El Proyecto socialista y los Estados “obreros”

En la nota anterior planteamos que en los 1980 en el trotskismo se esperaba que la caída de los regímenes stalinistas daría lugar a una revolución política, antiburocrática. Esto es, los trabajadores retomarían las tradiciones socialistas: los soviets, la democracia obrera, el internacionalismo; y defenderían “su” Estado contra las corrientes pro restauración del capitalismo. Sería “la hora del trotskismo”. Pero nada de eso ocurrió. En todos lados avanzó, y en poco tiempo, la restauración capitalista (con las problemáticas excepciones de Cuba y Corea del Norte). Peor aún, en algunos países o regiones estallaron sangrientas guerras nacionales (Azerbaiyán, Armenia, Chechenia, Rusia; en la ex Yugoslavia; choques entre Vietnam y China) que ahondaron las divisiones y el desconcierto. En ese contexto, se instaló la idea de “no hay alternativa al capitalismo”. De alguna manera, se ha quebrado el ideario socialista en la conciencia de las masas. Las categorías teóricas con que el trotskismo analizaba a los regímenes “del socialismo real”, en primer lugar, la de “Estado obrero burocratizado”, saltaron por los aires.
Sostenemos que no se puede ganar a las masas para el ideario del socialismo si se pasan por alto, o se disimulan, estas cuestiones. Hay que asumir el problema. Las “oportunidades históricas” para el socialismo no pueden pensarse por fuera, o al margen, del balance de lo ocurrido con los “Estados obreros”. No basta con agitar “Fuera el FMI” o “reparto de las horas de trabajo” para el progreso del socialismo. Si en la conciencia de las más amplias masas está asumido que el socialismo desemboca en dictaduras totalitarias y burocráticas, agitar demandas de transición al socialismo sirve de poco. Pueden ganarse algunos votos, pero nada cambia de fondo. Dedicamos esta entrada a estas cuestiones.
1989, estallaron las categorías
Previo a la caída de los regímenes stalinistas en el trotskismo se manejaban tres ideas centrales. En primer lugar, se asumía que los regímenes del “socialismo real” eran de naturaleza proletaria, dada la propiedad estatal de los medios de producción. En paralelo se consideraba que la “Nomeklatura”, – funcionarios del Estado y del Partido Comunista- también era “obrera”, en lo referente a su naturaleza de clase. Sus privilegios e ingresos superiores al común de los ciudadanos se explicaban entonces por la pervivencia de relaciones de distribución burguesas. De manera que la revolución política, de contenido proletario, preservaría la propiedad estatal y acabaría con las relaciones de distribución burguesas.
En segundo término, se pensaba que la propiedad estatal de los medios de producción garantizaba un desarrollo económico superior (o al menos no inferior) al de las economías capitalistas. Trotsky incluso sostuvo –en La revolución traicionada– que el crecimiento de la economía soviética, en los 1930, demostraba la superioridad de la economía estatizada con respecto al capitalismo con tanta o mayor contundencia que El capital de Marx. En el mismo sentido, consideró que la colectivización de la tierra (fines de los 1920, inicios de los 1930) había fortalecido la base proletaria de la URSS. Esta creencia se mantuvo en el trotskismo hasta las vísperas del colapso de la URSS. Un ejemplo, tomado de mi experiencia: a mediados de los 1980 candidatos del MAS, en Argentina, “demostraban” la superioridad de la economía estatizada por medio de comparaciones del tipo “China supera a India”; “Polonia a Tailandia o Malasia”, etcétera.
En tercer lugar, se daba por descontado que los trabajadores defenderían a “su Estado” frente a una restauración capitalista. Esta convicción se expresó de múltiples formas. Por ejemplo, hubo partidos trotskistas que plantearon, en los 1980, que en tanto se mantuviera la movilización del sindicato Solidaridad, sería imposible la restauración capitalista en Polonia, al margen del programa pro-capitalista de su dirección. Con enfoque parecido, corrientes trotskistas sostuvieron, hasta 1990, que la reunificación de Alemania solo podría ocurrir por una guerra abierta de las potencias capitalistas contra los “Estados obreros”. Otro argumento –me lo presentaron en un debate que tuve en Londres, en 1991- decía que el capitalismo no podía restaurarse en la URSS porque estaba agotado desde 1914. Otro ejemplo: frente al viraje de China al capitalismo se sostuvo (sostuvimos) que la restauración solo podría tener éxito por medio de una guerra civil. Nunca se revisaron críticamente –lo que exigía volver sobre los textos de Trotsky- estas cuestiones.
