Dos anuncios-invitación
No intervengo con frecuencia en charlas o mesas, en buena medida debido a la carga de clases. De todas formas la próxima semana se da la circuntancia de que estaré en dos eventos. Tal vez alguien pueda estar interesado en concurrir a alguno de ellos.
En primer lugar, fui invitado por el Centro de Estudios de la Situación y Perspectivas de la Argentina (CESPA) a dar la Segunda Conferencia Anual Jorge Schvarzer.
El título de mi conferencia es «Tipo de cambio alto, ¿estrategia de desarrollo?». La presentación estará a cargo del director del CESPA, profesor Alberto Müller, y como moderadora estará Teresita Gómez. Será el miércoles 6 de octubre, a las 19 horas, en el Salón de Usos Múltiples, 1º piso, Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.
En segundo término, el jueves 7, a las 17 hs, presento una ponencia en las Jornadas de Epistemología de la Economía, en la mesa «Investigaciones en curso. Contribuciones críticas a la Epistemología de la Economía», que estará moderada por Mercedes D’Alessandro, Mariano Treacy y Alex Kodric. Mi ponencia tiene por título «El realismo epistemológico de Hegel y la interpretación de Kenneth Westphal». También se realiza en la Facultad de Ciencias Económicas, UBA, en el aula de posgrado.
Oro, teoría cuantitativa y Marx
Esta nota complementa y amplía otra que escribí acerca del rol del oro. The Wall Street Journal Americas (La Nación 29/9/10) publica un artículo que lleva por título “El oro bate un nuevo récord; más de US$ 1300 la onza”. Refiriéndose al nuevo alza del 4,7% en lo que va de septiembre, dice:
“El alza fue impulsada por la demanda de inversionistas preocupados por el valor de las monedas en medio de la agitación económica global”.
“La reciente racha compradora se inició la semana pasada, después de que la Reserva Federal anunciara que estudia la compra de más bonos del Tesoro para estimular la alicaída economía estadounidense, una medida que podría debilitar el dólar al aumentar la circulación de la divisa verde”. (…)
“Por ahora el oro brilla en medio de la incertidumbre que impera sobre la capacidad de los bancos centrales para reanimar la economía mundial. En Estados Unidos, el temor es que si la Fed inyecta más dinero al sistema, seguramente reducirá el valor del dólar, lo que a su vez, podría generar presiones inflacionarias. La caída del dólar y un alza de la inflación podrían impulsar la demanda de oro”.
Hacia el final advierte que podría producirse, de todas maneras, un cambio de la actitud de los inversionistas, que llevaría a una corrección significativa de los precios.
Este artículo vuelve a confirmar que el oro sigue siendo un activo monetario, y que el valor del billete se establece en su relación con el oro (y no con la “masa” de mercancías, como pretende la teoría cuantitativa). Esto sucede aun cuando existe el billete del curso forzoso, como advertía Marx al referirse al caso de Prusia:
“… la convertibilidad del billetes, es decir, la posibilidad de cambiarlo por oro o plata sigue siendo la ley económica, diga lo que dijere la ley jurídica” (Marx, 1980, p. 69).
Fuga de capitales y acumulación en tiempos K

En su estudio, publicado en mayo de 2007, sobre la evolución de la fuga de capitales en Argentina, los investigadores de CEFIDAR, Jorge Gaggero, Claudio Casparrino y Emiliano Libman comenzaban diciendo que “el fenómeno denominado fuga de capitales ha estado presente en la historia económica reciente de Argentina, particularmente durante el período que comienza con las reformas económicas encaradas desde 1976 por la última dictadura militar, y parece finalizar con el agotamiento y crisis del denominado modelo de la convertibilidad”. Esto es, el fenómeno habría correspondido al largo período de hegemonía del modelo neoliberal (los años de la dictadura militar, el período de alta inflación de los ochenta y luego el menemismo privatizador), y habría finalizado hacia la caída del gobierno de De la Rúa.
