Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

Debate sobre la TMM: respuesta a Eduardo Garzón

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La nota que publiqué de crítica a la Teoría Monetaria Moderna (aquí, aquí, aquí, aquí) fue respondida por Eduardo Garzón, “Réplica a la crítica de Astarita a la Teoría Monetaria Moderna” , http://eduardogarzon.net/replica-a-la-critica-de-astarita-a-la-teoria-monetaria-moderna/. En esta nota respondo a Eduardo Garzón.

Dinero, una relación social

EG comienza su crítica diciendo que, contra mi énfasis en que el dinero es una relación social, la TMM también sostiene que el dinero es una relación social, ya que expresa una interrelación entre personas al interior de la sociedad. O sea, mi crítica no tendría sentido.

Pues bien, tiene razón EG al decir que la TMM considera que el dinero expresa relaciones entre personas. Y de hecho, es lo que dije cuando me referí al bono de una cooperativa, al ticket de teatro, o cuando mencioné dones, regalos o dotes en sociedades primitivas. En todos estos casos están involucradas relaciones entre personas y, desde ese punto de vista, bien se puede afirmar que todas son relaciones sociales. En definitiva, si le doy un regalo a mi hijo, ese regalo también expresa una relación entre las personas de mi familia, y por lo tanto “es una relación social”.

Sin embargo, el problema es que con esa idea general de “relación social” no hemos ganado nada en el análisis de la naturaleza del dinero. Peor aún, lo hemos convertido en lo que Hegel llamaba un “universal abstracto”, esto es, un concepto de contenido tan general que no permite captar su naturaleza. En otros términos, si permanecemos en ese nivel no podremos entender la especificidad de la relación social expresada en el dinero. Este es el punto central de mi argumento en la nota, que lamentablemente EG no pudo registrar. Explicado con los ejemplos del ticket y el bono de la cooperativa, lo que afirmo es que estos expresan relaciones entre individuos que son cualitativamente distintas de la relación social que expresa el dinero. Y es esta diferencia específica la que nos saca de la generalidad abstracta (que lleva a la naturalización de las categorías teóricas, fenómeno habitual en la economía burguesa; para una discusión desde el punto de vista del método de este asunto, véase Marx, 1980, p. 284).

En otros términos, lo que el análisis debe subrayar es la diferencia específica que tiene el dinero, en tanto fenómeno social, con el ticket del guardarropa o el bono de la cooperativa. Es que si nos limitamos a decir que en todos ellos están involucradas relaciones entre personas, el dinero termina convirtiéndose en una generalidad carente de contenido. Se olvida así que es la expresión de una relación social específica, la que existe entre propietarios privados de mercancías. Esta es una particularidad social que ubica al dinero en un plano esencialmente distinto del que está ubicado el ticket de guardarropa, o el bono de cooperativa. Por eso, el énfasis de Marx en señalar que el dinero es una relación entre personas que son propietarias privadas de medios de producción y de mercancías. Algo que en absoluta ocurre con el ticket de guardarropa o el bono de cooperativa (o el regalo que entrego a mi hijo).

El problema con la TMM es que pasa por alto esta diferencia. Por eso, la afirmación de que el dinero es una relación social es meramente formal, no afecta al contenido real. De ahí que Knapp (1924) afirme que “el sistema monetario es un fenómeno administrativo” (p. 53). La naturaleza de la moneda se explicaría simplemente por las ordenanzas legales que regulan su uso (véase p. 2). Así, al Estado, creador del dinero, se lo concibe por fuera de la relación social determinante –la propiedad de los medios de producción. Pero la misma ausencia de contenido social se advierte en EG, cuando sostiene que lo que diferencia al dinero del ticket del teatro es que este último tiene “poco alcance”. O sea, la diferencia sería cuantitativa, no cualitativa. Por esta vía, EG hace desaparecer la especificidad del mercado y de la venta, la metamorfosis de la mercancía en dinero, el salto mortal de la mercancía, el momento de la validación, o no, del trabajo privado contenido en ella como trabajo social.

Solo al precio de “olvidar” estas cuestiones, se puede decir que la diferencia entre el dinero y el ticket de teatro, o al bono de la cooperativa, es meramente “de alcance”. Hace recordar a Adam Smith cuando decía que la división del trabajo al interior del taller se distinguía de la división del trabajo entre unidades productivas mediadas por el mercado por el hecho de que la primera se podía abarcar con la vista, y la segunda no. Mutatis mutandi, el error de EG es de la misma naturaleza metodológica.

Leyes objetivas y dimensión social

Vinculado a lo anterior, EG escribe: “creer que el dinero es un equivalente general y que está sometido a determinadas leyes económicas objetivas como hace Astarita resta precisamente dimensión social a su concepción”. O sea, según EG, afirmar que el valor del equivalente general esté determinado por leyes económicas objetivas, “resta dimensión social a su concepción”. Pero… ¿por qué debería ser así? EG no lo explica. Sin embargo, el tema tiene importancia para la crítica del fetichismo de la mercancía, o sea, del carácter cosificado de las relaciones sociales. Esto es, la crítica a una sociedad en la cual el mercado y el valor de cambio se imponen a los seres humanos como un poder objetivo, material, que no dominan. Esta idea atraviesa prácticamente toda la obra de Marx. Así, ya en La ideología alemana, Marx y Engels hablaban de la plasmación de las actividades sociales en un “poder material erigido sobre nosotros, sustraído a nuestro control, que levanta una barrera ante nuestra expectativa y destruye nuestros cálculos…” (pp. 34-35). La misma idea subyace a la crítica de la mercancía y del mercado que encontramos en su obra madura.

Aunque no puedo desarrollarlo aquí, dejo señalado el tema: la ley del valor se impone a los seres humanos con la fuerza de lo objetivo (como se impone la ley de la gravedad cuando a alguien se le cae la casa encima, véase Marx, 1999, cap. 1), a pesar de ser producto de las acciones de los mismos seres humanos. Por caso, cuando en una crisis se hunden los precios y los valores, y millones quedan en la calle, estamos ante un fenómeno que, si bien es social, no es gobernado conscientemente por las personas.

Por eso los marxistas decimos que acabar con la propiedad privada del capital es la condición para que los seres humanos tomen el control de sus vidas. Aunque, naturalmente, a la corriente poskeynesiana la cosificación de las relaciones sociales la tiene sin cuidado. De ahí que EG critique y rechace que los marxistas hablemos de esa objetivación de las relaciones humanas. Señalo también (lo desarrollo más adelante) que la objetividad social del valor es la razón última de por qué el Estado no puede decidir a voluntad el valor del dinero.

