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Crisis, sobrecapacidad y coyuntura
En una nota anterior sobre la crisis iniciada en 2007, planteé que la sobrecapacidad parecía jugar un rol importante, tanto en la caída de la tasa de ganancia hacia fines de los años 90, como en la débil recuperación de la inversión posterior a la recesión de 2001. La evidencia disponible indica que el exceso de capacidad también está pesando en la actual coyuntura, en Europa, y a nivel global. En esta nota vuelvo entonces sobre algunas cuestiones referidas a la sobrecapacidad, y presento datos relativamente recientes; debe entenderse como un complemento de las notas 1 y 2, sobre tasa de ganancia y crisis.
El significado de la sobrecapacidad y sus causas
La sobrecapacidad es una de las manifestaciones de la sobreacumulación del capital. Por lo general, cuando se habla de sobreacumulación de capital, se tiene presente la sobreproducción de mercancías, esto es, el hecho de que grandes masas de productos no encuentran salida en el mercado. En otros términos, se trata de la sobreacumulación de capital mercancía. Marx también se refiere a la sobreacumulación de capital cuando la plusvalía acumulada en la forma de capital dinero no encuentra manera de volver a invertirse de manera rentable (véase el cap. 15 del tomo 3 de El Capital). En cuanto a la sobrecapacidad, consiste en la sobreacumulación de capital fijo, esto es, en la construcción de plantas con una capacidad de producir una cantidad de mercancías muy superior a lo que puede absorber el mercado en condiciones “normales” de acumulación. La sobrecapacidad se mide con los índices de utilización de capacidad. Por ejemplo, en EEUU, la utilización de la capacidad promedio del conjunto de la industria, entre 1972 y 2011 fue del 80,3%. Durante la crisis de 2009 llegó a un piso de 67,3%, en tanto que en febrero de 2012 se ubicaba en 78,7% (los niveles más altos alcanzados en los años 1994-5 fue 85,1%; todos los datos los tomo de la página web de la Reserva Federal). Dado que se trata de promedios, la sobrecapacidad puede ser muy elevada en determinadas industrias; cuando afecta a industrias claves, ejerce efectos depresivos sobre el resto de la economía. La sobrecapacidad ejerce una presión bajista sobre la tasa de rentabilidad, no solo porque aumenta la inversión de capital por trabajador, sino también porque aumenta los costos fijos de las empresas. Además, por lo general es acompañada por presiones bajistas de precios.
Comparaciones entre crisis, producto mundial
Un amigo me consulta sobre si se puede decir que la crisis de 2007-09, considerada a nivel mundial, fue la más profunda y grave desde los 1930s. Considero que, efectivamente, fue la más grave de las ocurridas desde aquella época, aunque sin llegar a la profundidad de la Gran Depresión. Aquí presento los datos de variación del PBI mundial con respecto al año anterior, que pienso pueden ser de interés.
Las tasas de variación del PBI mundial entre 1930 y 1933 fueron fuertemente negativas:
1930 -2,9%; 1931: -4,1%; 1932: -3,8%.
Durante las recesiones que van desde 1974 a 1998, hubo desaceleración del crecimiento mundial, pero la tasa no fue negativa:
En la crisis de 1974-75 el crecimiento se desacelera a: 1974: 2%; 1975: 1,4%.
En la recesión 1980-82 sucede algo similar; siempre en términos de variación del PBI mundial, tenemos: 1980: 1,9%; 1981: 2%; 1982: 0,8%
También en la recesión de inicios de los 90 hay desaceleración del crecimiento: 1990: 1,8%; 1992: 1,9%
En 1998, año marcado por la crisis asiática y rusa, el PBI mundial creció 1,7%.
En 2001 el PBI mundial creció 2,3% y en 2002 lo hizo 2,4%.
Durante la crisis reciente el PBI mundial volvió a contraerse en términos absolutos durante 2009; aunque a una tasa menor que en durante la Gran Depresión:
2008: 2,8%; 2009: -0,7%; 2010: 5,2%; 2011: 3,8%
Los datos sobre la Gran Depresión y las recesiones 1970s a 1990s, las he tomado de D. Heymann y A. Ramos, “Fluctuaciones macroeconómicas globales: algunos comentarios”, Revista del CEI Nº 16, noviembre de 2009; quienes a su vez utilizaron Maddison y FMI.
Los datos más recientes son del World Economic Outlook, FMI, 2012, enero.
