Rosa Luxemburgo y el control obrero

Mi posición contraria a levantar la consigna del control obrero en las actuales condiciones de Argentina (y en general, en condiciones de dominio normal del capital) ha suscitado bastante debate. A los efectos de aportar al mismo, en esta nota llamo la atención sobre el enfoque que tuvo Rosa Luxemburgo, a fines del siglo XIX, frente a la propuesta de que los trabajadores deberían avanzar en el “control social” de la producción. El texto de Rosa Luxemburgo al que haré referencia es el capítulo 3 de Reforma o Revolución (edición Papeles Políticos, Buenos Aires, 1974).
Rosa Luxemburgo critica la propuesta de Conrad Schimdt, un dirigente del ala de la socialdemocracia, vinculado a Bernstein. Según Schmidt (citado por Rosa Luxemburgo), las luchas políticas y sociales a favor de reformas posibilitarían un control social cada vez más amplio “sobre las condiciones de producción”, y por medio de leyes “se limitarían los derechos de la propiedad capitalista, convirtiendo a ésta poco a poco en simple administradora”. Así, junto a una gradual democratización política del Estado, se llegaría a una implantación también gradual del socialismo.
Palabras más o menos, es lo que piensa hoy alguna gente progresista y de izquierda (para evitar malentendidos, no los trotskistas). Pero también puede ocurrir que muchos trabajadores que votan hoy por el control obrero, lo conciban como un camino para ir adquiriendo poder, gradualmente, bajo el capitalismo.
En su crítica a Schmidt, Rosa Luxemburgo arranca precisando el rol de los sindicatos bajo el sistema capitalista: esencialmente, la defensa del valor de la fuerza de trabajo, para tratar de disminuir la explotación. Rosa Luxemburgo no se engaña, ni ilusiona a nadie con espejitos de colores. Explica que las posibilidades que tienen los sindicatos están condicionadas por muchas circunstancias que escapan a su control. Por ejemplo, por la coyuntura más o menos próspera de la economía; o por los niveles de proletarización de las clases medias. “Por ello no les será nunca posible derrocar la ley del salario, pudiendo, en el mejor de los casos, reducir la explotación capitalista a los límites que en un momento dado se consideran “naturales”; pero de ninguna manera estarán en condiciones de anular, ni aun gradualmente, la explotación” (énfasis agregado).
Crítica desde Venezuela y control obrero
En Venezuela existe un sitio de la web, laclase.info, que publica noticias y artículos de izquierda, del cual se pueden recoger interesantes denuncias acerca del régimen chavista, y sobre la situación de la clase obrera venezolana. El sitio es controlado por una organización trotskista, el Partido Socialismo y Libertad. Días pasados, un lector de este blog hizo llegar a laclase.info mi nota sobre los ferrocarriles, en la que critico la consigna del control obrero. Los compañeros de laclase.info le respondieron con un e-mail en el cual, entre otras consideraciones, afirman:
“….a un economicista sectario como Astarita le resulta totalmente extraña la consideración de la conciencia de los trabajadores en lucha y la necesidad de empalmar con la profundización de sus reivindicaciones al calor de la movilización. En general, es enemigo del método marxista de levantar consignas transicionales, esbozado por Marx en su Circular a la Liga de los Comunistas de 1850 y desarrollado por Trotsky en La Revolución Permanente y el Programa de Transición. Si exigimos un salario mínimo igual a la canasta básica, dirá ‘ello es imposible en un marco capitalista, en un país semicolonial, etc.’, si exigimos seguridad social universal, dirá lo mismo. Si planteamos la necesidad de que los trabajadores y los usuarios asuman el control democrático de los trenes, dirá que es utópico. ¿Y qué propone Astarita ante el problema de los trenes en Argentina? Resumiendo su artículo, sería ‘La nacionalización de los trenes puede (o no) ser un paso en la dirección correcta, sin embargo no debemos pedir que pase a control de los trabajadores y los usuarios, hasta tanto no impongamos un Estado obrero’. No propone nada”.