Algo de teoría e historia

Escribe EG: “Acorde a Astarita, la relación social en cuestión es ‘la que existe entre productores privados de mercancías, que se conectan a través de la compra y venta de sus productos. Al hacerlo, comparan sus mercancías en tanto valores, y por ello las reducen a sustancia común’, encarnada en el dinero”. La mundialización de los flujos productivos y comerciales habría conllevado la confluencia de todos los valores parciales en un único equivalente general que vendría a estar representado por muchas monedas insertas en una jerarquía de activos en cuya cúspide se encontraría el oro. En cambio, para la TMM el dinero es básicamente una unidad de cuenta para medir las deudas o compromisos de pago”.

Empecemos con el aspecto teórico, ubicándonos en el inicio del análisis de Marx, la forma simple del valor, lógicamente anterior a la aparición del dinero. Dos productores intercambian sus mercancías según cierta proporción cuantitativa. Marx (también Ricardo) demuestra que, al hacerlo, están comparando los tiempos de trabajo invertidos. De lo contrario, no hay manera de establecer una relación cuantitativa regular. He discutido largamente este tema en referencia a la teoría del valor de los austriacos, y remito a esas notas (aquí, aquí). Ahora digamos que por eso también, en la medida en que comienzan a repetirse los intercambios, los tiempos de trabajo tienden a imponerse como reguladores últimos de los valores de cambio (en el caso de la producción simple de mercancías esto también puede demostrarse teóricamente con un esquema sraffiano).

Pero vayamos al aspecto histórico del asunto. Siguiendo la doctrina cartalista, EG afirma que “… el dinero es creado por las autoridades públicas, no un elemento que se origina espontáneamente con los intercambios comerciales”.

Pues bien, según Marx, los intercambios surgieron, históricamente, en los puntos de contacto entre diferentes comunidades o sociedades. O sea, no ocurrió como dicen los economistas ortodoxos, desde Adam Smith al presente. Según Smith (1987), con la división del trabajo al interior de las sociedades ya se habría desarrollado el mercado y el dinero (véase cap. 4). La realidad es que en las sociedades en las que había propiedad común de la tierra y otros medios de producción, no existía mercado, y por lo tanto, tampoco dinero (entendido este como mediador entre propietarios privados). Marx señala este hecho, que es confirmado por antropólogos e historiadores, tales como Vilar, Amin, Godelier, Aglietta y Orléan (citados en la bibliografía). Graeber (2012), desde un enfoque cartalista, también sostiene que nunca se ha descrito una sola economía de trueque, y que toda la etnografía demuestra que eso no existió.

Sin embargo, sí hubo comercio a distancia (con un anacronismo, sería “mundial” o “internacional”). Y en este respecto, cobra gran importancia el comercio que hubo durante el segundo milenio y la primera parte del primer milenio a. C., en Mesopotamia, Egipto y Persia. Voy a tratar estas cuestiones históricas en otra nota, pero ahora me interesa señalar que esa “mundialización” de los flujos comerciales (no productivos) llevó efectivamente a la aparición del dinero. Lo cual significa que hubo dinero, plasmado en oro y plata, principalmente, antes de que el metal fuera acuñado por los Estados (véase, por ejemplo, Aglietta y Orléan). La acuñación metálica surgió después de que existiera el dinero, establecido a partir de las relaciones entre comunidades lejanas. Así, Aglietta y Orléan señalan que en el Mediterráneo, durante el primer milenio a. C, los activos y pasivos, eran contabilizados por instituciones financieras que hacían operaciones de clearing y pagaban con plata u oro el comercio de larga distancia. Estas instituciones financieras se encargaban también del intercambio de medios de pagos entre los Estados, los cuales tenían distintas tasas de conversión entre los metales (véase p. 216). La acuñación estatal surge luego, en los márgenes de este comercio. Vilar también señala que en los sistemas estatales de Egipto, Asiria y China, la moneda interior no jugaba rol alguno; pero sí se reservaba oro y plata para las transacciones exteriores.

De manera que hubo dinero antes de que haya mediado la actividad legislativa del Estado estableciendo emisión para pagar impuestos. Más aún, el cobro de impuestos (que en las sociedades campesinas en realidad eran rentas de la tierra) muchas veces se realizaba en especie, en tanto el soberano intercambiaba con otras comunidades utilizando el oro como dinero (véase Godelier, pp. 77-78). Además, el dinero metálico en esos intercambios “mundiales” figuraba como medida de valor, medio de cambio y medio de pago. A lo que debemos agregar su función como medio de atesoramiento. Por fuera y al margen de lo que podía legislar el Estado, el oro, o la plata, se impusieron como dinero “mundial”. Agreguemos que la circulación internacional de promesas de pago (la letra de cambio) recién se desarrollaría con el auge mercantil del Mediterráneo -centrado en Génova, Florencia, Venecia- a partir del siglo XIII (véase Aglietta y Orléan; también Dwyer y Lothian, citados en la bibliografía).

Además, a lo largo de siglos, la aceptación de monedas “a nivel mundial” estuvo muy condicionada a su composición metálica; véase, como ejemplos, las historias del solidus, o el dinar, después de la caída del imperio romano de Occidente (Vilar, Dwyer y Lothian).

La evidencia histórica es abundante, pero los cartalistas, y EG, siguen afirmando que el dinero es pura creación del Estado. Sin embargo, el propio Knapp (1924) reconoce que la tesis cartalista no puede explicar el uso de la pieza monetaria más allá de los límites del territorio del Estado, esto es, donde no rige la ley “nacional” (pp. 40-41); y que la forma cartal nunca puede ser efectiva “internacionalmente”, dado que cada Estado es independiente de los otros. Admite por eso que esta es una limitación llamativa en comparación con el metalismo (véase p. 41).

Ahora bien, si históricamente el dinero surgió en los intercambios a distancia entre comunidades, y el cartalismo admite que no puede explicar el origen del dinero “internacional”, ¿por qué EG insiste en que el enfoque cartalista es superior a la explicación histórica “a lo Marx”?

Crédito y dinero crediticio

Llevado por la idea de que el dinero es básicamente una unidad de cuenta para medir deudas o compromisos de pago, EG escribe: “Cualquier agente económico crea dinero cuando se compromete a aportar valor a otra parte y esta acepta el compromiso. Los compromisos atañen siempre a dos partes: la que se compromete a aportar valor (el deudor) y la que acepta el compromiso (el acreedor)”.