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Comparaciones entre crisis, producto mundial
Dialéctica y dinero en Marx (2)
El dinero en sus funciones
I Medida de valor, momento de la identidad
Tenemos entonces el primer escalón en el concepto del dinero: es el valor que ha alcanzado una existencia autónoma, es encarnación del valor. Es un resultado, o sea, tiene la mediación en su pasado, pero en este punto se convierte en un nuevo inmediato. Y este inmediato volverá a desplegarse a partir de este punto alcanzado, que es el primer momento, la primera función del dinero, medida de valores. Es una función que enlaza directamente con su concepto, que se explica por él, y debe estar en primer lugar porque es la condición sine qua non para la existencia de la mercancía. Por este motivo esta función ya está presentada en la explicación de la forma del valor. La explicación del capítulo 3 de El Capital de la función del dinero como medida de valor es una profundización de esta: “La primera función del oro consiste en proporcionar al mundo de las mercancías el material para la expresión de su valor, o bien en representar los valores mercantiles como magnitudes de igual denominación, cualitativamente iguales y cuantitativamente comparables. (…) En cuanto medida de valor, el dinero es la forma de manifestación necesaria de la medida del valor inmanente de las mercancías: el tiempo de trabajo” (Marx, 1999, p. 115).
No se trata de un simple numerario, sino de una mercancía particular que se ha constituido en la expresión general del valor, y lo ha fijado, cristalizado. Ha pasado a encarnar valor, y las mercancías “…sin que intervengan en el proceso, encuentran ya pronta su propia figura de valor como cuerpo de una mercancía existente al margen de ellas y al lado de ellas” (Marx, 1999, p. 113).
Dialéctica y dinero en Marx (1)

En esta nota presento un texto que escribí hace ya algunos años, aunque con varias modificaciones. En alguna medida complementa las notas sobre dialéctica (1 y 2), ya que trata de mostrar cómo funcionan algunas figuras de la dialéctica en el debate sobre qué es el dinero. También aquí, dada la extensión, he dividido la nota en dos partes. La bibliografía citada va al final de la segunda parte.
Planteamiento del problema
Una de las mayores dificultades que enfrenta la economía neoclásica o keynesiana radica en la teoría del dinero. Una y otra vez los autores deben admitir esta situación. Por ejemplo, en el inicio de su libro El dinero, John Galbraith, economista keynesiano de renombre, constataba que las respuestas a la pregunta sobre “qué es exactamente el dinero… son invariablemente incoherentes” (p. 13). Decía también que los profesores de economía o materias que tienen que ver con el dinero empiezan sus explicaciones “con definiciones auténticamente sutiles… que se copian cuidadosamente, se aprenden fatigosamente de memoria y se olvidan con una sensación de alivio” (ídem). De todas maneras tranquilizaba al lector informándole que, después de todo, el dinero es lo que el lector siempre se había imaginado que era, a saber, “lo que se da o se recibe generalmente por la compra o la venta de artículos, servicios u otras cosas” (ídem). Pero reconocía a continuación que “las diferentes formas de dinero y lo que determina qué se puede comprar con él, es harina de otro costal”. Por su parte Arrow y Hahn, pilares del modelo neoclásico más elaborado sobre valor y precios, aceptan que el mismo “no puede producir una descripción formal satisfactoria del papel del dinero” y que las razones por las cuales la gente pueda querer tener dinero, o el dinero medie los intercambios, representan “problemas colosales” (Arrow y Hahn, 1977, p. 395).
Reflexiones sobre la crisis del euro (2)
En esta segunda parte presento algunas consideraciones sobre las líneas en disputa frente a la crisis y las tendencias contradictorias implicadas en la creación del euro.
Soluciones capitalistas frente a la crisis
Desde el estallido de la crisis han venido confrontando, de manera más o menos abierta, dos orientaciones dentro de las clases dominantes. La primera, encarnada por el gobierno de Alemania y el Banco Central Europeo (bajo influencia del Bundesbank), acompaña las recetas del “ajuste” con un marcado acento en la estabilidad del euro. Por eso, todavía en julio de este año el BCE subió la tasa de interés del 1,25% al 1,5%, con el argumento de que la inflación superaba el 2%, y sólo en noviembre comenzó a bajarla, cuando el agravamiento de la crisis ya era inocultable. Si bien no llega a los extremos abiertamente deflacionistas, al estilo de von Mises y Rothbard, el peso está puesto en “mantener la estabilidad de precios”, para lo cual se postula intervenciones “medidas” en los mercados. En particular, ha habido una negativa sistemática a que el BCE compre masivamente bonos de los gobiernos más endeudados.
