Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

Austriacos, sobre dinero y valor subjetivo

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Al finalizar la nota anterior de crítica a la teoría austriaca (aquí) adelantamos que el mayor y más evidente fracaso de la teoría subjetiva del valor reside en su incapacidad de fundamentar el valor del dinero.  Dedicamos esta entrada a este tema. A fin de que se tenga una idea de conjunto, no he dividido la nota en partes, a pesar de su extensión.

El valor de cambio del dinero, según Mises

Hasta el día de hoy Theory of Money and Credit, de von Mises, publicado por primera vez en 1912, es la referencia obligada de la teoría monetaria austriaca.

En este libro Mises plantea que “el elemento central en el problema económico del dinero es el valor de cambio objetivo del dinero, popularmente llamado su poder de compra” (p. 97). Tengamos presente que, según la teoría subjetiva, la base de la evaluación económica del dinero, igual que otros bienes”, son las estimaciones subjetivas de los individuos” (ibid.). Sin embargo, “mientras la utilidad de otros bienes depende de ciertos hechos externos (el valor de uso objetivo de la mercancía) y de ciertos hechos internos (la jerarquía de las necesidades humanas)… el poder subjetivo del dinero está condicionado por su valor de cambio objetivo, esto es, por una característica que cae dentro del ámbito de la economía” (ibid.).  Es que en el caso del dinero, su valor de uso subjetivo deriva del valor de cambio objetivo, “dado que no tiene otra utilidad que la que surge de la posibilidad de obtener otros bienes económicos a cambio de él” (ibid.). Más adelante precisa: “para que el dinero tenga valor de uso es esencial la existencia del valor de cambio” (p. 98).

Pero si esto es así, el fundamento del “valor de cambio objetivo del dinero” no puede ser el mismo que el del resto de las mercancías. Es que mientras el valor de cambio de las mercancías, según la doctrina austriaca, se basa en la utilidad (más precisamente, en el ordenamiento de las utilidades en el margen), con el dinero hay que razonar al revés: su valor de cambio objetivo es el fundamento de su utilidad para los individuos. Y esta utilidad es ser medio de cambio (función principal del dinero, siempre según Mises). Por eso “[l]a teoría del dinero debe tomar en cuenta la diferencia fundamental de los principios que gobiernan el valor del dinero y aquellos que gobiernan el valor de las mercancías” (p. 102; énfasis agregado).

Obsérvese, además, que la dificultad no puede ser superada midiendo el valor subjetivo del dinero por la utilidad marginal de los bienes por los cuales puede ser cambiado, ya que esa valuación “supone que el dinero tiene cierto valor de cambio objetivo” (p.109). Es que dado que no existe una conexión directa entre el dinero como tal y una necesidad humana, los individuos solo pueden obtener una idea de su utilidad, y en consecuencia de su valor, suponiendo un poder de compra definido (véase ibid.). Y de lo que se trata es de explicar el valor del dinero mercancía (como el oro) cuando su uso no se limita a las funciones productivas (joyería, por caso) sino también es utilizado como medio de cambio. Es necesario entonces introducir una fundamentación subjetiva del valor de cambio (o poder de compra) del dinero en este marco dominado por el enfoque subjetivista.

Pues bien, para resolver el problema Mises hace intervenir a la Historia, a través de lo que se conoce como su “teorema regresivo”. Sostiene que existe un valor del oro dado por su utilidad cuando no era dinero, y servía para propósitos “industriales”, tales como fabricación de joyas. Y este antiguo valor ejerce su influencia hasta el presente. Escribe Mises: “Por lo tanto, el pasado valor de cambio objetivo del dinero tiene una cierta significación para su valuación presente y futura” (ibid.).  De manera que “los precios monetarios de hoy están vinculados con los de ayer y con los de más atrás en el tiempo, y con los de mañana y más adelante en el tiempo” (ibid). Una regresión hacia el pasado que lleva a afirmar que existe una primera determinación del valor del dinero asociada con su utilidad “industrial” (véase ibid.). Aunque una vez que se ha establecido como dinero, su valor también depende de su uso como dinero:

“El valor más temprano del dinero se vincula con el valor mercancía del material monetario. Pero el valor del dinero desde entonces ha sido influenciado no solamente por los factores que dependen de sus usos ‘industriales’, que determinan el valor del material del cual está hecho el dinero mercancía, sino también por aquellos que resultan de su uso como dinero” (p. 110). También: “La valuación del dinero por el mercado solo puede empezar a partir del valor en el pasado, y esta relación influencia el nuevo nivel del valor de cambio objetivo del dinero. El valor históricamente transmitido es transformado por el mercado sin consideración a lo que se ha convertido su contenido histórico. Pero no es meramente el punto de partida del valor de cambio objetivo en el presente; es un elemento indispensable en su determinación” (p. 114). A pesar de la importancia que otorga a este pasado, Mises no explica cómo se determina la parte del valor del dinero que deriva de su función industrial (ni en qué medida la lejanía en el tiempo influye en el valor presente), y cómo se determina la parte del valor del dinero que deriva de su función dineraria.

En La acción humana

En La acción humana, publicado 40 años después que Theory of Money and Credit, Mises repite las ideas centrales de su “teorema regresivo”. Se pregunta qué determina el poder adquisitivo que el dinero tendrá en un futuro inmediato y responde que depende del poder adquisitivo que tuvo en  el pasado inmediato (véase p. 612). Y de ahí pasa al poder adquisitivo de anteayer, y así sigue hasta el momento en que el oro (u otro bien) comenzó a ser utilizado como medio de cambio. Es el punto “en el que el razonamiento queda completo y resueltas todas las incógnitas”, ya que el poder adquisitivo del oro “es exclusivamente función de aquella demanda no monetaria, industrial…” (ibid.).

Sin embargo, Mises reconoce que en el presente el valor de cambio del dinero depende “tanto de los servicios monetarios como industriales que puede prestar”. Por eso aclara que su teorema “no implica basar el valor de cambio específicamente monetario del medio de que se trate en el valor de cambio del mismo de índole industrial” (p. 613). Pero si esto es así, de nuevo queda sin explicar de qué depende el poder adquisitivo del dinero que no se explica por su función industrial. En este punto Mises termina diciendo que el poder adquisitivo del dinero, como el de cualquier otra mercancía, depende de la oferta y la demanda. Sin embargo, en la teoría austriaca la oferta no es más que la inversa de la demanda (alguien ofrece un bien o un servicio porque demanda otro bien o servicio); demanda que está determinada por las ordenaciones de utilidad. Con lo cual, decir que el valor del dinero está determinado por la oferta y la demanda implica volver al punto de partida del problema planteado: para explicar la utilidad del dinero es necesario suponer su valor de cambio, o poder de compra.

 El valor del dinero según Rothbard

Rothbard (2009) sostiene, igual que Mises, que el dinero debe obedecer, como cualquier otra mercancía, la ley de la utilidad marginal. Esto es, a medida que aumenta el stock de dinero, declina su utilidad marginal, y viceversa (véase p. 263).

Sin embargo, continúa Rothbard, en una economía monetaria la demanda de un bien depende de las funciones de demanda individuales. Estas, por su parte, están determinadas por los rankings individuales de valor de las unidades del bien y de las unidades de dinero, según sus usos alternativos. Estos son: a) usos no monetarios (por ejemplo, el oro como ornamento); b) gastos en bienes de consumo; c) inversión en los factores de producción; d) agregados al balance cash (por motivo de incertidumbre). Sin embargo, la demanda del bien, o la demanda del dinero para alguno de estos usos, dependen de los precios dados del resto de los bienes. La pregunta entonces es “¿cómo pueden las escalas de valor y las utilidades ser usadas para explicar la formación de los precios monetarios, cuando esas mismas escalas de valor y utilidades dependen de la existencia de los precios monetarios?” (p. 268).