La estatización y las relaciones de producción
Uno de los problemas de fondo –tal vez el principal- en el razonamiento trotskista fue sostener que las nacionalizaciones son “en sí” progresivas, y de contenido proletario. He criticado esta posición en notas anteriores, referidas a la caracterización de la URSS (aquí). La realidad fue que, lejos de afianzar al socialismo, las estatizaciones en la URSS y semejantes impidieron que la clase obrera avanzara al control y administración efectiva de los medios de producción. Peor aún, sirvieron para que se instalara un sistema de explotación del trabajo por la burocracia.
En la nota citada escribimos: “Tal vez la falla fundamental del enfoque trotskista sobre la URSS consiste en haber identificado mecánicamente la existencia de la estatización (utilizo los términos estatización y nacionalización como sinónimos) de los medios de producción con una relación de producción socialista, o proletaria. Se pensaba que la estatización era socialista porque impedía el desarrollo del capitalismo. Sin embargo, impedir que prospere el capitalismo no equivale mecánicamente a impulsar la transformación de la sociedad en dirección socialista. Recordemos al respecto que el objetivo del socialismo es que los productores directos administren los medios de producción, y se eliminen las formas burguesas de división del trabajo, en particular la división entre trabajo manual e intelectual. Pero la nacionalización de los medios de producción, en sí misma, no genera impulso alguno hacia la socialización. Solo adquiere un sentido proletario si es un momento en el desarrollo hacia el socialismo; en otras palabras, encierra la posibilidad de iniciar el tránsito al socialismo, pero por sí misma no decide la evolución ulterior. Por este motivo un Estado obrero no se puede definir como tal a partir de la mera existencia de la estatización de los medios de producción.
“Es cierto que el Estado soviético mantuvo durante décadas la estatización, impidiendo la vuelta al capitalismo. Sin embargo, no solo mantenía la estatización, sino también luchaba -en oposición a los trabajadores y las corrientes críticas de izquierda- por impedir el avance hacia la socialización. Y sobre esta base se erigió un sistema de extracción del excedente generado por los productores directos. De manera que la URSS, bajo el régimen burocrático, no estaba en transición al socialismo. No existía impulso económico alguno que llevara a la socialización, y el poder político bloqueaba cualquier tipo de transición. Pero un Estado que impide la transición, no puede ser considerado un Estado proletario (o una dictadura proletaria), cuyo contenido se define precisamente por el hecho de que impulsa la transición al socialismo. Si bien Trotsky tenía razón al afirmar, en polémica con sus críticos, que la política es “economía concentrada”, sin embargo pasó por alto que esa “economía concentrada” no se limitaba a la relación de producción estatizada, ya que también incluía la política estatal destinada a bloquear el avance hacia la gestión colectiva”.
Consecuencias
La tesis estatización igual a relación de producción socialista embelleció al régimen burocrático. Por un lado, pasó por alto que la estatización derivó en un sistema de explotación del trabajo. Esto es, no se trató de meros “privilegios”, sino de la apropiación sistemática, por parte de la burocracia, de excedente generado por la clase obrera. Por otro lado, contribuyó a la creencia de que la estatización fomentaría, de manera casi automática, el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero esto no ocurrió. Los medios de producción nacionalizados jugaron un rol positivo en lo que respecta al desarrollo extensivo. Pero en lo que hace al cambio tecnológico –vital en el modo de producción capitalista- fueron, mayormente, un factor negativo. De hecho, en los 1980 la productividad por obrero en la URSS estaba por detrás de EEUU, Alemania o Francia. Esta fue una razón principal de su caída. Explica también la falta de resistencia obrera y campesina a la restauración. Sin embargo, en el trotskismo nada se revisó. Peor todavía, el enfoque se extendió a los regímenes de capitalismo de Estado. Así, grupos o partidos trotskistas han defendido estatizaciones llevadas a cabo por fuerzas nacionalistas, burguesas o pequeñoburguesas, en la creencia de que, de alguna manera, iban en el sentido del ideario socialista. Aunque en muchos casos terminaran en callejones sin salida, cuando no verdaderos desastres.
