Archive for the ‘Economía’ Category
Debate sobre la inflación en Argentina (2)
Continuación de «Debates sobre inflación en Argentina (1) aquí.
Problemas teóricos
La discusión acerca de las causas de la inflación es, en esencia, un debate sobre teoría del valor y de la acumulación del capital; entendiendo que la teoría del valor incluye tanto la formación de precios, como una determinada concepción del dinero (Marx decía que la teoría monetaria era la verdadera prueba de fuego de una teoría del valor). Por eso, detrás de las explicaciones monetaristas de la inflación -el aumento de precios se debe al aumento de la cantidad de dinero- existe una cierta concepción del dinero (o tal vez, la ausencia del concepto del dinero), así como detrás de la explicación keynesiana -la inflación es el reflejo de una puja distributiva- existe una concepción del precio. Por eso es importante prestar atención a la base teórica del planteo de Manzanelli y Schorr.
Indeterminación de precios en Kalecki
En el artículo publicado por el IADE (ver referencia bibliográfica), MyS explican que el fundamento de su enfoque es la teoría del precio de monopolio de Kalecki. Según MyS, Kalecki “demostró cómo en los mercados altamente concentrados el precio establecido por las empresas oligopólicas (p) tiende a ser más elevado en relación con el costo medio unitario de las restantes firmas, con sus consiguientes derivaciones en materia de apropiación de ganancias extraordinarias”. Luego citan a Kalecki cuando explica que el precio medio es proporcional al costo primo unitario medio, dado el grado de monopolio, de manera que los ingresos brutos y los costos primos guardan una relación estable y creciente o decreciente, según cambie el grado de monopolio (véase p. 28).
Empecemos precisando que Kalecki no “demostró” que los precios establecidos por las empresas oligopólicas tienden a ser más elevados en relación a sus costos medios que en las restantes empresas, sino que lo postuló. Para demostrar, debería haber presentado evidencia de que los sectores más concentrados gozan de tasas de ganancias sistemáticamente más altas; y que en procesos inflacionarios, los precios de los productos de las ramas más concentradas aumentan a una tasa superior de lo que lo hacen los productos de los sectores no concentrados. Kalecki no muestra evidencia de esto, ni la presentaron luego los poskeynesianos. Eichner (1973), por ejemplo, muestra la evolución de los precios de los sectores competitivo y oligopólico, entre 1965 y 1972, para EEUU, y no se ve que los precios de los bienes producidos en las ramas más concentradas hayan evolucionado por encima de los precios de las ramas consideradas competitivas. Es cierto que los segundos oscilan más que los primeros, pero aumentan a la misma tasa promedio. Asimismo, en la primera parte de esta nota vimos que la evolución de los precios industriales en Argentina entre 2001 y 2010, tampoco confirma la teoría kaleckiana. Esto a pesar de que esa serie fue considerada por MyS como representativa de la formación “a lo Kalecki” de los precios oligopólicos. Algo similar se puede decir, en términos generales, sobre la pretendida tasa de ganancia monopólica sistemática en el capitalismo moderno (ver más abajo).
Ampliación de «Debate sobre inflación (1)»
En el día de ayer Pablo Manzanelli tuvo la gentileza de enviarme un mail diciéndome que al leer mi crítica (aquí) a la nota que escribió junto a Martin Schorr, advirtió que yo no había leído la investigación correcta en la que desarrollaron la base empírica de su enfoque. Considerando que es crucial para el debate, me pasó el link del trabajo. Es http://www.iade.org.ar/modules/noticias/article.php?storyid=4372. En la nota anterior yo cité una publicación de Schorr, Manzanelli y Basualdo, de 2012, pensando (ahora veo que erróneamente) que era la fuente última de la posición expuesta en la nota de Página 12; el trabajo que me envió Manzanelli es más reciente, de 2013.