La segunda orientación, defendida por el gobierno de EEUU, el capital financiero, revistas del establishment como The Economist, buena parte de la comunidad académica (en particular los nuevos keynesianos) y los gobiernos europeos con más problemas, dice que los bancos centrales deben actuar como prestamistas de última instancia, e inyectar masivamente liquidez (como lo hizo la Reserva Federal luego de la caída de Lehman). Si no lo hacen, pueden caer empresas solventes por dificultades de liquidez, desatando pánicos bancarios incontrolados. Además, sigue el argumento, cuando se entra en un proceso deflacionario la demanda se precipita en espiral hacia abajo; y hasta que la economía no toca fondo (y nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentra), el gasto no vuelve a fluir. Algunos también sostienen que, tomada de conjunto, la situación fiscal de la zona del euro no es más grave que la de EEUU o Gran Bretaña, ya que el stock de deuda representa el 88% del PBI y el déficit el 4%. Por eso proponen que el BCE emita eurobonos; lo que implicaría que los países con mejor crédito deberían garantizar las deudas de los más débiles. Asimismo se propone que Alemania estimule las importaciones, a fin de aumentar la demanda de los productos de los países que están realizando el ajuste. Dado que el sector financiero aboga por esta salida, alguna gente de izquierda podría pensar que en esta puja Alemania representa al sector más progresista. Después de todo, fue Merkel la que declaró que “debemos restablecer la primacía de la política por sobre los mercados” (mayo 2010).
Reflexiones sobre la crisis del euro (1)

La crisis del euro brinda la oportunidad de analizar la relación la mundialización del capital y las políticas de los Estados, y el rol de la moneda; así como sobre la dinámica de las crisis financieras. En lo que sigue presento algunas reflexiones sobre el tema. Dada la extensión de la nota, la he dividido en dos partes. Aquí presento la primera.
Tipo de cambio, productividad y euro
Desde el punto de vista de la teoría del valor trabajo puede decirse que el trasfondo de la crisis del euro consiste en que la moneda única ha conectado espacios nacionales con productividades promedio muy desiguales. Es que el nivel más básico, o “estructural”, de determinación del tipo de cambio, está ligado a las productividades relativas. Como he analizado en otros trabajos, es esta determinación de fondo la que explica, por ejemplo, por qué los países subdesarrollados -atrasados tecnológicamente- tienden a un tipo de cambio real alto.
(Aclaración: en lo que sigue el tipo de cambio real es igual al tipo de cambio nominal multiplicado por el índice de precios externos, dividido por el nivel de precios internos. El tipo de cambio real mide así el poder de compra de la moneda en términos de canastas. El tipo de cambio nominal es el precio del dólar en términos de la moneda del país considerado. Por este motivo una suba del tipo de cambio real equivale a una depreciación, en términos reales, de la moneda bajo consideración).
Subsidios, valor y mercado

La eliminación de los subsidios a los servicios públicos ha sido interpretada por algunos como una profundización “del modelo K” en dirección de una mejor distribución del ingreso y, tal vez, hacia un desarrollo más armónico. Desde la izquierda se ha respondido que se trata, en lo esencial, de un “ajuste” contra los trabajadores y las masas populares. Los K-partidarios responden preguntando qué tiene de progresivo subsidiar a los sectores de altos ingresos, o a los casinos, bancos e hipódromos, y aseguran que no se van a tocar los salarios. La izquierda más radicalizada retruca diciendo que ingresos de los asalariados van a bajar inevitablemente; que el Gobierno procura asegurar las ganancias de los grupos económicos y el pago de la deuda; y propone, para defender el salario, el control obrero de la economía.
El objetivo de esta nota es analizar algunos de estos argumentos, pero en un marco distinto del que se ha propuesto. Su idea básica es que la supresión de los subsidios y los aumentos de precios de muchos bienes esenciales, que han sido autorizados por estos días, representan el fracaso del propósito de “dominar” al mercado desde el Estado. Un tema que ha sido clave en el discurso K, por lo menos desde el conflicto con el campo. Es que con insistencia, desde el K-izquierdismo (integrado incluso por algunos ex marxistas) se ha afirmado que el Estado “popular” debe imponerse a las fuerzas del mercado. En otras palabras, que la política debe tener las riendas, por sobre la economía. Y es una idea que goza de simpatías en amplios sectores de la población, sean o no peronistas. También periodistas, sociólogos, economistas y políticos progresistas, aunque críticos del Gobierno, aceptan como algo natural que los precios pueden decidirse desde el Estado. E incluso la izquierda más radical, cuando propone que los trabajadores controlen costos, ganancias y precios, de alguna manera está diciendo que el objetivo se puede cumplir, aunque no con los métodos “reformistas” del gobierno K.