Un Estado no capitalista, no proletario
Una cuestión de método, que también hemos planteado en notas anteriores, se refiere a la idea mecánica, rígida, de que un Estado, en la era del imperialismo, es obrero o capitalista, y no hay otra alternativa. Fue el argumento de Trotsky para afirmar que la URSS “necesariamente” debía ser obrera. Sin embargo, un Estado que explotaba a la clase obrera, no podía ser de naturaleza proletaria. Por otro lado, la URSS, tampoco era un Estado burgués, ni su economía era capitalista (la ley del valor, las leyes de la acumulación y crisis capitalistas, no se aplicaban). De ahí el carácter híbrido –y transitorio- de esa formación burocrático-represiva: no era proletaria, no era capitalista. Antes de dejar el punto: he leído a trotskistas que sostienen que reconocer la naturaleza híbrida de un fenómeno social es antidialéctico. Cabe preguntarse ¿qué entenderá esta gente por dialéctica?
Una guerra contra la clase obrera
Lo ocurrido en la URSS en los 1930, excedió, y en mucho, a “deformaciones, excesos o privilegios”, como a veces se lo presenta. En la nota citada escribimos:
“…en los años posteriores [a los 1920] lo que eran “deformaciones” adquirieron características orgánicas, y el aparato estatal se enfrentó, con represión abierta, a las fuerzas que pugnaban por la socialización. En especial, entre el período de la colectivización forzosa y la terminación del llamado Tercer Proceso de Moscú, en 1938, ocurrieron cambios tan profundos, que generaron un abismo social entre los productores directos y la burocracia. Se trató de una catástrofe humana, de proporciones colosales, que implicaron la ruptura de la alianza de los campesinos con el régimen; la muerte de millones de personas; la eliminación de la vanguardia revolucionaria y crítica; la extensión del terror entre la clase trabajadora (por cualquier falta menor en el trabajo, o discrepancia, se podía terminar en un campo de trabajo forzado); y el consiguiente reforzamiento de la burocracia como un grupo explotador. Para tener una aproximación a lo sucedido, digamos que cálculos realizados luego de la caída de la URSS, utilizando la apertura de los archivos del régimen, y estadísticas censales, dan como resultado que entre 1930 y 1936 habría habido en la Unión Soviética 8,6 millones de muertes no explicadas, que se deben atribuir a la colectivización, al hambre y la industrialización forzada; de ellas, 2,8 millones corresponderían solo a la colectivización. Por otra parte, 1,1 millones serían las muertes por el Gran Terror de 1936-1937. En aquellos años se eliminaron dirigentes y militantes del partido, de los sindicatos, los soviets, el ejército, y líderes en todo tipo de actividades del arte y la ciencia.
Según el informe de Nikita Jrushchov al XX Congreso del PCUS, de los 139 titulares y suplentes del Comité Central elegidos en 1934 (esto es, ya bajo completo dominio del aparato stalinista), 98 fueron ejecutados, principalmente entre 1937-8; en tanto, 1108 delegados de los 1966 delegados al XVII Congreso fueron detenidos bajo la acusación de crímenes contrarrevolucionarios. Estos cataclismos, esta represión sistemática, no fueron solo para consolidar “privilegios”.
“Por eso los trotskistas que se preguntan cuándo se produjeron los cambios cualitativos, tienen en estos acontecimientos la respuesta. El cambio del carácter de clase del Estado (dejó de ser proletario) se produjo a través de una violenta y masiva represión, desatada contra la clase obrera y su vanguardia revolucionaria y crítica. No hubo una caída pacífica de la dictadura del proletariado; aunque esa caída no dio paso directamente a un régimen capitalista, sino a una transición bloqueada”.
Partiendo de esta experiencia, sostenemos que hay que evaluar las estatizaciones de los medios de producción en relación a la situación de la clase obrera, a su conciencia y disposición de lucha, y su relación con otras clases sociales. Así, con respecto a la colectivización forzosa, lo esencial es que rompió definitivamente la alianza obrera y campesina, que había sido el sostén de la Revolución de Octubre. Por eso nos parece equivocada la idea de Isaac Deutscher, de que la colectivización del agro soviético fue “una revolución desde arriba” de contenido proletario (lo mismo dijo la Historia oficial del PCUS). Con millones de muertos y desplazados, con episodios de hambruna masiva, no había forma de que se fortalecieran las bases del socialismo. La realidad es que la colectivización forzosa quebró definitivamente la confianza del campesinado en la revolución. Esto es, la alianza obrero – campesina, que había sido el sostén de la Revolución de 1917.