Dado que mucha gente de izquierda comparte este tipo de crítica, considero que puede ser de interés responder los “cargos” de laclase.info a través del blog. Por lo tanto, en lo que sigue intentaré aclarar algunas cuestiones referidas a las consignas transicionales, el marxismo y el programa reivindicativo. También hago algunas consideraciones sobre el método de discusión. Antes de entrar de lleno en el tema, aclaro que mis diferencias con la laclase.info no disminuyen un ápice mi simpatía para con la lucha que llevan estos compañeros. Es que en el “socialismo siglo XXI” del chavismo, ser socialista (real) entraña riesgos. El Partido Socialismo y Libertad ha sufrido persecuciones y represión, al punto que siete dirigentes obreros de esta corriente han sido asesinados por lo que se conoce como el sicariato sindical. La respuesta, entonces, se da en los marcos de mi solidaridad con laclase.info.
Sobre la estatización y el control obrero de los ferrocarriles

En “comentarios” se me preguntó qué pienso de la renacionalización de los ferrocarriles argentinos, bajo control de los trabajadores y usuarios, que se propone desde varios sectores políticos. Dado que en otras notas ya he analizado estos temas, aquí ampliaré algunos argumentos, a la luz de lo sucedido en los ferrocarriles.
El enfoque de partida
La primera cuestión a subrayar, y es el eje de mi enfoque, es que el carácter progresivo de la estatización, o nacionalización, se define en relación al programa económico y social en que está inserta. Bajo el capitalismo, una estatización puede considerarse progresista si acelera o fortalece el desarrollo de las fuerzas productivas. Aquí, lo que subyace es la vieja idea de Marx y Engels, que el desarrollo de las fuerzas productivas mejora las condiciones sociales y materiales para la lucha por un cambio socialista. Esto significa que un régimen de propiedad estatal burguesa no es “en sí mismo” progresista. De hecho, el sistema capitalista en casi todos los países se desarrolló articulando en diversos grados el mercado y la intervención estatal. Por eso, responder a la pregunta de en qué grado estas distintas combinaciones favorecen el desarrollo, exige estudios concretos de las situaciones concretas. No existe una respuesta “en general” (más discusiones aquí).
El estatismo en los ferrocarriles argentinos
Entrando ahora en el tema de los ferrocarriles argentinos, es imprescindible responder al discurso, que está circulando por estos días, que presenta como absolutamente opuestos al Estado (capitalista) y a las empresas (capitalistas). Según este relato, el Estado (o los ferrocarriles en manos del Estado) habrían funcionado de maravillas, hasta que en los noventa vino una ola privatizadora, impuesta “por los grupos económicos, el Consenso de Washington y el menemismo cipayo”, que barrió con todo y nos llevó al actual desastre. Se trata de un discurso muy conveniente al kirchnerismo, y se repite insistentemente. Por caso, la diputada Adriana Puiggrós, del Frente para la Victoria, afirma por estos días que todo el problema estuvo en las empresas concesionarias. La maniobra del Gobierno, de presentarse como querellante en la causa de la tragedia de Once, responde al mismo intento de establecer esta idea. El Estado con el pueblo, ambos víctimas del capitalismo codicioso e insensible. Pareciera que el Estado capitalista siempre habría impulsado el desarrollo de los ferrocarriles (además de «defender al pueblo»), y el capital privado hubiera sido el único responsable del atraso (y la explotación, etc.).
No puede ocultarse en este caso…
Hoy me llegó, vía mail, una declaración, con fecha del 23/02, y firmada por Patricio Echegaray en nombre del Partido Comunista, en la cual este partido fija su posición ante la tragedia del Ferrocarril Sarmiento. Luego de afirmar que lo sucedido es producto de la crisis estructural del capitalismo argentino y “secuela de los años en que el neoliberalismo desguazó los servicios públicos”, Echegaray afirma que “no puede ocultarse en este caso la complicidad del gobierno…”.
Como reza el viejo dicho, a confesión de partes, relevo de pruebas. El Secretario General del PCA admite que “en este caso” ya no puede ocultar que el gobierno es cómplice de lo sucedido. ¿Y en los “otros casos”? ¿Qué hacen Echegaray y el PC? ¿Le echan la culpa a los “desestabilizadores” de siempre? ¿Dan por buenas explicaciones como las de la ministra Garré acerca del proyecto X y Gendarmería? ¿O acompañan abrumadores K-silencios como los que tratan de tapar el escándalo Ciccone?