En respuesta a su mail, le dije a Manzanelli que en caso necesario rectificaría lo que había escrito. Pero luego de estudiar el trabajo, y en especial el Anexo 3, que tiene los datos estadísticos principales para las conclusiones, debo decir que estoy incluso más convencido, si se quiere, de que de la misma investigación que han hecho Manzanelli y Schorr no se desprende lo que ellos sostienen que se desprende, a saber, que los grupos concentrados tienen un mayor poder de determinación de los precios.
De todas formas, y antes de examinar la cuestión de la inflación en la industria, es preciso señalar que el escrito de 2013 no trata las altas diferencias de inflación entre sectores (agropecuario, minería, manufactura, servicios). Como sostuve en la nota principal, no hay manera de demostrar que el sector agropecuario aumentó los precios muy por encima del sector industrial, o servicios, debido a las diferencias en el grado de concentración.
Vayamos entonces a la industria. En el Anexo 3 del trabajo citado, figuran 129 ramas fabriles, que fueron estratificadas según su grado de concentración en el 2003. Fueron clasificadas en ramas altamente concentradas (RAC); medianamente concentradas (RMC) y escasamente concentradas (REC), y se registró el aumento de precios mayoristas de cada una de ellas para el período 2001-10. Se consideraron RAC las ramas en las cuales las 8 mayores empresas generan más del 50% de la producción; RMC las ramas en las cuales las 8 mayores generan entre el 25% y el 50% de la producción; y REC aquellas en las cuales las 8 mayores empresas generan menos del 25% de la producción.
Debate sobre la inflación en Argentina (1)
En las ediciones del 10, 17 y 24 de marzo de Página 12 se desarrolló un interesante debate sobre las causas de la inflación en Argentina entre Pablo Manzanelli y Martín Schorr, investigadores de FlACSO, por un lado, y Eduardo Crespo y Alejandro Fiorito, y docentes de la UFRJ y la Universidad de Luján, respectivamente. Los primeros ponen el acento en la estructura oligopólica de la industria argentina, y los segundos en la puja por la distribución del ingreso. Debido a la actualidad del tema, y también respondiendo a algunas consultas que me hicieron amigos y conocidos, en esta nota examino los argumentos presentados. Dada su extensión, he dividido la nota, y la publicaré en secciones. En esta primera parte presento los ejes de la discusión y comienzo el examen de la primera postura, que atribuye un rol preponderante a la formación oligopólica de precios en el proceso inflacionario.
Los ejes de la discusión
La nota de MyS del 10 de marzo (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-6669-2013-03-10.html) comienza señalando que “las subas de precios de los últimos años no son un fenómeno exclusivo de la economía argentina, sino que se enmarcan en un contexto mundial significativo de aumento de los commodities (alimentos, petróleo)”. Luego señalan que la industria estaba más concentrada en 2010 que en 2001 (y en 2001 estaba más concentrada que en 1993), y plantean que los precios mayoristas de las industrias oligopólicas se incrementaron un 8% por encima del promedio industrial, mientras que las ramas fabriles con mayores niveles de competencia aumentaron sus precios el 10% por debajo de la media. “De esta manera se corroboró que el importante proceso de elevación de precios industriales en el período 2001-2010 fue conducido por ramas altamente concentradas”, concluyen. Aunque MyS admiten que “el grado de concentración no induce necesariamente a un ascenso de precios”, y que la “inflación oligopólica no es “el factor causal excluyente de la elevación de los precios fabriles”, consideran sin embargo que la misma “desempeñó un papel de suma relevancia”. Señalemos que la nota de MyS tiene como respaldo el trabajo académico de Schorr, Manzanelli y Basualdo (2012, FLACSO), en el que se relacionan las mayores subas de los precios relativos de la industria con el mayor grado de concentración. MyS afirman también que las grandes empresas obtienen ganancias extraordinarias, gracias a las barreras de entrada que existen en las ramas que dominan, pero han sido reticentes a invertir sus abultadas ganancias, y son las que presionan por una devaluación.