Aquí EG se está refiriendo a la creación de dinero escritural, o a lo que Marx llamaba monetización de créditos (véase, por ejemplo, Marx, 1999, cap. 3). Monetización que sirve para la circulación, pero está lejos de ser dinero. Para ver por qué, supongamos que el productor A vende a crédito a B la mercancía X en $100. B firma una promesa de pago en beneficio de A, a cambio de recibir X. Supongamos ahora que la promesa de pago de B es aceptada por el proveedor C de A, a cambio de mercancía Y. Aquí la promesa de pago ha funcionado como medio de circulación. Es “creación endógena de dinero” (anotemos que la naturaleza del asunto no cambia si A descuenta la promesa de cambio en un banco; es el tipo de dinero bancario que analizaron Steuart, la banking school, o Marx).

La cuestión central es, sin embargo, la siguiente: esa promesa de pago que circuló entre A, B y C, ¿es dinero? La respuesta de Marx (con la que acuerdo) es que no es dinero en la medida en que, en primer lugar, no es medida de valor. La medida son los $100. Pero en segundo término, tampoco es medio de pago, ya que al momento del vencimiento de la deuda B debe pagar en dinero “contante y sonante”. Y este dinero de alta potencia solo puede llegar a manos de B por la venta de la mercancía X. Esto es, no puede ser creado privadamente por B. Y en tercer lugar, el título de deuda tampoco puede ser medio de atesoramiento. De ahí que Marx sostenga que los créditos que circulan como medios de cambio deben distinguirse del dinero emitido por el Estado; o sea, de lo que hoy llamamos base monetaria (al pasar, uno de los errores de Ricardo, y de otros partidarios del enfoque cuantitativo del dinero fue no realizar esta distinción crucial).

De manera que es incorrecto decir, como hace EG, que “cualquier agente crea dinero cuando se compromete a aportar valor a otra parte y acepta el compromiso”. Lo que hizo B fue monetizar un “Yo te lo debo” (IOY, en inglés) a los fines de la circulación. Nada más.

Los límites de la aceptación del dinero estatal

Escribe EG: “Ninguna persona ni empresa puede obligar a utilizar el dinero que crea (por ejemplo, la empresa de teatro no puede obligar a nadie a adquirir tickets de guardarropa); en cambio, el Estado sí puede hacerlo: al imponer la obligación de pagar tributos nominados en la unidad de cuenta que crea (por ejemplo, euros) fuerza a empresas y familias a obtener dinero estatal. (…) … puesto que, para saldar las deudas tributarias con el Estado, todo el mundo tiene que utilizar el mismo dinero, la deuda del Estado se hace perfectamente transferible. Uno puede ofrecer el dinero estatal a otra persona a cambio de transferencia de valor puesto que sabe que esa persona lo aceptará, pues también lo necesita para pagar impuestos”.

Pero esto no es así de hecho. El Estado puede decretar la obligación de pagar los impuestos en moneda emitida por él, pero por fuera de eso no tiene el poder para imponer que “todo el mundo” (dentro del país en cuestión) utilice el dinero estatal. Si el valor del dinero estatal está puesto en duda –como sucede cada poco tiempo en Argentina- la gente pagará sus impuestos en pesos argentinos, pero esto no impedirá que atesore en dólares (o euros); que cotice propiedades inmobiliarias en dólares (o euros); que establezca obligaciones en dólares (o euros). Cuando una vivienda se compra, en Argentina, al contado en dólares (y es una operación bastante común), el dólar cumple la función de medio de cambio (además de medida de valor), por fuera de lo que disponga el Estado. Incluso los defensores de la TMM han debido reconocer que en determinadas circunstancias esto es así. Pero entonces, ¿por qué EG no responde estos argumentos?

Las nociones de acreedor y deudor

EG parece tan entusiasmado con la idea de que el dinero es título de deuda, que nos dice que cuando alguien tiene dinero es un “acreedor”. Escribe: “El individuo que ostenta dinero estatal, aunque teóricamente es acreedor del Estado, es reconocido como un acreedor por cualquiera que le proporcione bienes a cambio de dinero estatal. Cualquiera que los acepte en pago se ofrece a sí mismo como el representante del deudor”.

Empecemos diciendo que, si bien teóricamente el dinero se presenta en el balance del Banco Central como un pasivo (contra un activo conformado por divisas, oro, o títulos públicos), de hecho no es un pasivo, ya que el Estado no está obligado a cambiarlo por su activo, en tanto no esté comprometido a la convertibilidad. Por eso, no es cierta la afirmación de EG de que “Todos los tipos de dinero que existen, sin excepción alguna, son compromisos de pago de algún agente económico”. El Estado que emitió dinero no tiene ningún compromiso de pago por el hecho de haber emitido ese dinero. Ni el poseedor del dinero tiene compromiso alguno por ser propietario de ese dinero.

La cuestión se ve más claro todavía cuando examinamos las categorías de “acreedor” y “deudor” que utiliza EG. Según EG, si A tiene $100 es un “acreedor” frente a B, propietario de la mercancía X. De esta manera EG ha reemplazado las categorías “comprador” y “vendedor” por las de “acreedor” y “deudor”. Pero en la realidad del mercado “comprador” no es homologable con “acreedor”; ni “vendedor” con “deudor”. Es que cuando A dispone de dinero para comprar, tiene “poder social general” en el bolsillo, encarnación de valor. B, a su vez, tiene valor “potencial” en X (es potencial porque tiene que realizarse a través de la venta). Pero por eso mismo B no adeuda a nadie; es propietario de una mercancía cuyo valor debe realizarse. A, por su parte, no es acreedor de nada; simplemente es propietario de dinero. Por eso en el mercado A y B se enfrentan como propietarios, uno de mercancía, el otro de dinero, no como acreedor y deudor.

En otros términos, la relación acreedor / deudor tiene un contenido muy distinto del que existe entre comprador / vendedor. Es que si A compra a crédito, pasa a ser deudor;  y B, que le vende a crédito, pasa a ser acreedor. Ya no estamos en la misma relación que antes. Diferencia que sirve para entender, por ejemplo, por qué Ricardo no acertó cuando sostuvo, en defensa de la ley de Say, que siempre que se vende es con el objetivo de comprar. Como observa Marx, cuando existe una deuda puede ocurrir que se deba vender no para comprar, sino para pagar. El tipo de constricción que tiene el deudor es entonces muy distinta de la que tiene el vendedor. Y el tema es de importancia para entender, por ejemplo, la dinámica de una crisis (cuando se liquidan mercancías a cualquier precio).