Renta agraria y salarios rurales

SUB - cooperativa de fotógrafos
Durante el conflicto de 2008 entre el Gobierno y las patronales agrarias, uno de los argumentos más repetidos por el K-progresismo fue que con las retenciones se buscaba mejorar la distribución del ingreso en favor de los sectores populares y la clase trabajadora. En oposición a esta postura, en varios artículos (recogidos en Economía política de la dependencia y el subdesarrollo, UNQ, 2010) sostuve que el Gobierno procuraba sostener el tipo de cambio real alto mediante la transferencia de parte de la renta agraria a otros sectores del capital. Planteé también que si se hubiera querido mejorar la distribución del ingreso disminuyendo la renta agraria, la primera medida debería haber sido alentar el aumento de los salarios rurales, y combatir seriamente la precarización del trabajo en el sector. Señalaba que cuando los salarios agrarios ni siquiera reponen el valor de la fuerza de trabajo, puede considerarse que una parte de los mismos está ingresando en la renta (véase El Capital, tomo 3, p. 808,, edición Siglo XXI). Según el INDEC, en 2008 el salario promedio en el campo era $1100, lo que representaba el 57% del promedio salarial en el resto de la economía; en los cultivos industriales, que empleaban unos 50.000 trabajadores, los salarios eran aún más bajos, apenas $868 en promedio. A esto se unía el trabajo en negro generalizado, y la explotación del trabajo infantil. Por eso planteaba que “la primera manera práctica y sencilla de bajar la renta agraria y comenzar a mejorar la distribución del ingreso es aumentando los salarios de los trabajadores rurales” (p. 215, Economía política….). Sin embargo, durante el conflicto el Gobierno -siempre aplaudido por el progresismo izquierdista-, se cuidó mucho de poner en primer plano el tema. Esto aún cuando la propia presidenta CK reconoció que los trabajadores rurales eran los peor pagados de los asalariados. Después del conflicto, las condiciones de vida de los trabajadores rurales tampoco mejoraron mucho, a pesar de las altísimas ganancias en el agro. Por ejemplo, en 2009, la Secretaría de Trabajo calculaba que aproximadamente el 72% estaba en negro. La súper explotación del trabajo infantil continuó sin grandes problemas (como tantas veces denunciaron La Alameda y otras organizaciones). Y en agosto de 2011 el salario mínimo del trabajador rural era de $2210. Si bien representa una mejora con respecto a 2008 (pero hay que contar la inflación), cualquiera sabe que se trata de un ingreso de hambre. Algunos incluso han señalado que con un salario tan bajo hoy es difícil conseguir mano de obra, ya que no repone el costo mínimo de una canasta de subsistencia.
Respuesta a una crítica a la teoría del valor de Marx
En el blog se ha desarrollado una discusión con partidarios de la teoría austríaca del valor y del capital (por teoría austríaca entiendo aquella que sigue la tradición de Menger, Böhm-Bawerk, von Mises y Hayek). En el curso de los intercambios, Adrián Ravier y Nicolás Cachanosky han remitido varias veces al escrito de Juan C. Cachanosky (1994), que trata sobre la historia de las teorías del valor y precios. Ravier y Nicolás Cachanosky sostienen que en su trabajo Juan Cachanosky refuta la teoría del valor de Marx. Dado que en algunas respuestas dije que no me parecían convincentes esas críticas, me preguntaron si podía especificar mis objeciones. Las presento en esta nota. Empiezo resumiendo los principales puntos de la crítica de Cachanosky a la teoría de Marx.
La crítica de Cachanosky
Antes de resumir la presentación de Cachanosky de la teoría del valor de Marx, es necesario aclarar que en la página 2 explica que “en este trabajo identificaremos valor con valor de uso y precio con valor de cambio”.