Más en general, pregunto, ¿qué tiene que ver todo esto con el socialismo, con el Che (al que tanto reivindican de palabra), con la lucha por ideales de liberación social? La respuesta es sencilla: ninguna relación. La necesidad de disimular, engañar, salvar las apariencias, ocultar, es propia de la política burguesa, y su Estado. Por eso, no hay manera de escapar a las exigencias que impone el apoyo a gobiernos del capital (sobre los antecedentes históricos de la actual posición del PCA, ver aquí). Por eso también, lo que dice Echegaray en esta declaración no es un “lapsus” descolgado. Es la expresión natural de una política que no tiene nada que ver con las concepciones socialistas.
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No puede ocultarse…
Comparaciones entre crisis, producto mundial
Un amigo me consulta sobre si se puede decir que la crisis de 2007-09, considerada a nivel mundial, fue la más profunda y grave desde los 1930s. Considero que, efectivamente, fue la más grave de las ocurridas desde aquella época, aunque sin llegar a la profundidad de la Gran Depresión. Aquí presento los datos de variación del PBI mundial con respecto al año anterior, que pienso pueden ser de interés.
Las tasas de variación del PBI mundial entre 1930 y 1933 fueron fuertemente negativas:
1930 -2,9%; 1931: -4,1%; 1932: -3,8%.
Durante las recesiones que van desde 1974 a 1998, hubo desaceleración del crecimiento mundial, pero la tasa no fue negativa:
En la crisis de 1974-75 el crecimiento se desacelera a: 1974: 2%; 1975: 1,4%.
En la recesión 1980-82 sucede algo similar; siempre en términos de variación del PBI mundial, tenemos: 1980: 1,9%; 1981: 2%; 1982: 0,8%
También en la recesión de inicios de los 90 hay desaceleración del crecimiento: 1990: 1,8%; 1992: 1,9%
En 1998, año marcado por la crisis asiática y rusa, el PBI mundial creció 1,7%.
En 2001 el PBI mundial creció 2,3% y en 2002 lo hizo 2,4%.
Durante la crisis reciente el PBI mundial volvió a contraerse en términos absolutos durante 2009; aunque a una tasa menor que en durante la Gran Depresión:
2008: 2,8%; 2009: -0,7%; 2010: 5,2%; 2011: 3,8%
Los datos sobre la Gran Depresión y las recesiones 1970s a 1990s, las he tomado de D. Heymann y A. Ramos, “Fluctuaciones macroeconómicas globales: algunos comentarios”, Revista del CEI Nº 16, noviembre de 2009; quienes a su vez utilizaron Maddison y FMI.
Los datos más recientes son del World Economic Outlook, FMI, 2012, enero.
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Comparaciones entre crisis, producto mundial
Ajuste y represión K

Paulatinamente, se ha ido instalando y consolidando una mayor represión por parte del gobierno, el estado nacional y los estados provinciales, contra las protestas sociales. Sin ánimo de ser exhaustivo, y tomando solo los dos últimos años, aquí van algunos recordatorios.
Enero 2010, represión a trabajadores agrarios en Entre Ríos; hubo heridos, detenidos y denuncias de golpizas y torturas en comisarías.
Enero 2010, represión violenta en Salta a estudiantes que protestaban contra el aumento del boleto.
Marzo 2010, represión en Neuquén a una marcha de los organismos de derechos humanos; heridos y detenidos.
Mayo 2010, violenta represión a unos 200 pobladores que exigían la libertad de un dirigente de la Unión de Trabajadores Desocupados, que había sido detenido por la policía.
Junio 2010, un muerto y numerosos heridos en la represión a los manifestantes que protestaban por el asesinato, a manos de la policía, de un joven de 15 años, en Bariloche.
Junio 2010, represión a pobladores indígenas que reclamaban contra los desmontes (destinados a aumentar el área sojera); detenidos y heridos.
Octubre 2010, asesinato de Mariano Ferreyra, con la complicidad de la policía.
Diciembre 2010, tres muertos y varios heridos en el Indoamericano.
Diciembre 2010, represión a estudiantes que protestaban contra la nueva ley de educación provincial, en Córdoba.
El marxismo sin dialéctica

A partir de las notas recientes sobre dialéctica aparecieron algunos comentarios que cuestionaron la utilización de la dialéctica en los análisis marxistas. El propósito de esta nota es mostrar que las críticas que se enviaron al blog se inscriben en una larga tradición que sostuvo que el marxismo debía ser depurado de la dialéctica. No pretende ser una revisión exhaustiva, sino ayudar a ubicar las características principales de esta tradición, y sus principales planteos, en la esperanza de que anime a los lectores a interesarse en estas cuestiones. Es a ese fin que cito una bibliografía bastante extensa, incluyendo algunos textos que defienden el punto de vista opuesto al de los autores críticos de la dialéctica. En futuras notas trataré en particular algunas de las cuestiones planteadas por el «marxismo sin dialéctica».