Sobre el valor del dinero

EG escribe: “Astarita acierta cuando habla de que “las relaciones de cambio entre monedas no pueden, en el largo plazo, ser determinadas a voluntad por los gobiernos”. El tipo de cambio de una moneda con respecto a otra es determinado por el nivel de demanda cruzada que experimenten entre sí, lo que a su vez está explicado fundamentalmente por la estructura productiva, la inserción externa en la economía-mundo, y por los flujos de capitales financieros de las economías en cuestión. Una economía con una sólida estructura productiva, con una especialización exportadora potente, y una captación importante de capitales financieros (como por ejemplo la suiza) tendrá una moneda mucho más apreciada que una economía con débil estructura productiva, con poca capacidad exportadora y poca recepción de capitales”.

Por supuesto, estoy de acuerdo con esto. Pero no es lo que dice la TMM. La TMM sostiene que el Estado tiene el poder de establecer el valor del dinero. Wray (2003), por ejemplo, dice que según el enfoque neo-cartalista la moneda toma su valor no de la mercancía “sino más bien de la voluntad del Estado de aceptarla para el pago” (p. 55). En Knapp (1924) leemos: “el dinero es una criatura de la ley” (p. 1); “la denominación de los medios de pago de acuerdo a las nuevas unidades de valor es un acto libre de la autoridad del Estado” (p. 24); “en los sistemas monetarios modernos la proclamación [por el Estado] es siempre suprema (p. 31). También nos dice que la “chartality” es simplemente el uso de acuerdo a la proclamación (p. 35).

A su vez Tcherneva (2005), rastreando en precedentes del cartalismo cita a Forstater, quien a su vez cita aprobatoriamente a Say y Mill diciendo que el papel moneda tenía valor porque el Estado lo admitía para el pago de impuestos (p. 8). También cita a Jevons cuando decía que el valor del dinero “era mantenido por la autoridad emisora” (p. 9).

Pero no se trata solo de estos precedentes. Apoyándose en Wray, Tcherneva escribe: “Los cartalistas sostienen que, dado que el dinero es un monopolio público, el gobierno tiene a su disposición una manera directa de determinar su valor. Recuerden que para Knapp los pagos con moneda cartal miden un cierto número de unidades de valor. Por ejemplo, si el Estado requiriera que para obtener una unidad de dinero de alta potencia una persona debe suministrar una hora de trabajo, entonces el dinero valdría exactamente una hora de trabajo. Como un monopolio emisor de la moneda, el Estado puede determinar lo que valdrá la moneda al establecer los términos en los que se obtiene el dinero de alta potencia” (p. 18).

No encuentro que otros representantes de la TMM hayan dicho que lo que dicen Wray, Knapp y Tcherneva sobre la capacidad del Estado de establecer el valor del dinero esté equivocado. Para que no queden dudas, repito: Tcherneva-Wray dicen que el Estado puede establecer a voluntad el valor del dinero, al establecer a voluntad el “valor de una hora de trabajo”. Esta es la idea que critiqué, al afirmar que ese valor se referencia con otras monedas, y por lo tanto con productividades relativas. Frente a esto, EG dice que tengo razón cuando afirmo que el valor del dinero no se puede establecer a voluntad, pero agrega que la TMM no dice que se establece a voluntad. Sin embargo, hemos visto que la TMM sí dice que se establece a voluntad. EG no puede desconocer esto. Entonces, ¿por qué dice algo tan manifiestamente falso?

Además, es claro que esta concepción está en la base de la idea de que imprimiendo dinero el Estado puede llevar a la economía al pleno empleo. En palabras de Tymoigne y Wray (2013): “El gobierno, monetariamente soberano es el monopolio proveedor de su moneda y puede emitir moneda de cualquier denominación en formas físicas o no físicas. Como tal el gobierno tiene una capacidad ilimitada de pagar por las cosas que desea comprar y cumplir los pagos futuros prometidos y tiene una ilimitada capacidad para proveer fondos a otros sectores” (p. 5) En el mismo sentido, Tcherneva escribe: “Para los cartalistas no es necesario utilizar el desempleo para combatir la inflación. Por el contrario, proponen una política de pleno empleo en la cual el Estado exógenamente establece un precio importante para la economía, que a su vez sirve de ancla para todos los otros precios… . Esta propuesta se basa en el reconocimiento de que el Estado no enfrente constricciones financieras operacionales, que el desempleo es un resultado de restringir la emisión de moneda, y que el Estado puede ejercer una formación de precios exógena (exogenous pricing) (p. 19).

Como puede verse, la mágica solución de acabar con la desocupación imprimiendo dinero se basa en la idea, crucial, de que el Estado puede establecer a voluntad el valor del dinero emitido. Repito, EG no puede desconocer esta tesis, ni pretender que la TMM no dice que el Estado tiene la facultad de establecer el valor del dinero. Y esta cuestión está en el centro de mi divergencia y crítica a la TMM.

El Estado no puede establecer a voluntad el valor del dinero

En oposición a la TMM, sostengo que el Estado no puede determinar a voluntad el valor del dinero estableciendo el valor al que retribuye la hora de trabajo. Es que el valor está determinado por los innumerables trabajos privados que se comparan en el mercado a través de las mercancías. Es por medio de esa comparación –que supone la competencia- que se establecen los tiempos de trabajo socialmente necesarios. Son socialmente necesarios porque están establecidos según las productividades medias, definidas por las tecnologías y las intensidades de trabajo relativas. Es absurdo pensar que el Estado capitalista puede sobreponerse a esta constricción material. De hecho, ni siquiera pudo hacerlo el Estado de tipo soviético, a pesar de la estatización casi completa de los medios de producción y la enorme maquinaria de planificación (burocrática) desplegada.