El socialismo no se construye “desde arriba” ni con millones de muertos
Esta es la idea central que trato de transmitir. No hay progreso hacia el socialismo, ni fortalecimiento de la clase obrera, sobre la base de millones de acallados, represaliados, desplazados, exiliados. Menos todavía en base a catástrofes humanas, como fueron las hambrunas de los 1930 en la URSS (millones de muertos); cuando el Gran Salto Delante, en China (de nuevo, millones de muertos); o en Corea del Norte, en los 1990 (millón y medio de muertos). No hay “intereses históricos del socialismo” que puedan justificar semejantes dramas.
Algunas personas pretenden, sin embargo, dar por superadas estas cuestiones porque “A nadie le interesa esos debates del pasado”. Se equivocan, y por dos razones. La primera es que experiencias como las de la URS, China, Cuba, han cimentado una imagen del socialismo que perdura. Para la gente común el socialismo “de Marx y Engels” son los socialismos “que realmente existieron”. En segundo lugar, porque en la izquierda se ha naturalizado la idea de que, “si conviene a los intereses históricos del proletariado” o “si lo exige la geopolítica”, cualquier cosa está permitida.
La consecuencia es que se hace o justifica lo opuesto de lo que se proclama en programas y manifiestos. Por caso, en los programas del partido se propone la democracia de tipo soviético –participan todos los que aceptan la autoridad de los consejos- pero esto se mantiene en tanto no peligre el liderazgo de “el” partido revolucionario (véase Kronstadt aquí). Algo similar ocurre con el derecho a la autodeterminación nacional: figura en el programa, pero se la manda al tacho de basura “si pone en peligro la seguridad de la Revolución” (ejemplo Georgia, en 1921). O si conviene por “estrategia geopolítica” (al diablo con el derecho a la autodeterminación de Ucrania). Otro caso, la libertad de prensa: se garantiza en tanto no se cuestione, en algún grado serio, al “gobierno revolucionario y proletario”, o «antiimperialista», etcétera. Son las autoridades quienes determinan qué puede y qué no puede leer el pueblo; qué películas puede ver; qué sitios de internet frecuentar; escuchar qué música (por ejemplo, durante décadas en países “detrás de la cortina”, estuvo prohibido el rock and roll). Todo en aras de la “salud ideológica del pueblo”. Y no es solo tiempo pasado. Piénsese, por ejemplo, en la censura, hoy, en Corea del Norte o en Cuba. El tema es historia y es presente.
Lamentablemente, los criterios burocrático-stalinistas siguen imperando en el campo “popular” y “progresista”. Véase, si no, la cantidad de izquierdistas que se embanderaron con el chavismo y su “socialismo siglo XXI”. Con el argumento del “antiimperialismo” apoyaron un régimen que llevó a la desestructuración de la clase obrera venezolana; empujó a millones al exilio; y reprimió a sangre y fuego a las disidencias. Un “socialismo” al servicio del enriquecimiento de milicos y burócratas, y de la lumpen burguesía venezolana. Sin embargo, a todo aquel que denunciara esas imposturas se lo acusaba de “agente de Washington y la OTAN” (no exageramos, el informe Bachelet sobre derechos humanos fue recusado como “propaganda imperialista). Muy parecido a lo que hacían “los amigos de la URSS”. ¿Puede asombrar que, a nivel global, los trabajadores terminaran identificando el socialismo con el autoritarismo y la burocracia? ¿De qué «oportunidades históricas para el socialismo» hablan si pasan por alto estas cuestiones? ¿En qué mundo viven?
El quiebre del socialismo en la conciencia de la clase obrera no se supera agitando alguna consigna-solución milagrosa. Tampoco con tácticas oportunistas. La crítica tiene que ir al hueso.
Para bajar el documento: https://docs.google.com/document/d/1PurAWSnm39Q0I12j_j-T1l2IiBjiuPZzVL7F2S3n9ng/edit?usp=sharing
“Aprovechar oportunidades” y política socialista

El 29 de junio pasado Alejandro Bodart, dirigente del MST, habló en el Foro de Debate del FIT-U. Su intervención duró poco más de 10 minutos. En ese lapso, mencionó 25 veces la palabra “oportunidad”, en referencia a las posibilidades de crecimiento del FIT-U, dada la mejora de Myriam Bregman en las encuestas. Bodart calificó la presente oportunidad de histórica y propuso los comités del FIT-U para aprovecharla (véase Argentina. Foro de debate del Frente de Izquierda: palabras de Alejandro Bodart – Liga Internacional Socialista).
