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Militancia probada… y capital

En su edición del 2 de octubre de 2010, la revista The Economist dedica una larga nota, además del editorial, al Brasil que deja Lula, y a la sucesión de Vilma Rousseff. Dejando de lado algunos desacuerdos secundarios, la revista es muy elogiosa para con el líder del Partido de los Trabajadores. “Lula dio a Brasil continuidad y estabilidad”, sostiene. Y sobre Rousseff dice que es “una mujer fuerte y con coraje: siendo una joven militante de izquierda, sobrevivió a la tortura a manos del régimen militar, y atravesó una batalla contra un cáncer linfático el último año”.
Así The Economist afirma lo que muchos intuimos desde hace tiempo, a saber, que el establishment económico valora muy positivamente a los militantes de izquierda cuando éstos pasan a defender el capital y su Estado. Es que los ex militantes de la izquierda por lo general han tenido una visión crítica, que les ha permitido formarse criterios propios. Muchos, además, han pasado por pruebas complicadas, como es el caso de Rousseff, del uruguayo Mujica, y de tantos otros. Un hecho que no es menor cuando hay que evaluar la resistencia frente a las tensiones que derivan de los conflictos entre las clases sociales, o sus fracciones. Además, aun los que tienen una formación superficial en el marxismo, o en alguna teoría crítica, conocen mejor cómo funciona el capitalismo que los egresados de las escuelas del “equilibrio general” y tonterías semejantes. Por último, si un ex militante de izquierda pasa a defender los intereses del capital, parece no haber mejor prueba ante la opinión pública de que no hay alternativas serias al sistema.
«Materialismo y empirocriticismo» comentado por un físico
En su comentario a la nota sobre Althusser y el conocimiento, Daniel me pregunta cuál es mi opinión sobre el libro de Lenin, Materialismo y empirocriticismo. En realidad, lo leí hace muchos años, y mi recuerdo del mismo está bastante borroso. Además, no me siento capacitado para opinar sobre la respuesta que daba allí Lenin a los «constructores de dios». Pero quisiera transcribir lo que comenta el físico Michio Kaku (lo pueden haber visto en TV de Cable) en su libro, de difusión, Hiperespacio (Barcelona, Crítica, 1994; lo leí este último verano). Dice MK:
«Tras el brutal aplastamiento zarista de la revolución de 1905, se desarrolló dentro del partido bolchevique una facción denominada los otzovistas, o «constructores de Dios». Ellos argumentaban que los campesinos estaban listos para el socialismo; para prepararlos, los bolcheviques deberían apelar a ellos a través de la religión y el espiritualismo. Para apoyar sus ideas heréticas, los constructores de Dios citaban la obra del físico y filósofo alemán Ernst Mach, quien había escrito elocuentemente sobre la cuarta dimensión y el descubrimiento reciente de una nueva y misteriosa propiedad de la materia denominada radioactividad. Los constructores de Dios señalaban que el descubrimiento de la radioactividad por el científico francés Henri Becquerel en 1896 y el descubrimiento del radio por Marie Curie en el mismo año habían encendido un furioso debate filosófico en los círculos literarios franceses y alemanes. Parecía que la materia podía desintegrarse lentamente y que podía reaparecer energía (en forma de radiación).