CyF, en su artículo del 17 de marzo, (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-6677-2013-03-22.html) critican a MyS, en primer lugar porque no analizan los costos, y solo teniéndolos en cuenta, se podrían corroborar las prácticas oligopólicas. En segundo término, señalan que el índice industrial elaborado por FLACSO, con oligopolios incluidos, presenta una suba de precios inferior al promedio de la economía. Y un incremento del 8% por encima del promedio de un índice que creció menos que el resto de los índices sectoriales, no puede ser una causa importante de un aumento total de precios de cerca del 300% en el período 2001-2010.
Tenencia accionaria y “capitalismo del pueblo”
En la nota anterior he explicado que, según la teoría de Marx, la propiedad privada del capital sobre los medios de producción da lugar a una relación de poder de la clase capitalista sobre la clase que solo dispone de su fuerza de trabajo para producir. A partir de aquí, se puede demostrar que existe un impulso o tendencia, inmanente a la acumulación del capital, a una creciente concentración de la riqueza, y de los ingresos, en manos de la clase capitalista. Esta idea ha sido criticada por los defensores del sistema capitalista, con argumentos teóricos y empíricos. Desde el punto de vista teórico, se ha sostenido que no hay razón para que exista una tendencia a la concentración. Y desde lo empírico, se ha afirmado que estaría operando una tendencia a la diversificación de la propiedad y de la riqueza, a través de la tenencia de acciones por parte de amplios sectores de la población de los países desarrollados. EEUU y Gran Bretaña, serían la vanguardia del “capitalismo del pueblo” (o “de la gente”). La idea que se pretende difundir es que, en la medida en que los mercados funcionan sin regulaciones, y la competencia se intensifica (claramente, desde fines de los 1970), la propiedad del capital se hace más “democrática”. El objetivo de esta nota es presentar algunos datos, referidos a EEUU -los resultados para Gran Bretaña son similares- que parecen debilitar sustancialmente la posición de los críticos de Marx. En una futura nota analizaré por qué, desde el punto de vista teórico, la acumulación del capital va acompañada del impulso a la concentración de la riqueza.
¿Qué hay de realidad?
El elemento cierto del que parten los defensores de la tesis de la democratización del capitalismo es que en las últimas décadas, en EEUU, aumentó el número de tenedores de acciones. En 2002, el 49,5% de los hogares, en EEUU, poseían acciones, directa o indirectamente; a comienzos de los 1980 aproximadamente el 19% tenía acciones. En 2002 84 millones de personas poseía acciones, contra 32,5 millones a comienzos de los 80 (Ireland, 2005).
Sin embargo, este crecimiento de la cantidad de personas que tiene acciones no significa que la riqueza esté menos concentrada. Ireland cita largamente a Arthur Kennickell, economista del Survey of Consumer Finance, de la Reserva Federal. Según Kennicell, en 2001 el 1% más rico de EEUU tenía aproximadamente un tercio de la riqueza total, en tanto que el 50% menos rico poseía solo el 3% de la riqueza. Si se quita la riqueza residencial, y se toma en cuenta el valor neto (activos menos deudas), la concentración era aún mayor. En 2001 el 10% más rico de la población de EEUU tenía tres cuartas partes del total del valor neto no residencial; el 5% más rico tenía cerca de dos tercios. En cambio, la mitad más pobre de la población tenía menos del 2%.