En segundo lugar, la idea de que el Estado es “monetariamente soberano” porque haya establecido la inconvertibilidad del dinero que emite es equivocada, ya que la convertibilidad se establece de hecho, con otras monedas o con el oro (al pasar, la revalorización del dólar en el último año se expresó en la caída del valor del oro, en un 12%, en los últimos 12 meses). Más en particular, la convertibilidad del peso argentino al dólar es una realidad cotidiana. Incluso cuando el gobierno kirchnerista quiso prohibir las transacciones cambiarias por fuera de las reguladas oficialmente, se estableció un mercado paralelo de facto. He presentado estos argumentos en mis notas. Lo cual conecta con lo explicado más arriba, a saber: es imposible que el Estado establezca, a mediano o largo plazo, a voluntad, la relación de cambio, en términos reales, al margen y por encima de las productividades relativas del trabajo en los distintos espacios nacionales. Por caso, el Estado argentino no puede “decidir” que una hora de trabajo industrial simple, promedio, en Argentina, genere igual valor que una hora de trabajo industrial simple, promedio, en Alemania, dadas las diferencias de tecnologías. Lo mismo se aplica a los diversos trabajos complejos. Subrayo, no hay poder estatal –por más que establezca que los impuestos se paguen en la moneda fiduciaria nacional- que pueda eliminar esas diferencias. Y si esto es así, no hay forma de que esas diferencias no se reflejen en el tipo de cambio, y en la inserción de la economía nacional en la división internacional del trabajo.

Sin embargo, con total desprecio por los datos, EG escribe: “Animo al lector o lectora a que vaya a comprar un producto en la tienda de la esquina con una moneda extranjera o una onza de oro, a ver si es capaz de lograr su objetivo. El vendedor no sabe cómo comparar la moneda que siempre utiliza con las monedas extranjeras o el oro. El vendedor quiere euros, que es lo que controla, lo que sabe medir, lo que sabe que le va a servir en su entorno, lo que puede atesorar sin problemas… básicamente porque el Estado se compromete a respaldar su valor y utilización”.

Pues bien, yo animo a EG a darse una vuelta por Argentina para que compruebe con sus propios ojos cómo funciona el asunto (y Argentina es uno de los países en los que la TMM ha concentrado su atención). EG nos dice que el vendedor quiere su moneda “nacional” (euros, si es España) porque “sabe” que el Estado “se compromete a respaldar su valor”. ¿Pero cómo “respalda” entonces el Estado argentino ese valor de la moneda fiduciaria, el peso? ¿Acaso pagando x cantidad de pesos la hora de trabajo? Esta sería la manera que según la TMM se fijaría el valor de la moneda. ¿Alguien se atreve a afirmar que esa es la vía por la cual el Estado argentino puede determinar el valor del peso?

La realidad es que, sin esperar a declaraciones del Estado, o a pagos de horas de trabajo, los vendedores en Argentina a cada momento están evaluando el peso mediante la comparación con el dólar. Pero no solo cuando venden, sino también cuando atesoran, o cuando establecen compromisos de pago a largo plazo. Incluso muchos empresarios asumen, como la cosa más normal, que gran parte de sus costos están dolarizados. Y la relación peso / dólar no es manejada a voluntad por el Estado. ¿Dónde queda entonces la idea de que el Estado puede fijar el valor del dinero por simple voluntad legislativa, o pagando horas de trabajo?

Lógicamente, lo anterior nos lleva a la tercera razón de fondo por la que la TMM naufraga, a saber, que las economías nacionales están indisolublemente vinculadas al mercado mundial, y por lo tanto la moneda no puede ser simplemente “nacional”. Por eso se equivoca EG cuando intenta establecer una muralla entre lo nacional y lo internacional. Escribe: “Podríamos decir que en el interior de las comunidades políticas el dinero funciona completamente como un compromiso de pago de la autoridad pública en cuestión (de forma que su control y regulación estatal es total), mientras que en el exterior de esas comunidades el mismo dinero funciona como un medidor de valor de los productos que se intercambian internacionalmente (de forma que su control y regulación estatal es mínima).”

De nuevo, ¿cómo se aplica esto a la Argentina? ¿De dónde saca EG que el control del gobierno argentino sobre la moneda es “total”? Tengamos presente que, según el enfoque poskeynesiano, el gobierno no puede controlar la cantidad de dinero. EG nos dice, sin embargo, que el gobierno tiene un control y regulación “total” del dinero. Por lo cual, si no controla la cantidad, tiene que controlar su valor. Pero cuando en Argentina los inversores, y luego los ahorristas, comienzan a desconfiar del valor del peso, corren al dólar, desvalorizando al peso, sin prestar mucha atención al “control total” del gobierno sobre el tipo de cambio. ¿Cómo encaja entonces la historia de la TMM, y de EG, en este escenario?

Más aún, en mi nota recordé que Tymoigne y Wray debieron admitir que en economías abiertas y pequeñas, no hay forma de emitir dinero como la TMM dice que en general se puede hacer. Y también admiten que en economías muy abiertas puede ocurrir que los residentes utilicen el dinero para otros propósitos que no sean los de pagar impuestos. Pero lo mismo sucede en una economía relativamente cerrada, como la Argentina. He presentado estas cuestiones, pero EG no las responde. Simplemente nos dice que en la zona del euro los vendedores aceptan euros sin problemas. Y con esto pretende responder a una crítica a la TMM centrada en la experiencia argentina. Como Argentina no le entra en su marco teórico, nos habla de un país en que rige el euro. ¿Qué sentido tiene todo esto?

El gasto estatal

Vayamos ahora al último punto, el gasto estatal. En mi nota critiqué la idea de que el Estado tiene capacidad ilimitada para pagar las cosas que quiere comprar. Mi crítica fue al circuito que plantea la TMM: Estado que entrega dinero a “Otros”,  que gastan, y luego el Estado recoge ese dinero. Expliqué por qué esa entrega de dinero no genera necesariamente valor, ni riqueza. EG no responde el argumento, pero escribe: “el gasto público puede generar tanto o más valor y riqueza material que el gasto privado. ¿O acaso todo el sector de la sanidad, educación, dependencia y justicia -por poner sólo cuatro ejemplos- no crean valor o riqueza material? Quizás ese gasto no pueda ser considerado “productivo” en términos marxistas porque no genera plusvalía, pero lo que jamás podrá sostenerse es que no genere valor o riqueza material”.

Pero no sólo eso, sino que el propio gasto del Estado puede impulsar un negocio privado y con ello terminar generando beneficios empresariales y plusvalía: por ejemplo, cuando un desempleado recibe una prestación por desempleo y la utiliza para comprar un producto a un vendedor privado”.

Que el gasto público puede generar más valor y riqueza material que el gasto privado, es indudable. Pero para esto es necesario hacer una discusión particularizada sobre en qué consiste ese gasto. Pero ese análisis es precisamente lo que falta en el circuito que plantea la TMM. ¿Por qué no se discute? Pues por la sencilla razón que la TMM, y EG, en esencia piensan que cualquier tipo de gasto estatal genera valor y plusvalía. Pero esto es equivocado.