Esta afirmación parece encajar bastante bien con la idea de que a partir de 2002, y más precisamente con la presidencia de los K, se habría pasado a un modelo productivo. Se supone que en un modelo productivo el excedente (esto es, la plusvalía), se reinvierte a fin de ampliar la acumulación del capital. Es que un proceso de desarrollo se caracteriza por lo que Marx llama la reproducción ampliada del capital. Una parte importante de la plusvalía vuelve a entrar en el circuito de producción, para generar más plusvalía, ampliando a su vez la escala de la producción. En este proceso la inversión tiene la primacía; en la medida en que se expande la producción de bienes de producción y bienes de consumo, aumentan el empleo, generándose más plusvalía, que se reinvierte para seguir expandiendo las fuerzas productivas. Naturalmente, para que esto suceda al interior de un país, es necesario que la plusvalía se reinvierta en el mismo.
Razón y «socialismo siglo XXI»
En dos notas de este blog critiqué la tesis que sostiene que Venezuela está embarcada, bajo la conducción del presidente Chávez, en una transformación socialista. En mi crítica presenté cifras tomadas de las estadísticas oficiales, y sostuve que nada autoriza a sostener que se haya producido alguna transformación radical de las relaciones sociales capitalistas. Los datos, sin embargo, pueden no alterar a los defensores del régimen de Chávez. Su principal argumento es que, después de todo, el venezolano es un socialismo sui generis, el “socialismo del siglo XXI”. La idea que subyace es que no existe algún criterio más o menos establecido de lo que debiera considerarse “socialismo”, por fuera de las coordenadas espaciales y temporales particulares. “Hoy”, en el siglo XXI, el socialismo (o la transformación socialista) se define, al menos para América Latina, a partir de lo que está ocurriendo en Venezuela. Los partidos y movimientos socialistas tendrían aquí una fuente de inspiración, política y programática.
Lógicamente, con el mismo criterio cualquier otra persona, o grupo de personas, podrían dar sus definiciones de qué regímenes, partidos, movimientos, son o fueron “socialistas”. Cualquier intento de discutir alguna de esas clasificaciones tropezaría con una pregunta-refutación que, a primera vista, parece lapidaria. “¿Quién es usted para decidir qué es o no es socialismo? Para mí, socialismo es esto”. Por lo tanto, si un régimen, partido, dirigente político, etc., se declara socialista, no hay discusión posible. Si los Khmers rojos de Camboya, de los setenta, se declararon “socialistas”, pues eran “socialistas”, así asesinaran un millón de personas y generaran una catástrofe social. Si el partido Socialista Democrático de Argentina se declaraba, en 1976, socialista, no había que objetar, aunque apoyara a la dictadura de Videla. Si Dominique Strauss-Kahn, director del FMI y dirigente del PS, se llama así mismo socialista, habrá que admitir que es socialista. Cada cual sería socialista a su manera; una manera establecida desde la auto afirmación en el “aquí y ahora”.
En esta nota presento algunas críticas a esta concepción, desde el punto de vista del método dialéctico, y la epistemología que le está vinculada. Me inspiro en lecturas de Hegel, enriquecidas por varios autores (véase bibliografía), y en Marx.
Engels y el arte de hacer política

La nota sobre la ilusión del doble poder, que publiqué en este blog, se relaciona con una crítica a las tácticas basadas en consignas ultra revolucionarias, aplicadas en cualquier circunstancia. Esa crítica tiene una larga tradición en el marxismo, que lamentablemente es bastante desconocida. Por eso, hace ya años, llamé la atención sobre un texto de Engels, “Los comunistas y Karl Heinzen”, de 1847 (Engels, Escritos de juventud, FCE, 1981), que encara el problema. En esta nota quiero entonces comentar este texto, y mostrar su actualidad. Pienso que la cuestión puede ser entonces de interés para militantes del movimiento sindical o popular. El abordaje de Engels (que compartía Marx) implica una política alternativa a la que es hoy domina en buena parte de la izquierda, especialmente la trotskista. Esa táctica alternativa permitiría acumular fuerzas y organización en una coyuntura como la actual, en que no está planteada la posibilidad de encarar “ofensivas revolucionarias”. Empezamos explicando en qué consistían los planteos de Heinzen.