Althusser y el “objeto de conocimiento”
El jueves 7 de octubre pasado tuve una intervención en las Jornadas de Epistemología (Facultad de Ciencias Económicas de la UBA) en la mesa «Investigaciones en curso. Contribuciones críticas a la epistemología de la economía». En los días posteriores la profesora Mercedes D’Alessandro, coordinadora de la mesa, me sugirió que pusiera por escrito mi intervención. La misma trató sobre el externalismo epistemológico de Hegel, y la interpretación de Kenneth Westphal. En lo que sigue, por lo tanto, voy a explicar lo esencial de esa intervención, pero a partir de la crítica de la distinción que hizo Althusser entre el “objeto real” y el “objeto del conocimiento”. Me parece necesario y útil porque advierto que en ámbitos académicos del marxismo argentino con frecuencia se hace referencia a “la construcción del objeto del conocimiento”, un concepto que es preciso examinar. Posiblemente Althusser haya sido el primer marxista que hizo todo un punto de la distinción entre objeto real y objeto del conocimiento. Al menos, no conozco otros marxistas anteriores que hayan desarrollado el punto. En cualquier caso, la influencia de Althusser ha perdurado en la izquierda (a veces de manera tácita) y la tesis de la “construcción del objeto de conocimiento” tiene implicancias para las investigaciones marxistas. Aunque no soy filósofo ni epistemólogo, mi interés por estas cuestiones deriva de problemas que se plantean en los estudios sociales y económicos, y en particular en la teoría de Marx. Debido a mi formación más focalizada en cuestiones referidas a la economía marxista, mi lectura de Hegel ha sido facilitada e influenciada por muchos especialistas, en particular de la tradición inglesa y alemana. Espero que estas notas sirvan como estímulo para profundizar en la crítica de una especie de marxismo que, con lenguaje crítpico, autovalida sus afirmaciones apelando a un infinito «concepto que se engendra a sí mismo», y «olvidando» el «objeto real» que debería intentar explicar.
Estado y medios de comunicación
Una de las ideas centrales con que se sustentó a la Ley de Medios del kirchnerismo fue que los medios de comunicación en manos del Estado son más democráticos y pluralistas que los medios en manos de capitalistas privados. Esto porque, seguía el razonamiento, el Estado es un espacio público. Por eso las voces críticas y de los oprimidos o explotados podrían hacerse oír mejor y más ampliamente a través de los medios de comunicación en manos del Estado, que a través de los medios privados. Militantes del partido Comunista y de la izquierda peronista, en todas sus variantes, defendieron, y siguen haciéndolo, con particular entusiasmo esta tesis.
Sin ser especialista en la cuestión, en algunas discusiones dije que era escéptico acerca de esa idea. Por ejemplo, expliqué que no creía que en los regímenes stalinistas hubiera habido más libertad de prensa y comunicación que en los países capitalistas. Asimismo la experiencia argentina tampoco generaba evidencia sólida a favor de la tesis estatista. Por ejemplo, en 1974 o 1975, cuando todos los canales de televisión estaban en manos del Estado, no pareció haber más libertad informativa que en la actualidad. Y hoy no encuentro más pluralismo ideológico en el canal de televisión estatal que en TN o América. De hecho, escuché con mayor frecuencia a líderes políticos de izquierda en canales privados, que en el canal estatal (admito que es evidencia anecdótica; no conozco estadísticas al respecto).
Una explicación posible de esta situación es que en la medida en que haya medios de comunicación en manos de capitales privados, existen más posibilidades de que surjan y se mantengan contradicciones entre las diversas fracciones, y el Estado. Lo cual habilita a que se filtren las voces críticas y se expresan los intereses de los explotados. Por supuesto, en tanto exista la propiedad privada de los medios de producción, no habrá libertad real de expresión para los oprimidos. Pero lo mismo vale para el Estado. En tanto el Estado sea defensor y garante de la explotación, no habrá libertad de expresión plena para los que cuestionen esa explotación. Por eso un régimen stalinista suprimía despiadadamente toda voz crítica, así fuera de izquierda y quisiera mejorar la situación de los trabajadores. El Estado capitalista en general, también restringe y cercena las expresiones críticas y cuestionadoras.