Costo de producción, teorías subjetiva y objetiva del valor

Al terminar la nota anterior (aquí) señalé que es un error sostener que existió una única teoría clásica del valor, que habría comprendido a Smith, Ricardo y Mill (y Marx), y se habría prolongado en la obra de Marshall, para llegar a Keynes. El hecho de que todos estos autores hayan sostenido que en el largo plazo el precio normal es igual al costo de producción, no debería llevar a engaño. Si el precio de equilibrio está determinado por el costo de producción, lo que desaparece es el rol preponderante de la demanda en la determinación de ese precio de equilibrio. Pero esto no significa que haya coincidencia en la teoría del valor que sustenta el costo de producción. La realidad es que las teorías del valor de Mill y Marshall, y la de Ricardo y Marx, en base a las cuales se explican los costos de producción, son muy distintas. Marshall y Mill tienen una teoría del costo de producción basada en una perspectiva subjetivista, y Ricardo y Marx en una teoría del valor objetiva, basada en los tiempos de trabajo. De hecho, solo Ricardo se mantuvo, en el pensamiento clásico, dentro de la teoría del valor trabajo. Precisemos: la teoría del valor trabajo sostiene que el valor agregado solo proviene del trabajo humano empeñado en la producción. Esto es, no proviene de la tierra (o de factores naturales) ni de la máquina, u otros “bienes de capital”; y tampoco de algo así como la abstinencia, la espera o el riesgo. Éste es el punto de coincidencia central entre Ricardo y Marx (aunque tienen versiones muy distintas de la teoría del valor trabajo) y de diferencia con Mill, Marshall o Keynes. Para explicar la cuestión, en esta nota reseño las explicaciones de Smith, Mill y Marshall sobre el costo de producción, a fin de que se pueda apreciar la diferencia que media entre estas posturas, y las de Ricardo o Marx.
Competencia y teorías subjetiva y objetiva del valor (3)
Las dos primeras partes de esta nota pueden verse aquí y aquí.
Veamos ahora el razonamiento de los economistas clásicos, de los cuales tomamos como representativos a Ricardo y John Stuart Mill; y por otra parte, Marx. Aclaramos que Marx aplicó el adjetivo “clásicos” a aquellos economistas que buscaban las conexiones internas de los fenómenos, en lugar de quedarse en la superficie. “Entiendo por economía política clásica toda la economía que, desde William Petty, ha investigado la conexión interna de las relaciones de producción burguesa, por oposición a la economía vulgar, que no hace más que deambular estérilmente en torno de la conexión aparente” (1999, t. 1, p. 99). Según esto, Smith, Ricardo o Mill serían “clásicos”, pero no Bastiat o Carey. Lo que nos interesa en lo que sigue es poner de relieve la lógica subyacente en la explicación de Ricardo, Mill y Marx, en relación a la demanda, el rol de la competencia y el precio de costo. Al mismo tiempo, presentamos algunas de las diferencias fundamentales que existen entre estos autores.
La relación entre precios y demanda es empírica
Esto significa que se pueden establecer algunas relaciones, en promedio, entre precios y cantidades demandadas, en base a la observación. Así, Ricardo, Mill y Marx observan que si baja el precio de un bien, en promedio, aumenta su demanda. “Si la mercancía es barata, la demanda es por lo general mayor que si es cara” (Mill, 451-2). Y Marx afirma que “si el valor de mercado baja, se amplían en promedio las necesidades sociales… Si el valor de mercado aumenta, se contraen las necesidades sociales… (1999, t. 2 p. 229). Pero esto no implica que haya necesidad de establecer alguna relación necesaria entre cantidades demandadas y precios. Por ejemplo, la existencia de los llamados bienes Giffen no genera ningún problema particular a la teoría de determinación de precios.
Si la oferta está limitada, la demanda decide el precio
En la teoría neoclásica con la que usualmente se entrenan los estudiantes de economía, la oferta es limitada y la demanda determina el precio, por lo menos a partir de un precio “base” (el caso típico de la subasta). Pues bien, aunque con distintos fundamentos teóricos (en cuanto a las leyes de la “subjetividad”), lo mismo ocurre en los enfoques de Ricardo, Mill o Marx. Por ejemplo, Ricardo no dudaba de que si la oferta de un cierto bien estuviera limitada, y su cantidad no pudiera elevarse por medio del trabajo, su precio dependería del grado en que el bien fuera deseado por la demanda. En el primer capítulo de los Principios escribía:
Competencia y teorías subjetiva y objetiva del valor (2)
La primera parte de esta nota puede consultarse aquí.