Para ver el problema con un ejemplo, de Rothbard, supongamos que alguien debe decidir si vende un stock de un bien de consumo a un precio dado, ofrecido. Lógicamente, esta decisión está condicionada por el uso que el dinero tendrá para el vendedor. Sin embargo, la utilidad marginal de adicionar dinero al stock del vendedor está basada en el poder de compra del dinero, ya existente, sobre bienes de consumo y factores de producción. De manera que “[l]a utilidad marginal del vendedor también depende de la existencia previa de precios monetarios de los varios bienes de la economía” (pp. 268-269). Dicho en otros términos, para que el individuo pueda ubicar al dinero y los bienes en su escala de valores, el dinero debe representar una utilidad marginal para cada persona; y esta utilidad marginal está basada en que hay precios monetarios preexistentes a los bienes (véase p. 269). En esencia, se trata del problema planteado por Mises: para hablar de utilidad del dinero hay que admitir que el dinero tiene poder de compra, o valor. Lo cual significa que los precios de los bienes deben existir a fin de que el dinero posea utilidad marginal para el individuo (véase p. 277, nota).

Llegado a este punto, y con el fin de escapar de la circularidad, Rothbard recurre a la teoría de la regresión del dinero de Mises. Para esto, define “un día” como el período de tiempo suficiente para determinar los precios de mercado de cada bien de la sociedad. Al finalizar un día X el precio monetario de bien está determinado por la utilidad marginal del dinero y la utilidad marginal del bien que existían al comienzo del día X. Sin embargo, la utilidad marginal del dinero está basada, como se vio más arriba, en la existencia previa de precios monetarios. En consecuencia, el precio de un bien en el día X está determinado por la utilidad marginal del bien ese día X, y la utilidad marginal del dinero en X, que a su vez depende de los precios de los bienes en X – 1 (véase p. 270). Por lo tanto, en cada precio monetario en un día cualquiera está contenido un componente tiempo, a saber, los precios de ayer, X – 1 (véase p. 271). Y los precios de X -1 están parcialmente determinados por los de X – 2, y los de X – 2 por los de X – 3, y así sucesivamente. Para evitar la completa indeterminación del precio, Rothbard, siguiendo a Mises, detiene esta regresión en el tiempo histórico en que había trueque y el precio del oro estaba determinado solo por su utilidad marginal en el consumo directo. Esto es, cuando no tenía un componente temporal (según Rothbard, en el trueque caballo – pescados no hay componente temporal). La regresión se detiene entonces en el último día de trueque, antes de que el oro (u otro bien) empezara a utilizarse como medio de cambio (véase p. 273).

Problemas del planteo

Es asombroso que, según Mises o Rothbard, el valor del dinero mercancía (oro) en el siglo XX no estuviera vinculado, de alguna manera, a los costos de producción de oro, pero sí a la utilidad que le podían haber dado los individuos en tiempos anteriores a la aparición del dinero. Esto es, utilidades correspondientes a miles de años atrás. Pero… ¿qué relación podía tener el valor del dólar estadounidense en 1950, o en 1980, por ejemplo, con el valor de uso del oro en China, en Asiria o en Egipto, en un supuesto tiempo anterior a la aparición del dinero? El simple planteamiento de la cuestión nos hace ver lo absurdo de la explicación austriaca. ¿Cómo se puede afirmar que supuestas valoraciones subjetivas realizadas en tiempos prehistóricos constituyan “el elemento indispensable” (Mises) para determinar el valor de dinero-mercancía oro, 40 o 50 siglos más tarde, y en lugares geográficamente muy alejados?

Pero además, las explicaciones de los austriacos sobre el origen del valor del dinero introducen una dicotomía teórica imposible de remontar. Es que por un lado afirman que los precios de las mercancías solo están fundados en las apreciaciones subjetivas, en las escalas de valoración de las utilidades marginales. Aquí, los valores del pasado cercano o lejano no juegan rol alguno, solo incide el presente. Después de todo, y siempre según el enfoque subjetivista, un paraguas hoy, que llueve, es un bien completamente distinto al paraguas de ayer, que no llovía. En esta ordenación de utilidad la historia no cuenta. Sin embargo, cuando se trata de explicar el poder de compra de hoy del dinero, no solo es clave su valor ayer, sino el de anteayer, y así hasta la prehistoria. ¿Cómo se puede decir entonces que la teoría del valor utilidad es general?

