Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

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Economía argentina, coyuntura y largo plazo (II)

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[Continúa la anterior nota (aquí), y terminará en una próxima nota]

La acumulación del capital en la tradición clásica

En la nota anterior hemos planteado que la clave del desarrollo capitalista pasa por la reinversión del excedente. Esta importante idea fue formulada por primera vez por los fisiócratas. Quesnay definía el excedente como la diferencia entre la producción y lo necesario para mantener la capacidad productiva (incluyendo en ésta el consumo del trabajador). Se equivocaba al sostener que solo la actividad agrícola generaba ese excedente, pero lo destacable es que concibió un proceso dinámico, cuyo eje es la reinversión, decidida por la clase social que se apropia del excedente. Luego, en Smith y Ricardo, serán los trabajadores contratados por el capital los que producen el valor, y por lo tanto, las ganancias y las rentas. Se trata de un enfoque opuesto al neoclásico, con su énfasis en la asignación eficiente de recursos “dados”. En el sistema clásico, lo importante es ampliar el trabajo productivo, para generar ganancia que se invierte para generar más ganancia. Se trata de un proceso circular, o en espiral, que rige el desarrollo de las fuerzas productivas.

También en Marx se mantiene esta idea. Sintéticamente, en Marx, para que haya reproducción ampliada del capital, es necesario que el capitalista decida acumular, reinvertir la plusvalía, no sólo para acrecentar el capital variable (como sucede en Ricardo), sino también el capital constante, esto es, los medios de producción. “El empleo de plusvalor como capital, o la reconversión de plusvalor en capital, es lo que se denomina acumulación de capital” (Marx, 1999, t. 1, p. 713). Por eso, una vez dada la masa de plusvalor, “la magnitud de la acumulación depende… de cómo se divida el plusvalor entre el fondo de acumulación y el de consumo, entre el capital y el rédito” (idem, 730). La plusvalía que se gasta como rédito, esto es, para el consumo o diversos gastos del capital, no permite ampliar la capacidad productiva. De aquí la importancia de distinguir entre trabajadores productivos e improductivos. Los trabajadores improductivos son pagados con plusvalía, y no generan plusvalía. En El Capital Marx apuntaba que el gasto en empleados domésticos, en Inglaterra, era gasto improductivo. Lo mismo se aplica al trabajo estatal. Si el Estado contrata trabajadores para enterrar y desenterrar botellas, esto puede estimular el consumo, y por esa vía contribuir a sostener la demanda. Sin embargo, esos trabajadores son pagados con plusvalía que no se reinvierte productivamente (para una discusión, ver aquí). Por lo tanto, en la medida en que el nivel de empleo se sostenga por esta vía, el crecimiento encontrará dificultades crecientes. Podemos decir que en un país atrasado, esto es doblemente válido. Y esto ocurrirá aun en el caso de empresas estatales. Por ejemplo, si una empresa estatal contrata personal para que trabaje como puntero político, ese gasto es improductivo; aunque el gasto de ese puntero contribuya a mantener la demanda. Y en el mediano o largo plazo, ese tipo de gasto solo se sostiene si crece el trabajo productivo.

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Valor trabajo, el problema de la transformación y crítica sraffiana

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El propósito de esta nota es volver al debate que se generó a partir del trabajo de Sraffa, y en especial de sus continuadores, en torno a la teoría del valor trabajo de Marx. Pienso que puede ser de interés para estudiantes y gente que se acerca a Marx, y muchas veces pregunta si el problema de la transformación no ha cuestionado de fondo la teoría de El Capital.

Recordemos que los autores llamados de la escuela de Cambridge (también conocidos como sraffianos o de la escuela anglo-italiana), realizaron una crítica abarcativa de la teoría económica neoclásica. Ya en los años 1920 Sraffa había demostrado que la determinación de los precios por medio de las curvas de oferta y demanda marshallianas exigía supuestos “heroicos” acerca de los rendimientos, y había planteado que los precios debían poder determinarse con independencia de cualquier suposición sobre los rendimientos. Luego, en la década de los 50, Joan Robinson y Nicholas Kaldor adelantaron las críticas principales a la teoría neoclásica del capital. En 1960 Sraffa publicó Producción de mercancías por medio de mercancías, donde mostró cómo se pueden determinar los precios a partir de un sistema de coeficientes de insumos de trabajo y bienes, abandonando el intento marginalista de determinar simultáneamente precios y cantidades de equilibrio; paralelamente Sraffa puso al desnudo las incoherencias de la teoría neoclásica del capital. En las dos décadas que siguieron, los sraffianos o neorricardianos profundizaron la crítica, que nunca pudo ser respondida adecuadamente por los neoclásicos. De hecho, las “respuestas” hasta el momento pasan por disimular las dificultades teóricas y las incoherencias (véase “Dificultades neoclásicas…).

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