (no es casual que Keynes lo haya considerado “el primer economista de Cambridge). Es que Malthus pensaba que en el sistema capitalista había un déficit de la demanda porque los capitalistas eran poco inclinados a consumir bienes de lujo, y para remediarlo recomendaba estimular el gasto de la aristocracia y la alta jerarquía eclesiástica.
David Ricardo, sobre valor y trabajo empleado
En anteriores entradas, y en el curso de una polémica con la “tesis transferencia” (ver aquí y siguientes), afirmé que la idea de que el valor del producto siempre es igual a la suma de los tiempos de trabajo aplicados a la producción, desemboca en una naturalización “a lo Ricardo” del mercado, y de los problemas implicados en la validación social de los trabajos privados. Pero también observé que se trata de una versión ricardiana de una superficialidad llamativa. En esta breve nota rectifico parcialmente esta última observación: estamos ante una concepción del valor no solo superficialmente ricardiana, sino que está por detrás del mismo Ricardo.
Efectivamente, cuando trata la renta de la tierra, Ricardo plantea que hay una diferencia entre la suma de los valores del producto agrícola y la suma de los trabajos aplicados en la agricultura. La razón es sencilla: dado que el precio-valor en este caso está determinado, según Ricardo, por la tierra de menor fertilidad, los tiempos de trabajo no pueden coincidir con la suma de los trabajos. Un ejemplo sencillo lo aclara: supongamos que hay dos tipos de tierra; en la de tipo A la unidad de cereal se produce en 10 horas de trabajo, y en la B se produce en 8 horas. Por lo tanto, el valor al que se vende el cereal producido en ambas tierras será 10 horas de trabajo; ergo, nunca puede coincidir con la suma de los tiempos de trabajo realmente aplicados.
