Lógicamente, este dualismo afecta la explicación austriaca de los precios. Para ver por qué, recordemos que, como afirma Mises, “[t]oda la estructura de cálculos del empresario y el consumidor descansa en el proceso de evaluar las mercancías en dinero” (1953, pp. 48-49). Supongamos entonces que una pieza de oro (dinero mercancía) se intercambia con las mercancías X, Y y Z en las proporciones 2X; 1Y; 4Z. Cada una de estas relaciones se establece teniendo en cuenta que la pieza de oro tiene un valor fundado, al menos en parte, en su historia milenaria como valor de uso. Lo cual significa que su valor de cambio (o poder de compra) se ha independizado, al menos en alguna proporción significativa, de las valoraciones subjetivas de los individuos del presente. Pero si esto es así, los valores de cambio relativos entre X, Y y Z (por ejemplo, 1X = 2Z) están mediados –en un grado imposible cuantificar- por la valoración “histórica” del oro.

Lo anterior, por otra parte, introduce un sesgo “objetivo” en el valor del dinero. Es que si el poder de compra se instala ante los individuos como un dato, con raíces en un pasado sobre el cual no tienen poder para alterarlo, (y menos aún para determinarlo) ese poder de compra se transforma en un hecho social y objetivo, ante el cual las valoraciones subjetivas necesariamente pasan a un segundo plano. Como reconoce Rothbard, “el valor de uso directo de la mercancía dinero es eclipsado por su valor de cambio” (2009, p. 261). Pero si este valor de cambio, insistimos, preexiste a la entrada de los individuos en el mercado, el mismo es socialmente objetivo. En otros términos, el poder de compra del dinero es, al menos en una proporción no determinada por los austriacos, independiente de las valoraciones subjetivas de los individuos del presente. Pero entonces es imposible sostener que las relaciones de cambio entre las mercancías se establecen exclusivamente según las escalas de preferencias subjetivas.

Un pasado mítico, ¿otra “construcción imaginaria”?

Como hemos visto, los austriacos detienen la regresión histórica en el momento en el que había trueque, y no dinero. La idea que subyace aquí es que primero debió existir el trueque, y luego vino el dinero, para ahorrar “costos de transacción” (como se dice habitualmente, el trueque exige la “doble coincidencia”: A fabricó camisa y necesita cepillo de dientes, de manera que debe encontrar un B que haya producido cepillo de dientes y necesite camisa). Ese eventual pasaje desde el intercambio basado en el trueque al intercambio mediado por el dinero es presentado por Mises como una construcción imaginaria que, necesariamente (o sea, con la fuerza de las verdades apodícticas), debió ser de esa manera (sobre el método austriaco de la “construcción imaginaria”, véase aquí).

Sin embargo, desde el punto de vista teórico el trueque generalizado –en mercados descentralizados- es imposible. Incluso se ha dado una prueba lógica muy sencilla (véase Benassy, 1976). Supongamos cuatro productores, A, B, C y D, que fabrican, respectivamente, los bienes 1, 2, 3 y 4. Estos bienes se intercambian en relación 1 : 1. Supongamos que A desea  comprar 2, B desea 3, C desea 4 y D desea 1. A fin de adquirir el bien 2, A ofrece 1 y demanda 3; B ofrece 2 y demanda 4; C ofrece 3 demanda 1, y D ofrece 4 y demanda 2. El problema es que realizada esta primera ronda de intercambios, es imposible avanzar. Se impone la existencia del dinero para que se produzcan los intercambios.