Posiblemente muchos jóvenes desconozcan que este énfasis en la “oportunidad” viene de la corriente trotskista liderada por Nahuel Moreno (1926-1987), antecedente del PTS, IS y MST. Dedicamos esta entrada a esta cuestión.
Nahuel Moreno
En esencia, el planteo de Nahuel Moreno fue que el desarrollo de la izquierda depende de que sepa aprovechar las “oportunidades históricas”, que se presentan en determinadas coyunturas, para pasar de ser un pequeño grupo a tener influencia de masas. De manera que el crecimiento de la organización revolucionaria no sería gradual; en 1984 lo explicaba de esta forma:
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El Partido de los Trabajadores Socialistas, PTS, ha lanzado la consigna de formar un partido “de la nueva clase obrera”. Considero que es una de las peores consignas que puede haber lanzado una organización que se reclama marxista. A fin de explicar por qué, comienzo con la noción marxista de clase obrera.
Clase obrera según Marx
Según Marx, el obrero se define como aquel que es propietario de su fuerza de trabajo y no es propietario de los medios de producción. O sea, lo decisivo es la relación del trabajador con los medios de producción, y su fuerza de trabajo. Lo dice en El capital: “la separación del trabajador libre con respecto a sus medios de producción es el punto de partida” (p. 43 t. 2, edición Siglo XXI).
Más precisamente, ya en el acto de compra de la fuerza de trabajo el capitalista se presenta “como poseedor de los medios de producción que constituyen las condiciones objetivas para que el poseedor de la fuerza de trabajo la gaste en forma productiva” (p. 37 ibídem). Esto es, los medios de producción se contraponen al poseedor de la fuerza de trabajo como propiedad ajena” (ibídem; énfasis nuestro). Se establece, por lo tanto, una relación de clase: “… la relación de clase entre capitalista y asalariado ya existe, está presupuesta en el momento en que ambos se enfrentan en el acto D-FT (del lado del obrero FT-D) (ibídem). En esta relación no cuenta que el obrero tenga mucha o poca antigüedad como obrero asalariado; que esté registrado en la seguridad social, o no lo esté; que su trabajo sea, o no, precario; que el capitalista sea nativo o extranjero. La relación de clase engloba y subsume esas particularidades.
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Uno de los objetivos que me he propuesto con el blog es rescatar aspectos de la tradición teórica y política del socialismo revolucionario, el marxismo. En esta entrada el tema es la crítica de Marx a las sectas. Comenzamos con la carta que envió a Johann B. von Schweitzer, con fecha 13 de octubre de 1868, en la que define el comportamiento de las sectas de izquierda en términos que conservan una asombrosa vigencia cuando se aplican a algunos grupos de la izquierda argentina.
La carta a von Schweitzer
En la carta a Schweitzer Marx sostiene que, si bien Lassalle había jugado un rol progresivo para reanimar al movimiento obrero alemán en un período de reacción, había cometido el error de establecer como punto central de la agitación socialista la demanda de ayuda estatal a las organizaciones obreras. Con eso, sigue Marx, los lassalleanos habían retomado la consigna que Philippe Buchez, líder del socialismo católico francés, había lanzado en 1843. Aunque Lassalle había combinado el pedido de ayuda del Estado con la exigencia cartista del sufragio universal. Es en este marco que Marx critica el sectarismo:
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El objetivo de esta nota es llamar la atención sobre la manera en que se ha instalado en partidos y grupos de la izquierda argentina una peculiar exaltación de personalidades que son presentadas como potenciales líderes de las masas. Lo preocupante es que se las potencia no por su capacidad para intervenir, en base a una comprensión de la teoría marxista, en la lucha política y de ideas, sino porque poseen, además de su disposición a luchar (descontada en un militante socialista), determinadas características formales (formales en relación al contenido de la propaganda socialista). Por ejemplo, se promueve que el candidato sea joven (un activo que, obvio, se deteriora con el paso de las elecciones); o que sea simpático y transmita con alegría su entusiasmo revolucionario. Parecen recomendaciones de especialistas en marketing, orientados por algún focus group. De ahí los posters, por ejemplo, en los cuales el o la candidata aparecen “mirando al futuro”, sugiriendo un “síganme”. O la convocatoria a formar comités de lucha para militar y potenciar la figura elegida.