El rechazo de la dialéctica en la Segunda Internacional
A pesar de que Marx planteó que la dialéctica hegeliana, despojada de su forma mistificada, había jugado un rol importante en su crítica de la sociedad capitalista (véase el Prólogo a la segunda edición alemana de El Capital), existe una larga tradición, dentro del marxismo, de rechazo de la dialéctica. Ya en la Segunda Internacional (fundada en 1889) se tendía a aceptar la dialéctica de palabra, pero se le veía poco significado. Es que, como observaba Korsch, los marxistas de principios de siglo pensaban que la discusión sobre las bases generales “metodológicas y gnoseológicas de la teoría marxista” era “totalmente irrelevante para la práctica de la lucha de clases del proletariado” (Korsch, 1971, p. 21). Luporini ha avanzado la hipótesis de que en esto puede haber incidido Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana de Engels, en el que a propósito del distanciamiento de Marx con respecto a la filosofía hegeliana se sostiene que el materialismo consiste en concebir al mundo «tal como se le presenta a cualquiera que lo contempla sin quimeras preconcebidas». Como señalaba Luporini, se trataba «en apariencia del retorno a la concepción del sentido común, teñida de alguna manera, de positivismo, de viejo positivismo» (Luporini, 1969, p. 11). Y efectivamente, este sesgo lo podemos advertir en, por ejemplo, las polémicas de Lenin con los populistas. En respuesta al populista Mijailovsky, que había planteado que el marxismo basaba su argumento a favor en la tríada hegeliana de afirmación, negación y negación de la negación, Lenin escribe que «estamos ante la vulgar acusación de que el marxismo acepta la dialéctica hegeliana». Agrega que se ataca a Marx «por la manera de expresarse» y «por la procedencia de su teoría», y que, como lo había planteado Engels, el verdadero camino científico es «considerar la evolución social como un proceso histórico natural del desarrollo de las formaciones económico-sociales» (véase Lenin, 1969, pp. 174-176).
Dialéctica y dinero en Marx (2)
El dinero en sus funciones
I Medida de valor, momento de la identidad
Tenemos entonces el primer escalón en el concepto del dinero: es el valor que ha alcanzado una existencia autónoma, es encarnación del valor. Es un resultado, o sea, tiene la mediación en su pasado, pero en este punto se convierte en un nuevo inmediato. Y este inmediato volverá a desplegarse a partir de este punto alcanzado, que es el primer momento, la primera función del dinero, medida de valores. Es una función que enlaza directamente con su concepto, que se explica por él, y debe estar en primer lugar porque es la condición sine qua non para la existencia de la mercancía. Por este motivo esta función ya está presentada en la explicación de la forma del valor. La explicación del capítulo 3 de El Capital de la función del dinero como medida de valor es una profundización de esta: “La primera función del oro consiste en proporcionar al mundo de las mercancías el material para la expresión de su valor, o bien en representar los valores mercantiles como magnitudes de igual denominación, cualitativamente iguales y cuantitativamente comparables. (…) En cuanto medida de valor, el dinero es la forma de manifestación necesaria de la medida del valor inmanente de las mercancías: el tiempo de trabajo” (Marx, 1999, p. 115).
No se trata de un simple numerario, sino de una mercancía particular que se ha constituido en la expresión general del valor, y lo ha fijado, cristalizado. Ha pasado a encarnar valor, y las mercancías “…sin que intervengan en el proceso, encuentran ya pronta su propia figura de valor como cuerpo de una mercancía existente al margen de ellas y al lado de ellas” (Marx, 1999, p. 113).
Dialéctica y dinero en Marx (1)

En esta nota presento un texto que escribí hace ya algunos años, aunque con varias modificaciones. En alguna medida complementa las notas sobre dialéctica (1 y 2), ya que trata de mostrar cómo funcionan algunas figuras de la dialéctica en el debate sobre qué es el dinero. También aquí, dada la extensión, he dividido la nota en dos partes. La bibliografía citada va al final de la segunda parte.