Por eso también Marx, en El Capital,  sostiene que nunca se efectúa un tráfico en el que los poseedores de mercancías intercambien sus artículos por otros,  y los comparen, “sin que las diversas mercancías de los diversos poseedores de estas se intercambien dentro de ese tráfico con una tercera mercancía, siempre la misma, y se comparen con ella en cuanto valores” (p. 108, t. 1). Esta tercera mercancía, sigue Marx, adopta la forma del equivalente general o social, “aunque dentro de límites estrechos” (ibid.). Pero a medida que se desarrolla el intercambio clases particulares de mercancías pasan a ser equivalente. Lo importante es que se trata de una forma de dinero que precede a la moneda: “La forma de dinero se adhiere o a los artículos de cambio más importantes provenientes del exterior… o al objeto para el uso que constituye el elemento principal de la propiedad local enajenable, como por ejemplo el ganado” (ibid.).

En este sentido Shaikh (2016), basándose en estudios de antropólogos, plantea que el dinero mercancía surge mucho antes que el dinero metálico; que el dinero acuñado de forma privada viene después de eso; y que las monedas estatales vienen incluso más tarde (véase p. 681; señalemos también que Shaikh desarrolla una crítica convincente de la concepción cartalista del origen del dinero). Por ejemplo, la domesticación del ganado, por caso, es de unos 9000 a 6000 años a.C, y el ganado fue una de las primeras formas de dinero en muchas sociedades. Bienes “intercambiables” –las clases particulares de mercancías a las que se adhiere la forma dinero- fueron, además del ganado, el oro, plata, plomo, bronce, cobre, miel, sésamo, aceite, lana, sal, tabaco, rollos de papiro, entre otros.

Lo importante es que apenas el intercambio empieza a generalizarse surgen formas dinerarias. Lo cual concuerda con la idea de que la sociedad de trueque más o menos generalizado es un mito, no existió. En este respecto Graeber (2012; véase cap. 2) sostiene que hasta el día de hoy nadie ha sido capaz de señalar una parte del mundo en que el modo habitual de transacción entre vecinos haya sido “te doy 20 gallinas por esa vaca”. Cita los trabajos antropológicos de Caroline Humphrey, de Cambridge, quien afirma que nunca se ha descrito un solo ejemplo de economía de trueque; toda la etnografía existente demuestra que no existe tal cosa.

Aunque esto, sigue Graeber, no significa que el trueque no haya existido. Solo que no se practicó entre miembros de la misma aldea, como imaginó Adam Smith (o como lo imaginaron Menger o Mises). El trueque sí se dio –y en algunas partes subsistiría- entre pueblos diferentes (y muchas veces con arreglos institucionales que acompañaban al intercambio). Marx señala esta forma de intercambio como contingente  (es una contingencia que los bienes se intercambien según los tiempos de trabajo invertido). Escribe: “El intercambio de mercancías comienza donde terminan las entidades comunitarias, en sus puntos de contacto con otras entidades comunitarias o con miembros de estas” (1999, p. 107, t. 1). Aunque una vez que las cosas devienen mercancías en la vida exterior, “también se vuelven tales, por reacción, en la vida interna de las comunidades. La proporción cuantitativa del intercambio es, en un principio, completamente fortuita” (ibid.).  Pero cuando el intercambio se repite, se hace constante, crece, a la par, la forma dineraria.

De manera que es imposible sostener la “construcción (histórica o prehistórica) imaginaria” de los autores austriacos, acerca del “valor utilidad” del oro (o cualquier otro dinero mercancía) que habría existido en algo así como el último día del trueque, antes de la aparición de la primera forma de dinero. En definitiva, además de la insostenible dicotomía teórica introducida en la fundamentación del valor del dinero, la explicación austriaca se quiebra también, e irremediablemente, en su rebuscado teorema de regresión a un mítico tiempo de trueque generalizado que nunca existió.