Demanda y teoría neoclásica
A diferencia de lo que sucede en la teoría de los clásicos, o Marx, en la economía neoclásica la demanda es central para la determinación de los precios. En Jevons y Menger, pioneros de la revolución marginalista, esto es muy claro, dado que consideran a la demanda la única determinante de los precios. Ambos suponen que la oferta está “dada”, y que el valor surge de la relación entre las necesidades humanas y la masa de bienes disponible. Por eso, el valor no se funda en alguna propiedad objetiva de los bienes (como sucede en la teoría del valor trabajo) sino en la valoración que hacen los consumidores. “El valor de los bienes se fundamenta en la relación de los bienes con nuestras necesidades, no en los bienes mismos” (Menger, 1985, p. 108). En otros términos, el valor es la traslación de la significación que los bienes tienen para la gente; se trata de un fenómeno anclado en la conciencia. En cuanto a los precios de los medios de producción y de los factores productivos, Jevons y Menger los derivaban del valor de los bienes finales. Así, Jevons sostenía que el trabajo determina el valor, pero “solo de una manera indirecta, por medio de la variación del grado de utilidad de la mercancía a través de un aumento o disminución de la oferta” (citado por Marshall, 1890, Apéndice I).
Pero la demanda también juega un rol clave en el enfoque que arranca con Marshall y Walras, que dice que los precios se determinan simultáneamente por la oferta y la demanda. Es la explicación que también encontramos en la microeconomía de Varian. En este esquema, dada la curva de oferta de pendiente positiva, es imposible determinar los precios sin la curva de demanda, de pendiente negativa. Recuérdese que la curva de oferta se sustenta en la tesis de la productividad marginal decreciente de la tierra, el capital y el trabajo. Dado que los factores reciben un ingreso igual a su producto marginal (que es igual a su costo de oportunidad), es imposible establecer su remuneración sin fijar al mismo tiempo el output y la demanda. Todo entonces debe ser decidido al mismo tiempo, y la demanda es, por lo menos, tan vital como la oferta para determinar los precios.
YPF, Chevron y liberación nacional

Los medios informan que YPF acaba de cerrar un acuerdo con la petrolera estadounidense Chevron para avanzar de manera conjunta en la exploración y explotación de los yacimientos no convencionales de Vaca Muerta, provincia de Neuquén. La inversión inicial será de 1000 millones de dólares, y se perforarán más de 100 pozos en el primer año. Si las cosas marchan como esperan las empresas, podría llegarse a una inversión de 15.000 millones de dólares. Por el acuerdo, YPF otorga a Chevron un derecho de exclusividad por cuatro meses para negociar los términos y condiciones finales por las cuales YPF cederá el 50% de la participación en la explotación de las áreas de Loma de la Lata Norte y Loma Campana.
YPF también ha llegado a un acuerdo por 500 millones de dólares con Eduardo Eunerkian para desarrollar la explotación de Vaca Muerta, y estaría cerrando otro con Bridas (una joint venture entre el grupo Bulgheroni y la china Cnooc). Galuccio, presidente de YPF, ha explicado que la empresa piensa invertir 24.700 millones de dólares hasta 2017 de su flujo propio, y obtener fondos externos hasta completar los 40.000 millones. El marco jurídico de todos estos acuerdos está conformado por la ley de inversiones extranjeras, dictada por la dictadura militar, y los decretos de desregulación de la actividad petrolera, que vienen desde el gobierno de Menem.
Las reservas no convencionales de Argentina serían las terceras en el mundo, estimadas en un equivalente a 23.000 millones de barriles de petróleo. Chevron es la segunda empresa petrolera de EEUU. Recordemos también que ha sido condenada por la Justicia de Ecuador a pagar 18.000 millones de dólares de indemnización por haber contaminado durante años la selva amazónica. La explotación de yacimientos no convencionales es cuestionada por muchos expertos, que sostienen que encierra peligros de contaminación ambiental que no han sido debidamente evaluados y estudiados. De hecho, algunos países europeos mantienen la prohibición de este tipo de explotación. Sin embargo, en EEUU la producción no convencional ha tenido un amplio desarrollo, y en Argentina el gobierno intenta seguir ese camino.