Planteamiento del problema
Una de las mayores dificultades que enfrenta la economía neoclásica o keynesiana radica en la teoría del dinero. Una y otra vez los autores deben admitir esta situación. Por ejemplo, en el inicio de su libro El dinero, John Galbraith, economista keynesiano de renombre, constataba que las respuestas a la pregunta sobre “qué es exactamente el dinero… son invariablemente incoherentes” (p. 13). Decía también que los profesores de economía o materias que tienen que ver con el dinero empiezan sus explicaciones “con definiciones auténticamente sutiles… que se copian cuidadosamente, se aprenden fatigosamente de memoria y se olvidan con una sensación de alivio” (ídem). De todas maneras tranquilizaba al lector informándole que, después de todo, el dinero es lo que el lector siempre se había imaginado que era, a saber, “lo que se da o se recibe generalmente por la compra o la venta de artículos, servicios u otras cosas” (ídem). Pero reconocía a continuación que “las diferentes formas de dinero y lo que determina qué se puede comprar con él, es harina de otro costal”. Por su parte Arrow y Hahn, pilares del modelo neoclásico más elaborado sobre valor y precios, aceptan que el mismo “no puede producir una descripción formal satisfactoria del papel del dinero” y que las razones por las cuales la gente pueda querer tener dinero, o el dinero medie los intercambios, representan “problemas colosales” (Arrow y Hahn, 1977, p. 395).
Charla sobre la Revolución Rusa

El 12 de diciembre pasado di una charla sobre la Revolución Rusa, que fue organizada de manera conjunta por la Agrupación Universitaria El Túnel (de la Universidad Nacional de Quilmes) y la Agencia de Noticias (ANT). Aquí va el link para aquellos que les interese.
Tal vez sea conveniente hacer una aclaración previa. No es una charla sobre la Revolución Rusa “en general”, ya que estuvo centrada en el análisis de las principales estrategias políticas que hubo al interior de la izquierda entre 1905 y 1917: la menchevique, la bolchevique (o leninista); y la de Trotsky (una divisoria que he tomado del propio Trotsky).
El tema me ha interesado durante años, ya que estuvo en el centro de las controversias entre las organizaciones stalinistas y las trotskistas. Los primeros, que defendían políticas de alianza con las fracciones “progresistas” de burguesía, en los países adelantados; y con las burguesías “anti-imperialistas, anti oligárquicas y pro-industria” en los países atrasados, decían inspirarse en el Lenin de los años pre-revolucionarios. Los trotskistas respondían -pienso que con razón- que esa línea de hecho repetía la estrategia de los mencheviques. Pero los trotskistas agregaban que el hecho de que la reforma agraria, la convocatoria a la Asamblea Constituyente y la paz sólo se lograran finalmente con la toma del poder por los soviets, dirigidos por los bolcheviques, confirmaba lo acertado de la estrategia de Trotsky. Y ésta fue, efectivamente, la conclusión que sacó Trotsky de la Revolución Rusa (y que luego se habría confirmado, por la negativa, con la Revolución China de 1925-7). Según Trotsky, 1917 habría verificado que en la época del imperialismo y los monopolios no hay ninguna posibilidad de cumplir las tareas de la democracia burguesa a no ser que la clase obrera tome el poder e inicie la transición al socialismo. A esta idea Trotsky le dio un carácter general en sus “Tesis de la revolución permanente”. Según Trotsky, la imbricación entre el cumplimiento de las tareas democráticas y socialistas también imprimiría una dinámica internacionalista a la revolución. Además, y siempre según su interpretación, la política de Lenin a partir de las Tesis de abril, de 1917, representaría una admisión, aunque no explícita, de que la estrategia de la revolución permanente era la correcta.
Dado que durante muchos años milité en corrientes trotskistas, cuando comencé a estudiar críticamente los fundamentos teóricos y políticos de esta corriente, hace ya unos 20 años, fui llevado a revisar también esta interpretación canónica de todos los grupos de la Cuarta Internacional acerca de la pretendida superioridad del abordaje de Trotsky. En esta charla resumo, entonces, lo principal de mi enfoque sobre el asunto.
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Ver en Agencia A.N.T.:
http://www.agenciaant.org/home/audiovisual/revolucion-rusa-charla-con-rolando-astarita.html
Ver en Viddler:
http://www.viddler.com/explore/PabloEFFE/videos/7/
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¿Qué fue la URSS?