Cachanosky aborda la teoría del valor de Marx a partir de la p. 88. Empieza afirmando que esta teoría ha sido mal comprendida, y que la mayoría de los ataques que se le han dirigido son “inexactos”. Sostiene que la teoría de Marx es clásica, pero que se trata de un autor muy inferior a los clásicos, debido a las grandes contradicciones en que incurrió. Afirma que si bien Marx está asociado con la teoría del valor trabajo, “en algún aspecto” fue “más subjetivista que los clásicos”. Pero nunca se supo cómo respondía Marx a la teoría de la utilidad marginal, y afirma: “Algunos especulan que fue la teoría de la utilidad marginal la que forzó a Marx a no publicar o postergar la publicación de los otros dos tomos”. Explica que, según Marx, para que las mercancías tengan valor de cambio, deben tener valor de uso. A partir de aquí comenta que se puede ver “el subjetivismo” de Marx, que “llega incluso a los medios de producción”. Es que Marx estaría diciendo que “lo que le da valor a las cosas son las necesidades humanas, sean físicas o mentales”. Para apoyar esta interpretación, Cachanosky cita a Marx cuando dice que “la utilidad de un objeto lo convierte en un valor de uso”. Luego comenta: “En el párrafo se puede ver muy claramente que Marx tenía, igual que los clásicos, una teoría subjetiva del valor no desarrollada. Para que una cosa tenga valor de cambio, tiene que tener primero valor de uso, y el valor de uso depende de las necesidades humanas. La cita también muestra la influencia escolástica en el sentido de que son las cosas las que tienen la capacidad de satisfacer necesidades y no la mente humana la que percibe la utilidad”. Además de señalar la influencia de Aristóteles, Cachanosky señala que, debido a que Marx afirma que ningún objeto puede tener valor si no tiene valor de uso; y dado que el valor es simplemente el valor de uso, el valor en Marx es subjetivo, esto es, “depende de que se satisfagan necesidades humanas”. Sin embargo, continúa Chachanosky, a partir de aquí Marx parece dar un giro, ya que “siguiendo el camino de los clásicos”, se olvida del valor de uso, y comienza a explicar la determinación del valor de cambio. ¿Por qué dos bienes se intercambian en determinada proporción? Marx responde porque ambos tienen algo en común; luego de descartar la utilidad como lo que tienen en común, Marx llega a la conclusión de que se intercambian según los tiempos de trabajo invertidos en la producción. Dice Cachanosky: “Lo que determina los precios relativos es para Marx… el trabajo ‘socialmente necesario’ para su producción. El trabajo ‘socialmente necesario’ es un promedio de las fuerzas individuales de trabajo; aquí están promediados el trabajo del torpe y el del hábil”.
Macroeconomía del mainstream y crisis

En esta nota vuelvo sobre la situación de la macroeconomía a la luz de la crisis capitalista. Me motiva la publicación de un trabajo de Claudio Borio, en el que repasa críticamente la teoría anterior a la crisis, y propone cambios en algunas de las perspectivas fundamentales que se manejaron hasta ahora. Precisemos que Borio es subdirector del Departamento Monetario y Económico y director de Investigación y Estadística del Banco de Pagos Internacionales (BIS).
Las preguntas de Pablo
Antes de reseñar lo planteado por Borio, examinemos el estado actual del estudio de macroeconomía, a partir de lo que puede experimentar hoy un economista formado en la teoría dominante. Tomamos el caso de Pablo, un flamante egresado de “Economics”, que aprendió macro con el texto canónico de los últimos años, la Macroeconomía de Blanchard y Pérez Enrri. Movilizado por las noticias que llueven a diario, Pablo desea entender por qué se produjo la crisis en 2007 y más en general, por qué ocurren las crisis. Repasa entonces su Macro-Blanchard, (edición 2000) y se sorprende al observar que no existe explicación específica del asunto. Simplemente el Gran Manual le informa que las fluctuaciones, o sea, los ciclos económicos, son variaciones de la producción en torno a su tendencia, provocadas por perturbaciones o shocks (p. 362). ¿Por qué ocurren estos shocks, cuál es su origen y naturaleza? El Manual responde con anécdotas. Las perturbaciones pueden deberse a cambios de la política, el consumo, la inversión, los precios de los productos que se importan… Muchos posibles, pero nada que se explique por la teoría. La historia del capitalismo es la historia del ciclo económico, pero esto sucede en la realidad, porque en la Macro-Blanchard solo se menciona una colección de accidentes, de origen último desconocido.
