El acuerdo firmado con Chevron debe ponerse en un contexto más amplio. El 13 de septiembre, en la celebración del Día del Petróleo, Kicillof dijo que “queremos que las empresas hagan buenos negocios”; y presentó como una señal positiva el aumento a 7,5 dólares por millón de BTU del gas que extraen YPF y otras empresas. El precio estaba en 2,3 dólares, en tanto que el gas importado de Bolivia llegó a pagarse 12 y 13 dólares. Durante mucho tiempo partidos de la oposición y diferentes medios dijeron que esto era irracional, pero los K-defensores respondían que se trataba de argumentos de la derecha. Sin embargo, el creciente el déficit energético (3500 millones de dólares este año en la balanza gasífera) obligó al aumento, anunciado por la presidenta como un gran paso adelante. Poco después, en el encuentro con los petroleros, Kicillof explicaba: “Para llevar a cabo este aumento de producción se debe tener en cuenta la rentabilidad de la inversión en estos costosos proyectos y el tiempo de repago de estas, que en muchos casos exceden los plazos de las concesiones”.
Competencia y teorías subjetiva y objetiva del valor (1)
En la nota anterior hemos planteado que en la economía clásica la competencia es la fuerza que impone la ley objetiva del precio (ver aquí). Esta cuestión había sido señalada por Hilferding, en El capital financiero: “Lo indeterminado e inconmensurable bajo el domino de los precios de monopolio es la demanda. (…). Ciertamente, el precio de monopolio se puede fijar de forma empírica. Pero su precio no se puede reconocer objetiva y teóricamente, sino sólo concebirlo psicológica y subjetivamente. La economía clásica, en la que incluimos a Marx, ha eliminado, por eso, de sus deducciones el precio de monopolio, el precio de las mercancías que no pueden elevarse a capricho. (…) La ley objetiva del precio sólo se impone… a través de la competencia. Cuando las asociaciones monopolistas eliminan la competencia eliminan con ella el único medio con que pueden realizar una ley objetiva de precios. El precio deja de ser una magnitud determinada objetivamente, se convierte en un problema de cálculo para los que lo determinan voluntaria y conscientemente; en lugar de un resultado, se convierte en un supuesto; en vez de algo objetivo pasa a ser algo subjetivo; en lugar de algo necesario e independiente de la voluntad y la conciencia de los participantes se convierte en una cosa arbitraria y casual” (p. 257; énfasis agregado).
La observación de Hilferding es clave: donde no hay competencia, el precio depende en última instancia de la demanda, esto es, de la intensidad del deseo del comprador. Y esta situación da pie a una teoría subjetiva del valor, esto es, a una teoría que otorga un rol decisivo, en la determinación de los precios, a los gustos y preferencias. Lo cual exige dos requisitos: en primer término, la existencia de un mundo de escasez que dé lugar a una curva de oferta con pendiente positiva (a medida que suben los precios, se ofrecen más bienes). En segundo lugar, sumergirse en un mar de especulaciones acerca de preferencias y elecciones de los compradores (consumidores), que no hay forma de constatar empíricamente. Es sobre estos dos pilares que la economía “de la corriente principal” va a sostener que los precios (incluidos los precios de los “factores») y las cantidades se determinan simultáneamente. El problema es que cuando se introduce la competencia de productores (como hacen Ricardo y Marx), la curva neoclásica de la oferta se derrumba, y con ella el rol de la demanda en la determinación de los precios.
El objetivo de esta nota entonces es explicar por qué esto es así, a partir de la presentación de lo esencial del esquema neoclásico. Dada su extensión, la he dividido en tres partes. En la primera, presento los problemas encerrados en la construcción de la curva de oferta neoclásica. En la segunda parte, analizo las cuestiones implicadas en la curva de demanda neoclásica. Para estas dos primeras secciones tomo como texto base Microeconomía intermedia. Un enfoque actual, de Hal Varian, y el excelente Una lectura crítica de Varian, Notas sobre Microeconomía intermedia, de Rogelio Huerta Quintanilla. Por último, en la tercera parte presento el planteo de Ricardo.