Para ver por qué, tomemos el caso del desempleado al que se le entrega dinero para que consuma. EG dice, como acabo de citar, que ese desempleado, al comprar el producto al productor privado, termina generando “beneficios empresariales y plusvalía”. Pues bien, aquí hay casi más errores que palabras. En primer lugar, porque la compra en sí misma no genera beneficios ni plusvalía. La plusvalía (el beneficio incluido) se genera en el trabajo, no en la venta. En la venta simplemente se realiza la plusvalía. EG parece adherir a la vulgar tesis (que en realidad compartía Keynes) de que el beneficio surge por “recargo” en la venta. Es una tesis burguesa (pero el poskeynesianismo no es más que una suerte de socialismo burgués) destinada a encubrir la realidad de la explotación del trabajo. Pero en segundo lugar, y como expliqué en la nota, si el valor agregado contenido en la producción es $100, y los desempleados, merced a los subsidios, consumen $10, el valor agregado global no se habrá alterado. Por supuesto, para entender esto hay que empezar por comprender que el valor no se genera en la venta.

En segundo término, hay gasto estatal que no solo no produce riqueza material, sino que contribuye a su destrucción. El caso más claro es el gasto en armamento. Por eso el keynesianismo militarista de los Reagan y Bush no tuvo un ápice de progresista.

En tercer lugar, existe gasto estatal que no genera riqueza pero contribuye al sostenimiento del aparato estatal y represivo. Por ejemplo, el gasto en fuerzas armadas y de seguridad; o en la espesa red de burócratas que viven del Estado. Y en este tipo de gasto hay que incluir el destinado a mantener trabajo improductivo. Por ejemplo, el caso (ejemplo teórico) de un Estado que paga a trabajadores para que entierren y desentierren botellas con dinero. Una cuestión que se inscribe en la crítica más general de Marx al trabajo improductivo, defendido por los representantes más reaccionarios de las clases dominantes de su época (digamos, en la línea de Malthus; sobre la crítica de Marx al trabajo improductivo, véase Marx, 1975, t. 1).

En cuarto lugar, está, por supuesto, el gasto en salud y educación públicas gratuitas. Este gasto contribuye, en lo esencial, a la reproducción de la fuerza de trabajo, y en ese sentido abarata los gastos del capital en general. Pero por eso mismo debe ser sostenido con impuestos, esto es, con valor y plusvalor generado en el trabajo  productivo.

Por último, está la posibilidad de que el Estado produzca mercancías. En ese caso tenemos capitalismo de Estado, con producción de mercancías y plusvalía. Como escribe Marx en sus Glosas a Wagner: “Allí donde el Estado es el mismo productor capitalista… sus productos tienen el carácter de mercancías y poseen, por tanto, el carácter específico de toda otra mercancía” (Apéndice del tomo 1 de El Capital, edición FCE, México, 1964). Por supuesto, la TMM y EG no dicen palabra de estas diferentes determinaciones del gasto estatal. ¿Por qué? Pues para mantener la idea de que basta estimular el gasto estatal con emisión monetaria, sin importar su naturaleza (esto es, su relación con la generación de riqueza material y valor) para sostener el pleno empleo.

Por otra parte, es equivocado decir, como sostiene EG, que “cualquier impulso en la demanda se transforma en nuevas ventas, empleo (especialmente si es a través de un Trabajo Garantizado), beneficios empresariales, e incluso en inversión privada, independientemente de que ese impulso provenga de nuevo dinero estatal o de endeudamiento”. Esta tontería la he discutido largamente con economistas que defendieron en Argentina la política económica de los gobiernos K. Incluso hubo quienes sostuvieron que bastaba con estimular el consumo para que, por el principio de aceleración, hubiera alta inversión (véase, por ejemplo, aquí, aquí).

La realidad fue que esto en absoluto sucedió. Por ejemplo, los gobiernos K estimularon el uso de la electricidad –hubo fuertes subsidios a las tarifas, más una elevada venta de acondicionadores de aire, y otros equipos- y sin embargo la inversión en energía cayó. Más en general, hubo fuertes estímulos al consumo –a lo que se sumó , en los 2000, un ciclo alcista de los precios de las materias primas- y sin embargo la inversión, medida en términos de PBI, se mantuvo a los mismos niveles -débiles- que en los 1990. El problema de fondo es que en las sociedades capitalistas las decisiones de inversión están en manos de los propietarios del capital; y están condicionadas por las ganancias, y por el “clima de negocios” (subrayado por Keynes). Pretender que se puede pasar por alto esta restricción mediante el cómodo recurso de imprimir dinero es, para decirlo de manera suave, estar en las nubes del socialismo burgués. Como era estar “en las nubes” decir, como hizo la TMM, que los planes sociales Trabajar, implementados por el gobierno de Duhalde (2002-2003) eran un paso hacia el pleno empleo y el rol del Estado como “empleador de último recurso”. Esos planes fueron apenas un paliativo a los brutales padecimientos que sufrían los desocupados. No había por qué embellecerlos. Curiosamente, EG no dice palabra sobre este asunto, que traté en la nota que critica.

En cualquier caso, un análisis materialista nos ubica a un mundo de distancia de la receta de la TMM de que basta emitir dinero estatal para generar riqueza, o acabar con la desocupación.

Una propuesta “vende humo” y conservadora

En Argentina se dice que alguien está “vendiendo humo” cuando hace promesas falsas. Y una de las formas más comunes de sembrar estas ilusiones es con recetas basadas en la manipulación de la moneda. Para decirlo con todas las letras, con este cuento de que basta emitir dinero para acabar con la desocupación la TMM nos quiere “vender humo”. Es un planteo similar al de Proudhon, quien decía que bastaba con suprimir el interés para acabar con los padecimientos de la clase obrera. O de John Gray, quien afirmaba que había que emitir bonos trabajos, pero sin alterar las relaciones sociales existentes.