Textos citados:
Benassy, J. P. (1976): “Théorie du déséquilibre et fondament microéconomique », Revue Économique, vol. 24, pp. 755-804.
Graeber, D. (2012); En Deuda. Una historia alternativa de la economía, Barcelona, Ariel.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Mises, L. von, (1953): The Theory of Money and Credit, Yale University Press.
Mises, L. von, (1986): La acción humana. Tratado de Economía, Madrid, Unión Editorial.
Rothbard, M. N. (2009): Man, Economy and State. A Treatise on Economic Principles, Ludwig von Mises Institute.
Shaikh, A. (2016): Capitalism, Competition, Conflict, Crises, Oxford University Press.

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Austriacos, sobre dinero y valor subjetivo

Written by rolandoastarita

01/07/2018 a 18:07

Publicado en Economía

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4 comentarios

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  1. Astarita
    Agradezco los textos sobre la escuela austríaca, era un tema que conocía poco, yo no tengo formación económica , de ahí mis grandes lagunas al respecto.
    Ayer venció finalmente Andrés Manuel López Obrador en México, qué le parece.
    Saludos

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    Ramón

    02/07/2018 at 12:50

    • Sobre los austriacos, dos cuestiones. La primera es que están en ascenso. Aquí en Argentina varios medios les están dando mucha participación. En especial a uno llamado Milei. Me dicen que en España también están en ascenso. La otra cuestión es que el fundamento teórico es el mismo que el de la economía neoclásica que se enseña en las carreras de Economics. En particular, la idea de que el valor se explica por la utilidad.

      Sobre la llegada de AMLO a la presidencia en México, y a la vista de su pasado y de lo que dice, no encuentro ninguna razón para tener algún grado de optimismo sobre que este personaje pueda mejorar en algo la situación de la clase obrera y las masas empobrecidas.

      Me gusta

      rolandoastarita

      03/07/2018 at 09:28

    • Astarita
      Una pregunta más bien como alumno (y de los retrasados), ¿qué relación hay entre la escuela de los austríacos y Samuelson?. Insisto en que pregunto algo que usted quizás diga ¿de dónde ha salido este tonto?, pero le pregunto porque el famoso libro Curso de Economía Moderna de este autor (publicado por primera vez en 1945), considerado el texto de Economía para estudiantes universitarios más vendido de la historia, lo tengo y lo he leído de manera salteada (sin seguir orden de capítulos me refiero) de tal forma qué ¿puedo considerar que he leído algo relacionado con el tema que tratan los austríacos?. Y por último, ayer siguiendo su bibliografía al final del texto pude bajar en la biblioteca gratuita scribd.com el libro de David Graeber “En Deuda. Una historia alternativa de la economía” (del mismo preguntarle: qué escuela económica representa, vale la pena leerlo). Gracias por tantas preguntas.
      Y ahora sobre AMLO: comparto lo que dice, pero ¿no cree que para el pueblo mexicano era una opción mejor que Meade o Anaya?. Ahora he leído que tendrá mayoría en casi todas partes, me imagino que pueda aprovecharla, y también ya leo (bueno ya se leían) críticos desde la izquierda que no le van a perdonar si sólo se queda en la idea de adecentar algo que es un imposible: el capitalismo.Obrador no es ni un antiliberal, ni un revolucionario, no creo que sea mala gente, pero con solo buenas personas (y sobre todo con personas que creen que pueden contentar a todo el mundo) no resolvemos los problemas acumulados en México y el mundo.
      Saludos

      Me gusta

      Ramón

      03/07/2018 at 11:27

  2. […] Observemos, en primer lugar, que a pesar de su importancia, el mainstreamacadémico prácticamente no se plantea el tema. Y todo indica que la razón última de ese silencio es una grave falencia teórica. Es que, como señaló James Tobin “el fiat money no figura en las funciones de producción ni de utilidad, de manera que la razón de por qué tiene algún valor particular, o simplemente algún valor, es uno de esos rompecabezas que los economistas se plantean a sí mismos” (1998, p. 14). De ahí que la moneda sea insertada, sin concepto, en el edificio neoclásico. En cuanto a los austriacos, también enfrentan dificultades (pienso que irremontables) para fundar el valor del dinero en la teoría subjetiva (ver aquí). […]

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