Más acerca de la competencia
En esta entrada vuelvo sobre la competencia y su relación con la economía clásica y la teoría neoclásica. Su disparador es la lectura de McNulty (1968), que me lleva a enfatizar un aspecto que estaba implícito en las notas anteriores (ver aquí, aquí y aquí), pero no suficientemente explicitado: que la competencia no depende de la cantidad de empresas que operan en una rama. La clarificación de este punto se vincula con la diferencia entre el concepto de competencia en la economía clásica y los neoclásicos. Naturalmente, también se vincula con debates “prácticos”; por ejemplo, sobre las ideas que sustentaron la redacción de la reciente ley de medios en Argentina. Pero en la nota interesan las consecuencias teóricas del asunto.
Competencia en los clásicos y competencia perfecta
McNulty comienza observando que posiblemente no hay concepto en economía más fundamental y extendido que el de competencia, y sin embargo menos satisfactoriamente desarrollado (Marx también observa que los economistas hablan de la competencia pero raras veces profundizan en su contenido y significado).
Por lo general, dice McNulty, se identifica la competencia con una cierta estructura de mercado, concebida en términos de si hay muchos o pocos vendedores. Así, partiendo del monopolio, pasaríamos al duopolio, tripolio, oligopolio, polipolio, hasta llegar a los infinitos vendedores, esto es, la llamada competencia perfecta. Pero si esto es así, tanto en la situación de monopolio como en la competencia perfecta la posibilidad de un comportamiento competitivo está descartado por definición. Lo cual parece claro cuando se habla de monopolio, ya que se identifica a una empresa con la industria. Sin embargo, por lo general se pasa por alto el hecho de que tampoco en la competencia perfecta hay realmente competencia. Es que esta competencia perfecta conformaría una situación en la cual, en palabras de Cournot, el número de empresas ha llegado a ser tan elevado que “los efectos de la competencia han llegado a su límite”. En otros términos, debido al número de empresas, la producción de cada una es despreciable con respecto al producto total de la industria, y puede ser restado sin ninguna variación del precio de la mercancía. Por eso se trata de una situación de equilibrio, en la cual el precio se convierte en un parámetro desde el punto de vista de la empresa individual, y no es posible ninguna actividad de mercado. En consecuencia, no existe competencia. Por eso, para que haya competencia tiene que haber monopolio, al menos temporalmente. Por ejemplo, en una situación “a lo Marx”, cuando una empresa tiene una ventaja competitiva a la que el resto de la rama no puede acceder (al menos no puede hacerlo inmediatamente), y con esa ventaja competitiva influye en los precios. El error de los neoclásicos, observa McNulty, es haber identificado a la competencia con una estructura, que se reduce al número de empresas.
Los autores clásicos, en cambio, no identificaron a la competencia con una estructura de mercado particular, sino con una fuerza, análoga a la fuerza de gravedad en la física. Es que a través de la competencia los recursos gravitan hacia su uso más productivo, y el precio es forzado al nivel más bajo que es sustentable en el largo plazo. Por ejemplo, en Adam Smith la competencia se vinculaba con la fuerza que llevaba al precio del mercado hacia “su nivel natural” y los beneficios hacia un mínimo que permitieran renovar la producción. Por este motivo, Smith no contrastaba la competencia con el monopolio por sí, sino el nivel de precios que resultaba de la presencia o ausencia de la competencia como una fuerza reguladora. El precio de monopolio era el máximo que podía conseguirse, en tanto que el precio natural el menor que podía tomarse. En este enfoque, la competencia no se identifica con el número de empresas (con un estado de mercado, como sucederá en los neoclásicos), sino con la fuerza que empuja al precio natural.
