La política de Heinzen
Karl Heinzen, según el relato de Engels, había sido un funcionario liberal alemán, de bajo rango, que durante muchos años se había entusiasmado con las posibilidades de avances legales en Alemania. Dado que el régimen político no daba espacio a estas ilusiones, finalmente debió huir de Alemania, radicalizando sus posiciones. Como dice Engels, en ese entonces pasó del liberalismo “al radicalismo sediento de sangre”, y comenzó a proclamar la necesidad de una sublevación inmediata. Engels califica esta propaganda como “atolondrada y absurda”, se pregunta si “no daña en el más alto grado a los intereses de la democracia alemana” y si la experiencia no ha demostrado ya “su inutilidad”. En realidad, sigue Engels, Heinzen no ha hecho más que “exhortar y predicar” y agrega:
Monetarismo criollo

En el suplemento de economía de Página 12, del 29 de agosto pasado, viene un interesante reportaje a Gerald Epstein, profesor de la Universidad de Amherst, en Estados Unidos. El reportaje lo realiza Tomás Lukin.
Epstein es un economista crítico de la teoría neoclásica, y enrolado en la corriente poskeynesiana. Los poskeynesianos consideran que el pensamiento fundamental de la Teoría General de Keynes ha sido tergiversado y ocultado por la corriente dominante.
Uno de los aspectos centrales de la crítica a la ortodoxia neoclásica se refiere al monetarismo. La teoría monetarista, o teoría cuantitativa, sostiene que si aumenta la cantidad de dinero, aumenta el nivel de precios. En este respecto Lukin formula una pregunta clave a Epstein; dice Lukin:
“En Argentina existe preocupación entre distintos consultores privados por el incremento en la cantidad de dinero circulando en la economía. Sostienen que de no limitar su evolución el Banco Central estaría generando un desborde monetario y mayor inflación. ¿Existe sustento teórico y empírico que convalide estas advertencias?”Responde Epstein: “La visión monetarista, en la que se sustenta este tipo de afirmaciones, es una visión fracasada. Hoy en día, muy poca gente cree en la inflación monetaria. Esas posiciones están totalmente desacreditadas. La cantidad de dinero es endógena; sigue el nivel de actividad económica. Lamento que tengan tantos monetaristas en Argentina. Su lógica se parece mucho a la de los republicanos en Estados Unidos”.
El rol monetario del oro
En su edición del 24 de julio la revista The Economist trae una interesante nota acerca de la relación entre el oro y el billete, que me da pie para llamar la atención sobre un debate que está planteado desde hace años en teoría monetaria.
The Economist dice que, dado que el precio del oro se establece en los mercados, cuando se explican los cambios en el mercado del metal, la gente piensa en términos de oferta y demanda. “Sin embargo, tal vez, deberían ver los movimientos del precio del oro en términos de la confianza de los inversores en el dólar, y en el papel moneda en general”.
Recuerda luego que desde la crisis del sistema de Bretton Woods, en 1971-3, el oro pasó de US$ 35 la onza, a US$ 850 en 1980. Lo que significa que el dólar perdió, en ese período, el 90% de su valor. A partir del ascenso del monetarismo, el proceso fue inverso, y el oro cayó desde US$ 850 a US$ 235, en 1999. ¿Este cambio se debió a que bajó el costo de producir oro? No, lo que cambió fue el valor del dólar. “Con la confianza de la economía restablecida, el dólar se revaluó en un 236%, a lo largo de dos décadas”. Más tarde, con la crisis de inicios de los 2000 y el credit crunch, los bancos centrales (y en particular la Reserva Federal) inyectaron liquidez en el sistema. Desde 1999 el oro estuvo en ascenso; lo que implicó una devaluación del dólar de aproximadamente el 80% con respecto a la década pasada.