Pero además, la propuesta de la TMM es conservadora. Recordemos que incluso Keynes (1986), advirtiendo las dificultades que tenía la inversión en el capitalismo, llegó a sostener que “una socialización bastante completa de las inversiones sería el único medio de aproximarse a la ocupación plena” (pp. 332-333). Puede discutirse si una sociedad en la que la inversión esté “socializada” (¿y qué significa esto?) es todavía una sociedad capitalista. Pero de todas maneras, Keynes decía que era el único medio de llegar a la ocupación plena. Lo cual debería plantear una discusión sobre el contenido social y político de una medida de esa envergadura. Pero nada de esto se desprende del planteo de la TMM. Esta corriente ha reemplazado “socialización de inversiones” por “imprimir libremente todo el dinero que haga falta hasta llegar al pleno empleo”. Estamos en el keynesianismo bastardo, y del tipo más vulgar. Por eso, no es casualidad que se diga que “el valor del trabajo” lo puede establecer el Estado; que un ticket de guardarropa es, en esencia, igual al dinero; o que la ganancia y la plusvalía se generan en el mercado, por un simple acto de venta. No hay inocencia en estas afirmaciones. Son los condimentos necesarios para sostener que basta con imprimir dinero para acabar con el desempleo (al pasar, ¿por qué no también para acabar con la pobreza, o con las desigualdades sociales?).

En definitiva, la TMM procura ocultar las verdaderas relaciones sociales existentes –que no pueden no ser de explotación- en las que se basa la civilización actual. Su propuesta, además de ser mistificadora (“vende humo” en el lenguaje popular argentino), es profundamente conservadora.

Bibliografía citada:

Aglietta, M. y A. Orléan (1990): La violencia de la moneda, México, Siglo XXI.
Amin, S. (1986): El desarrollo desigual, Barcelona, Planeta –Agostini.
Dwyer, G. P. y J. R. Lothian (2003): “International Money and Common Currencies in Historical Perspective”, Federal Reserve Bank of Atlanta Working Paper 2002-7.
Godelier, M. (1971): Teoría marxista de las sociedades precapitalistas, Barcelona, Estela.
Graeber, D. (2012); En Deuda. Una historia alternativa de la economía, Barcelona, Ariel.
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Knapp, G.F. (1924): The State Theory of Money, Londres, Macmillan.
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
Marx, K. (1980): Contribución  a la crítica de la Economía Política, México, Siglo XXI.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Marx, K. y F. Engels (1985): La ideología alemana, Buenos Aires, Pueblos Unidos.
Smith, A. (1987): Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México, FCE.
Tcherneva, P. (2005): “The Nature, Origins and Role of Money: Broad and Specific Propositions and their Implications for Policy”, Working Paper Nº 46, Center for Full Employment and Price Stability, Kansas City.
Tymoigne, E. y L. R. Wray (2013): “Modern Monetary Theory 101: A Reply to Critics”, Working Paper 778, Levy Economics Institute of Bard College.
Vilar, P. (1982): Oro y moneda en la historia (1450-1920), Barcelona, Ariel.
Wray, L. R. (2003): “L’approche post-keynésienne de la monnaie”, Théories Monétaires Post Keynésiennes, Economica, Paris.

Descargar el documento: varios formatos siguiendo el link, opción Archivo/Descargar Como: Debate sobre la TMM: respuesta a Eduardo Garzón

Written by rolandoastarita

19/08/2018 a 14:53

Publicado en Economía

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10 comentarios

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  1. Demoledor. El tal Garzón es uno de los exponentes más vulgares del progre izquierdismo ibérico en el ámbito económico. Supongo que no contesta a los argumentos sobre Argentina para ocultar su pasado apoyo a los K y sus políticas económicas, que lo dejarían aún peor parado. En cualquier caso, el personaje revela toda su ignorancia y provincianismo cuando evidencia desconocer el papel del dolar en economías fuera del euro. Paradójico cuanto menos cuando insisten tanto en recuperar la soberanía monetaria y volver a los gloriosos tiempos de la peseta (?).

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    • Yo les llamo “los nostalgicos de la peseta”. Y, en parte, les comprendo: yo tambien echo de menos las monedas de 5 duros, que bien se jugaba a la peonza con esas monedas ;

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      Cultura Socialista

      20/08/2018 at 19:39

  2. Por si alguien que haya seguido el debate quiere saber más sobre Eduardo Garzón en la contestación al segundo comentarista se hace un retrato él solito https://argumentoseconomicos.com/2014/04/04/la-productividad-media-y-la-productividad-marginal/

    Por otra parte profesor hay una cosa que no comprendo y que creo, por lo visto en los comentarios, que trae problemas a más de uno. Desde D-M-M’-D’ , en el ejemplo del desempleado, si a este le damos dinero estatal, que sería más potente que el bancario como ha quedado demostrado, a mí me invita a pensar que el capitalista tiene incentivos para seguir el proceso de acumulación ya que el desempleado entra en M’ haciendo que la realización de la plusvalía que se produce en el paso de M a M’ tenga lugar en la venda y por tanto haciendo que el circuito del capital se produjese en su totalidad con la acumulación de capital en D’ y así entiendo que no todo tiene que ir a la compra de bienes de consumo sino que una parte se dedicaría a la reposición o mantenimiento de medios de producción, vamos, que se haría el circuito normal y como algo normal no habría más que hablar, ojo, como yo lo creo entender o más bien no entender.

    Por otra, y sigo con lo mismo porque es en la parte que no comprendo, en su ejemplo expuesto en este párrafo de la 4ª parte “Para ver por qué, supongamos que el valor agregado por el conjunto de la producción capitalista, en un período de tiempo determinado, sea $100 millones, de los cuales $60 millones son para el pago de salarios y $40 millones plusvalía. Supongamos ahora que el gobierno otorga subsidios por $10 millones, y establece que las empresas deben pagar impuestos por $10 millones. Es el circuito de la TMM. Las personas que recibieron el subsidio entonces adquieren bienes por $10 millones. Obsérvese que con eso no se altera el valor agregado, que sigue siendo $100 millones. La diferencia ahora es que una parte de ese valor agregado va a los que recibieron el subsidio. A las empresas les ingresan $100 millones; pero de los $40 millones que conforman la plusvalía ahora $10 millones son impuestos que refluyen al gobierno.” En este párrafo lo que no entiendo es porqué el gobierno tiene que recaudar 10 millones y no 5, explico de dónde vienen mis dudas. En primer lugar en el propio origen de la institución Estado a favor de la burguesía, por tanto, bajo mi punto de vista si recauda por ejemplo 5 facilita la acumulación que en una crisis no se estaría produciendo, y le da dinero estatal que recauda de las rentas del trabajo al capital, redistribución hacia arriba, algo que llevan haciendo los neoliberales por ejemplo en esta crisis, y esto sería el mismo argumento por el que bajo mi punto de vista no se produciría inflación ya que la masa monetaria no sería desorbitada ya que en períodos de crisis el Estado podría regular los estímulos tanto por inversión como por retirada mediante impuestos.