Por supuesto, se demanda una cierta capacidad del postulante a líder de masas para defender las posiciones del partido, pero este aspecto del asunto es fácil de cubrir. Es que el mensaje pasa por algunas “consignas solución” para los males de los explotados. El ejemplo paradigmático en Argentina es el no pago de la deuda externa: con esa simple medida, se dice, habría dinero para aumentar salarios y jubilaciones; impulsar la obra pública; y mejorar la educación y atención de la salud. Otro ejemplo, “vótenme para proponer en el Congreso que se prohíban los despidos”.
Lee el resto de esta entrada »Ucrania, Carta a la Conferencia Internacional contra la guerra

A través de Correspondencia Internacional tuve conocimiento de la Carta Abierta de la Campaña de Solidaridad con Ucrania a la Conferencia Internacional contra la guerra, que se realiza en Londres (véase Imperialismos – Carta abierta a la Conferencia Internacional contra la Guerra en Londres. [Sotsialnyi Rukh] – Correspondencia de Prensa).
Como seguramente conocerán muchos lectores del blog, mi posición es de defensa de la lucha de los ucranianos contra la invasión y por la autodeterminación nacional. En este punto tengo diferencias con la mayoría de los partidos y grupos de la izquierda argentina. Algunos apoyan la invasión rusa, lisa y llanamente, Y otros niegan el derecho del pueblo ucraniano a armarse (a recibir armas de la OTAN) y defenderse. El Partido de los Trabajadores Socialistas, el Partido Obrero y el Partido Política Obrera tienen esta última posición. Palabras más o menos, sostienen que la agresión rusa es repudiable, pero la resistencia es funcional al imperialismo estadounidense y europeo. Por esta vía estos partidos se posicionan, de hecho, en contra del derecho a la autodeterminación nacional. Un derecho democrático – burgués elemental (sobre la importancia en la tradición socialista de la defensa de las libertades democrático-burguesas, véase aquí).
Lee el resto de esta entrada »Izquierda Socialista, un discurso contradictorio

En su prensa Izquierda Socialista (IS) sostiene que ha sido un gran logro mantener la unidad de los cuatro principales partidos de la izquierda en el FIT-U. IS también destaca el crecimiento de la aceptación de Myriam Bregman (dirigente del PTS) en las encuestas. Según IS, eso podría estar indicando que hay un giro a la izquierda de un sector de la clase obrera. De ahí que convoque a formar “comités unitarios del FIT-U encabezados por el apoyo a Myriam Bregman” (Por comités unitarios del FIT-U en apoyo a Myriam Bregman).
Sin embargo, IS también sostiene que Bregman y el PTS son divisionistas. Por ejemplo, en la nota citada acusa al PTS de “divisionismo y autoproclamación” por “negarse a impulsar e integrar comités unitarios de apoyo a Bregman”. “… esas actitudes divisionistas son preocupantes… vienen del antecedente de haber dividido al Frente en el acto del 1° de Mayo”. Incluso, sigue el argumento, debilitan a Bregman “quien debería ser un factor de unidad y no de divisiones entre nosotros”. O sea, se dice que hay que formar comités de apoyo a Bregman, para fortalecer al FIT-U, al tiempo que se reconoce que Bregman y el PTS dividen y debilitan al FIT-U. ¿Cómo se entiende?
Para bajarlo a tierra, cuando un militante de IS convence a un amigo, compañero de trabajo, etcétera, de que participe en un comité “encabezado por el apoyo a Bregman”, ¿tiene que informarle que Bregman (y el PTS) son divisionistas con respecto al FIT-U? ¿O debe callarse? Pero si calla deja correr el divisionismo. Y si lo denuncia, no se puede explicar por qué hay que formar comités de apoyo a los dirigentes divisionistas (Bregman en primer lugar). No hay manera de salvar esta incoherencia.
“Abajo el gobierno” y la toma del poder por la clase obrera

En una nota anterior sostuvimos que el acceso de los socialistas al gobierno (al poder Ejecutivo) no es sinónimo de la toma del poder por la clase obrera (aquí). En esta nota ampliamos el argumento, poniendo la atención en la consigna de “Abajo el Gobierno” (“Fuera Milei”), y la convocatoria a constituir comités de apoyo a Myriam Bregman y al FIT-U.