“Lo llamativo acerca de la historia de los últimos 40 años, es que estos tres vaivenes en el valor del dólar (que van de una suba del 236% a una caída del 90%), son muy grandes, de acuerdo a los estándares previos. Pero no se han notado porque el dólar ahora se compara con otras monedas papel –como el euro y el yuan– donde los vaivenes no han sido tan extremos”.
Esta nota de The Economist tiene relación con el largo debate, entre marxistas y también autores heterodoxos, acerca del rol del oro; y más específicamente, acerca de la vigencia de la teoría monetaria de Marx. He tratado esta cuestión en dos trabajos que se pueden encontrar en mi página web (“Concepciones sobre el dinero, el rol del oro y cuestiones monetarias”, y “Dialéctica y dinero en Marx”). Aquí destaco algunos puntos centrales.
La explicación subconsumista de la crisis
Una explicación, bastante popularizada, de la crisis capitalista, sostiene que la misma se produjo por la caída del consumo. La idea es que la ofensiva neoliberal, desatada a comienzos de los años ochenta, provocó la caída de los salarios. Esta baja de los salarios implicó una caída del consumo. El consumo es la principal fuente de demanda de la economía; por lo tanto, en el mediano o largo plazo debía producirse una crisis de sobreproducción. La crisis iniciada en 2007 sería el resultado entonces de las políticas neoliberales.
En términos de las teorías económicas, se trata de una explicación de la crisis por subconsumo; esto es, porque el consumo es insuficiente para sostener la demanda. Históricamente, existieron dos versiones. Una de ellas, propuesta por Malthus, sostuvo que el problema residía en el bajo consumo de los capitalistas; por eso Malthus proponía estimular el consumo de los sectores aristocráticos. La segunda, hace hincapié en los bajos salarios, y fue defendida primero por Sismondi, también a comienzos del siglo XIX.
Es ésta segunda versión de la tesis subconsumista la que tuvo más aceptación en el sindicalismo y la izquierda reformista. Sismondi consideraba que con una distribución desigual del ingreso, las masas empobrecidas solo adquieren los productos esenciales, y no compran muchos productos industriales. Por eso los industriales, que hubieran tenido un buen mercado para sus productos con una distribución equitativa del ingreso, quedan inactivos. Y con el crecimiento de la industria en gran escala, el mercado interno está contrayéndose. Además, el comercio exterior no es solución a la falta de demanda, porque en todas partes la cantidad de bienes en venta es mayor que poder de compra de la gente. En consecuencia, la distribución desigual del ingreso es la principal causa de crisis (véase Bleaney, 1977).
Esta idea luego fue seguida por Kart von Rodebertus, partidario del socialismo estatista. Rodbertus sostenía que con el aumento de la productividad del trabajo, los salarios de las clases trabajadoras llegaban a ser una parte cada vez más pequeña del producto nacional. En consecuencia, el poder de compra de la mayor parte de la sociedad disminuía en proporción al incremento de la productividad; la sociedad producía bienes, que no tenían una contrapartida en el poder de compra, y por lo tanto no tenían valor mercantil (ídem).
En esta nota seguimos examinando la afirmación de que, bajo la conducción del presidente Hugo Chávez, Venezuela está en la senda del socialismo.
Bastante gente de izquierda considera que el régimen de Hugo Chávez está embarcado en una transformación revolucionaria de Venezuela, hacia el “socialismo siglo XXI”. Si bien existen muchas nociones de “socialismo”, existe un acuerdo, más o menos generalizado, en la izquierda, de que un régimen socialista debería apuntar a la superación del subdesarrollo y la dependencia económica del Tercer Mundo. En particular, avanzar en la industrialización y en la superación de las economías rentísticas, promover el desarrollo tecnológico y el fortalecimiento de la fuerza laboral. Pasada más de una década de iniciada, parece apropiado ver en qué situación está la “revolución bolivariana” en lo que respecta al desarrollo de las fuerzas productivas.