Crítica al marxismo críptico
El motivo de esta nota es cuestionar una costumbre que arraigó en algunos círculos de marxistas académicos de Buenos Aires, que consiste en hablar y escribir de una forma difícil y oscura, al punto de hacer incomprensibles discursos y textos. Existe gente, con un grado de cultura media universitaria, que me dice que después de escuchar algunas intervenciones, llegó a pensar que la teoría de Marx era prácticamente impenetrable. Más de una vez alumnos y alumnas de la UBA me lo han planteado. Personalmente, a lo largo de los últimos años me he encontrado con artículos o libros de marxistas en los que me es imposible encontrarle sentido a pasajes enteros. Con frecuencia, además, tropiezo con un lenguaje pretendidamente hegeliano, como si el autor pensara que basta con amontonar términos como “concepto”, “ser”, “esencia” o “determinación”, para presentar un argumento “dialéctico y profundo”. Peor todavía, muchas veces, cuando desenredo la maraña de frases, me quedo con un sustrato (entendible) de banalidades, cuando no de disparates. El problema es grave también porque educa a muchos jóvenes en la idea de que “cuanto más abstrusa la exposición, más profunda la idea”.
Pues bien, frente a esta moda, sostengo una posición diametralmente opuesta.
En primer lugar, porque pienso que tenemos que hacer lo posible para acercar a la gente a la teoría marxista. La teoría de Marx se puede explicar con un lenguaje accesible al común de las personas. Pero además, y tratándose del ámbito académico, lo que decimos y escribimos debe poder ser examinado por nuestros pares y nuestros alumnos. Es a través de sus observaciones, preguntas y críticas que mejoramos argumentos y desarrollamos el conocimiento. Complementariamente, ésta es una forma de democratizar la enseñanza, y compartir.
Razón y «socialismo siglo XXI»
En dos notas de este blog critiqué la tesis que sostiene que Venezuela está embarcada, bajo la conducción del presidente Chávez, en una transformación socialista. En mi crítica presenté cifras tomadas de las estadísticas oficiales, y sostuve que nada autoriza a sostener que se haya producido alguna transformación radical de las relaciones sociales capitalistas. Los datos, sin embargo, pueden no alterar a los defensores del régimen de Chávez. Su principal argumento es que, después de todo, el venezolano es un socialismo sui generis, el “socialismo del siglo XXI”. La idea que subyace es que no existe algún criterio más o menos establecido de lo que debiera considerarse “socialismo”, por fuera de las coordenadas espaciales y temporales particulares. “Hoy”, en el siglo XXI, el socialismo (o la transformación socialista) se define, al menos para América Latina, a partir de lo que está ocurriendo en Venezuela. Los partidos y movimientos socialistas tendrían aquí una fuente de inspiración, política y programática.
Lógicamente, con el mismo criterio cualquier otra persona, o grupo de personas, podrían dar sus definiciones de qué regímenes, partidos, movimientos, son o fueron “socialistas”. Cualquier intento de discutir alguna de esas clasificaciones tropezaría con una pregunta-refutación que, a primera vista, parece lapidaria. “¿Quién es usted para decidir qué es o no es socialismo? Para mí, socialismo es esto”. Por lo tanto, si un régimen, partido, dirigente político, etc., se declara socialista, no hay discusión posible. Si los Khmers rojos de Camboya, de los setenta, se declararon “socialistas”, pues eran “socialistas”, así asesinaran un millón de personas y generaran una catástrofe social. Si el partido Socialista Democrático de Argentina se declaraba, en 1976, socialista, no había que objetar, aunque apoyara a la dictadura de Videla. Si Dominique Strauss-Kahn, director del FMI y dirigente del PS, se llama así mismo socialista, habrá que admitir que es socialista. Cada cual sería socialista a su manera; una manera establecida desde la auto afirmación en el “aquí y ahora”.
En esta nota presento algunas críticas a esta concepción, desde el punto de vista del método dialéctico, y la epistemología que le está vinculada. Me inspiro en lecturas de Hegel, enriquecidas por varios autores (véase bibliografía), y en Marx.