La consigna “Abajo el Gobierno”
Los partidos que integran el FIT-U están levantando, como consigna central para la movilización y organización de las masas, la consigna de “Fuera Milei”. Parece casi de sentido común, dado el carácter ferozmente anti-obrero del gobierno de LLA, el estancamiento económico, el descontento y el abismo de miseria y degradación al que están sometidas las masas. Pero el asunto no es tan simple, exige cierta reflexión. Es que habitualmente el recambio en la cabeza del Poder Ejecutivo actúa de conveniente fusible para la continuidad del Estado y del modo de producción capitalista. Nuestra historia reciente es ilustrativa: a la caída de Alfonsín le siguió el gobierno de Menem. A la caída de Menem le siguió De la Rúa. A la caída de este le siguieron Duhalde y Kirchner; a CFK le siguió Macri; a Macri el gobierno de Alberto Fernández y de nuevo CFK; a estos, Milei. En todos los casos la izquierda agitó el correspondiente “fuera el gobierno”. Pero no por eso el movimiento obrero avanzó en conciencia de clase u organización. De hecho, los recambios en el Ejecutivo sirvieron para recrear esperanzas que desembocaron en nuevos callejones para las masas.
Lee el resto de esta entrada »Charla introductoria a «El Capital»

El jueves 28 de mayo pasado di una charla, en la Facultad de Ciencias Económicas, UBA, introductoria al taller de lectura de El Capital, organizado por la UJS (Partido Obrero) de Económicas, mxe. Se encuadra en la Cátedra libre «En defensa del marxismo».
Mi intervención se centró en las dos primeras secciones del capítulo 1 de El Capital. La primera sección es sobre la mercancía y sus dos factores, el valor de uso y el valor (la sustancia del valor). La segunda sección está dedicada al doble carácter del trabajo representado en la mercancía. En este marco, señalé algunas de las principales inconsistencias y problemas que encierra la teoría del valor basada en la utilidad marginal, defendida por los neoclásicos y los «austriacos» (Menger, von Mises, Hayek).
También participó del evento Pablo Heller, dirigente del Partido Obrero. Para los interesados, aquí van dos enlaces. El primero solo contiene mi exposición y posteriores intervenciones en el debate: Charla introductoria al Capital
El segundo enlace presenta el evento entero: 20260528 El Capital – MXE clase 1.mp4 – Google Drive
“Fanáticos de la intervención del Estado”

“El Estado –es lo opuesto de lo que dice Milei- … nosotros somos fanáticos de que el Estado tiene que controlar los resortes fundamentales [de la economía]”. Lo declara Juan Carlos Giordano, dirigente de IS y del FIT-U, reporteado recientemente en el programa “Chiche en vivo”. Puede verse en Millones ven con buenos ojos a Myriam Bregman – Giordano -Chiche en vivo | Izquierda Socialista FITU (a partir del minuto 9). El periodista interrumpe “pará, ustedes van por más Estado, a diferencia de Milei”. Giordano precisa que con el kirchnerismo lo del Estado se desvirtuó porque sirvió para reconocer la deuda que dejó el gobierno de Macri y Caputo con el FMI. “Entonces, nacionalizar el comercio exterior y la banca es clave. Eso es otra chorrera igual que la deuda externa donde se va la fuga de capitales. [El comercio exterior] “lo controlan Cargill, las multinacionales yanquis”.
En oposición a lo que dice Giordano, sostengo que los marxistas no somos “fanáticos de la intervención del Estado”. Es que en tanto la clase obrera no tome el poder, y destruya al Estado, la intervención del Estado en la economía estará al servicio de los intereses del capital. De manera más general, afirmamos que la idea de que la intervención del Estado en la economía nos acerca al socialismo, es equivocada. Esa es la base de la crítica marxista al Estado capitalista. Relacionado a esto, y en oposición a lo que afirma Giordano, es equivocado decir que el Estado burgués “puede controlar los resortes fundamentales” de la economía capitalista. El “resorte fundamental” en la economía capitalista es la explotación de la clase obrera, la generación de plusvalía por el trabajo asalariado y su apropiación por la clase capitalista. Cómo se reparte esta torta al interior de la clase capitalista (los capitales privados, el capitalismo de Estado, la alta burocracia estatal) es una cuestión secundaria. El control del comercio exterior, por caso, puede afectar esa distribución, pero no afecta a la relación esencial.
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