    Todo lo dicho sería sería desde un punto de vista del capitalismo, lo sé, pero lo que me gustaría es saber cuales son los errores de mi argumentación si fuera posible. Espero haber quedado claras mis dudas

    Gracias de antemano.

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    vacioynausea

    20/08/2018 at 14:10

    • Perdón, me he equivocado en el enlace que puse al principio, quería poner este http://eduardogarzon.net/la-izquierda-necesita-aprender-de-la-teoria-monetaria-moderna/

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      vacioynausea

      20/08/2018 at 15:05

    • Una cosa que asombra es el auto-convencimiento de Eduardo Garzón (pero también de otros exponentes de la TMM) de que la solución a los problemas económicos de la humanidad están al alcance de la mano. Y que lo están desde 1971, o sea, desde hace exactamente 47 años. Nadie se había dado cuenta, además, de que el asunto era tan sencillo: basta imprimir dinero. Pero ahora llegó la receta, elaborada en las altas esferas del mundo académico poskeynesiano. Y nos la envían como si fuera una revelación.

      De manera que, según esta gente, a partir de que el gobierno de EEUU eliminó la convertibilidad oficial del dólar al oro (a 35 dólares la onza), se habría abierto la posibilidad de acceder al paraíso del pleno empleo, mediante el simple trámite de imprimir dinero. Un acto administrativo (y Knapp dijo que el sistema monetario es una cuestión administrativa), la supresión de la convertibilidad, habría operado el milagro. ¿Cambios sociales profundos? Pavadas de las mentes atrasadas. En el luminoso mundo post Bretton Woods la receta está al alcance de la mano.

      Lo interesante es que en Argentina el gobierno K intentó sostener la demanda imprimiendo más y más dinero, en especial a partir de la caída de los precios de las materias primas. Lo cual no impidió que la economía se estancara en los cuatro últimos años del gobierno K; que subiera el déficit de cuenta corriente; que aumentara la inflación; y que el desempleo se mantuviera en el orden del 30%. O sea, la receta sencillamente no funcionó (y Argentina fue uno de los casos de estudio para la TMM). ¿Por qué no hacen un balance?

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      rolandoastarita

      20/08/2018 at 16:22

    • No entiendo lo que trata de decir. Específicamente, no entiendo este pasaje:

      “Desde D-M-M’-D’ , en el ejemplo del desempleado, si a este le damos dinero estatal, que sería más potente que el bancario como ha quedado demostrado, a mí me invita a pensar que el capitalista tiene incentivos para seguir el proceso de acumulación ya que el desempleado entra en M’ haciendo que la realización de la plusvalía que se produce en el paso de M a M’ tenga lugar en la venda y por tanto haciendo que el circuito del capital se produjese en su totalidad con la acumulación de capital en D’ y así entiendo que no todo tiene que ir a la compra de bienes de consumo sino que una parte se dedicaría a la reposición o mantenimiento de medios de producción”.

      Si analizamos el proceso de conjunto con los esquemas de reproducción de Marx, el valor agregado se divide en la parte que repone el capital variable y la plusvalía. Los asalariados realizan la parte del valor correspondiente al CV. El resto del valor agregado debe realizarse por medio del gasto mutuo entre capitalistas. Si estos pagan impuestos, y el Estado gasta esos impuestos en demanda, una parte de la plusvalía se realiza por esa vía indirecta.

      Por otra parte, es la TMM la que plantea, cuando explica el circuito Estado – Otros – Estado que el Estado retira, con impuestos, el dinero que inyectó al inicio del circuito.

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      rolandoastarita

      20/08/2018 at 15:33

  3. Es interesante en ese sentido un artículo de Michael Roberts, llamado “Las políticas “keynesianas” de China”, en donde refuta la tesis del economista keynesiano Simon Wren-Lewis, según el cual China contrarrestó el ciclo económico global en 2009 mediante la expansión del gasto público y del déficit de presupuesto.
    La clave, una vez más, fue la inversión y no la expansión monetaria. Aquí el enlace:
    https://thenextrecession.wordpress.com/2018/08/06/chinas-keynesian-policies/
    Saludos.

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    Luisgac

    20/08/2018 at 20:35

    • Sí, la postura de Roberts es que el sistema predominante en China es el “estatismo” con mercado y no el capitalismo por ahora, aunque cree que la dirección tomada es hacia el capitalismo.

      También considera efectivamente que la gran expansión de la inversión a partir de 2008 para contrarrestar el impacto de la crisis financiera no fue un gasto público a través del endeudamiento, sino un programa de inversiones de las corporaciones estatales planificado y financiado por los bancos públicos dirigidos por el estado, es decir, lo que Keynes llamó una ‘inversión socializada’.

      http://www.sinpermiso.info/textos/xi-toma-el-control-total-del-futuro-de-china

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      David Martín

      21/08/2018 at 11:47

    • Exacto. De todos modos, la idea de enlazar este análisis (de RA) con el artículo de Roberts, no era para plantear la discusión en torno al modo de producción predominante en China, sino en función de que es importante determinar de qué tipo de gasto público estamos hablando en cada caso. No es lo mismo un programa de inversiones públicas en el sector productivo, con expansión de trabajo productivo, que subsidios por desempleo, o subsidios al consumo de las capas medias no acompañadas de inversión.
      Saludos.

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      Luisgac

      21/08/2018 at 14:44

  4. El que Eduardo Garzon se equivoque al considerar como ciertas las afirmaciones que hacen los padres de la TMM no significa que Karl Marx no estuviera completamente equivocado de que lo que le da valor al dinero es el trabajo social necesario para producirlo. En el caso del “patrón oro”, el trabajo social necesario para producir el “oro”.

    Entender que es el dinero es fundamental en cualquier teoría económica, y ni la teoría Marxista ni la TMM saben lo que es el dinero. No se puede entender que es la inversión ni de que depende sino se entiende lo que es el dinero.

    RESUMIENDO: …”sin una teoría de lo que es el dinero no puede entenderse lo que es el capitalismo. Como ni los marxistas ni los de la TMM saben que es el dinero … pues ninguno de los dos entienden ni pueden entender lo que es el capitalismo”

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    rojaspedro1959

    24/08/2018 at 12:11


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