Engels y el arte de hacer política

La nota sobre la ilusión del doble poder, que publiqué en este blog, se relaciona con una crítica a las tácticas basadas en consignas ultra revolucionarias, aplicadas en cualquier circunstancia. Esa crítica tiene una larga tradición en el marxismo, que lamentablemente es bastante desconocida. Por eso, hace ya años, llamé la atención sobre un texto de Engels, “Los comunistas y Karl Heinzen”, de 1847 (Engels, Escritos de juventud, FCE, 1981), que encara el problema. En esta nota quiero entonces comentar este texto, y mostrar su actualidad. Pienso que la cuestión puede ser entonces de interés para militantes del movimiento sindical o popular. El abordaje de Engels (que compartía Marx) implica una política alternativa a la que es hoy domina en buena parte de la izquierda, especialmente la trotskista. Esa táctica alternativa permitiría acumular fuerzas y organización en una coyuntura como la actual, en que no está planteada la posibilidad de encarar “ofensivas revolucionarias”. Empezamos explicando en qué consistían los planteos de Heinzen.
La política de Heinzen
Karl Heinzen, según el relato de Engels, había sido un funcionario liberal alemán, de bajo rango, que durante muchos años se había entusiasmado con las posibilidades de avances legales en Alemania. Dado que el régimen político no daba espacio a estas ilusiones, finalmente debió huir de Alemania, radicalizando sus posiciones. Como dice Engels, en ese entonces pasó del liberalismo “al radicalismo sediento de sangre”, y comenzó a proclamar la necesidad de una sublevación inmediata. Engels califica esta propaganda como “atolondrada y absurda”, se pregunta si “no daña en el más alto grado a los intereses de la democracia alemana” y si la experiencia no ha demostrado ya “su inutilidad”. En realidad, sigue Engels, Heinzen no ha hecho más que “exhortar y predicar” y agrega:
La ilusión del poder dual

Es una constante de los trotskistas agitar la consigna del «control obrero» frente a los más diversos problemas que enfrentan los trabajadores y el pueblo. Sin embargo, las experiencias de algunas empresas recuperadas por sus trabajadores, y las líneas políticas que se plantearon para estos casos, ponen en evidencia las limitaciones de esta táctica del «control obrero». En lo que sigue reproduzco una nota que escribí en febrero de 2008, a partir de la lectura de textos de organizaciones trotskistas en que se defendía esta orientación. Pienso que puede aportar a un necesario debate acerca de la táctica y estrategia de los marxistas en los tiemos que corren en Argentina.
En este escrito discutimos la estrategia de intentar establecer organismos de la clase obrera de poder dual, esto es, de poder independiente y enfrentado a la clase capitalista, el gobierno y el Estado, en los años 2000, en Argentina. Esta política es defendida, en lo esencial, por partidos trotskistas, y alcanzó notoriedad hace un tiempo en torno a las empresas recuperadas Brukman, textil de Capital Federal, y Zanón, fábrica de cerámica, de Neuquén. Nos importa la lógica que sustenta esta perspectiva política, sus consecuencias prácticas y sus efectos colaterales sobre la manera de pensar y hacer política en el movimiento obrero y otros movimientos sociales.
El trabajo se estructura de la siguiente manera. En primer lugar, presentamos nuestra interpretación sobre el significado y naturaleza de la lucha de las empresas recuperadas en Argentina, desde el 2000. En segundo término explicamos la estrategia de “estatización más control obrero” y argumentamos por qué es una política incoherente, que termina en la confusión y el fracaso. Por último, presentamos algunas conclusiones.
En esta nota seguimos examinando la afirmación de que, bajo la conducción del presidente Hugo Chávez, Venezuela está en la senda del socialismo.
Bastante gente de izquierda considera que el régimen de Hugo Chávez está embarcado en una transformación revolucionaria de Venezuela, hacia el “socialismo siglo XXI”. Si bien existen muchas nociones de “socialismo”, existe un acuerdo, más o menos generalizado, en la izquierda, de que un régimen socialista debería apuntar a la superación del subdesarrollo y la dependencia económica del Tercer Mundo. En particular, avanzar en la industrialización y en la superación de las economías rentísticas, promover el desarrollo tecnológico y el fortalecimiento de la fuerza laboral. Pasada más de una década de iniciada, parece apropiado ver en qué situación está la “revolución bolivariana” en lo que respecta al desarrollo de las fuerzas productivas.














