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Lenin, vanguardismo y los setenta

En una nota titulada “Las ideas también pueden matar” (publicada en La Nación del 31/08/11), Ceferino Reato critica las políticas vanguardistas y foquistas de parte de la izquierda de los sesenta y setenta, y escribe: “Los aportes de la izquierda clásica, marxista, incluían a Lenin, que sostuvo que era posible tomar el poder con una vanguardia de revolucionarios siempre que portaran la ideología correcta… No había que esperar, como decía Marx, que el capitalismo se desarrollara hasta desembocar casi naturalmente en el comunismo; una vanguardia podía acelerar ese proceso”. Es significativo que Reato no aporte referencias para justificar lo que dice. Demuestra que prácticamente está “establecido” que Lenin propugnaba una táctica vanguardista, sintetizada en la toma del poder por una pequeña minoría, iluminada y decidida. En otras palabras, el dirigente de la Revolución Rusa habría sido un continuador de Auguste Blanqui, el revolucionario francés del siglo XIX, que confiaba en el papel creador de la violencia, y alentaba la toma del poder mediante una organización armada, centralizada y secreta. Según Reato, Lenin era blanquista, y la izquierda radicalizada argentina asimiló su vanguardismo acríticamente, lo que la llevó al desastre.
En esta nota explico por qué lo que afirma Reato (y comparten muchos otros intelectuales) es equivocado. A fin de evitar falsas polémicas, aclaro que esta nota no pretende defender la política global de Lenin, sino simplemente criticar la tesis su “blanquismo”; y realizar algunas precisiones, tal vez imprescindibles. sobre los balances de la militancia de los setenta.
Ley de Say, Marx y las crisis capitalistas

En esta nota analizo la crítica que me dirigió (también a José Tapia, con quien he publicado trabajos), el economista Fabián Amico, en el sentido de que defendemos la ley de Say (otros aspectos de las críticas de Amico en Teoría monetaria….). En opinión de Amico, afirmar que la economía está liderada por la inversión, o la acumulación, equivale a sostener que el crecimiento potencial de la economía está dominado por la ley de Say. Dado que la crítica de la ley de Say tiene mucha relevancia para las explicaciones sobre las crisis, la cuestión tiene interés más allá de la polémica circunstancial con este economista. Empiezo por algunas cuestiones elementales.
Ley de Say y coherencia lógica
La ley de Say, de 1803, en esencia sostiene que a una venta le sigue siempre una compra, de manera que la oferta genera su propia demanda. Say decía que cuando un productor termina un producto, su mayor deseo es venderlo, y cuando lo ha vendido no está menos apresurado en deshacerse del dinero que le proveyó la venta, comprando otro producto. Originariamente Say formuló su ley para ser aplicada al mercado de bienes, y luego Walras la generalizó al conjunto de los mercados (esto es, laboral, monetario y financiero). Lo importante es que, según la ley de Say, el sistema capitalista no podría generar de forma endógena crisis generales de sobreproducción. A lo sumo podrían existir crisis en determinadas ramas o sectores, debido a las desproporciones que son propias de toda coordinación basada en el mercado; pero no una crisis generalizada. Es lo que pensaba Ricardo, que adhería a la ley de Say; y lo que piensan los neoclásicos. Según éstos, las crisis solo pueden generarse por interferencias externas a la economía (típicamente, por las malas políticas gubernamentales). Si los mercados funcionan libremente, y siempre de acuerdo a la ley de Say, no puede haber crisis económicas. De manera que en principio la crítica de Amico se desbarata muy fácilmente: dado que tanto Tapia como yo hemos afirmado que las crisis de sobreproducción se generan de manera endógena, no podemos afirmar que la oferta siempre genera su correspondiente demanda. O bien Amico demuestra que no afirmamos que las crisis se generan de forma endógena; o Amico demuestra que la ley de Say afirma que en determinadas coyunturas la oferta no genera su demanda correspondiente. Pero Amico no tiene manera de demostrar ninguna de estas cosas. Comprendo que tenga muchas ganas de criticarnos, pero no se trata de “ganar” una polémica a cualquier costo, sino de entender la lógica y los argumentos, y discutir desde allí.
Elecciones, hegemonía y lucha ideológica

Aunque es alentador que el Frente de Izquierda haya superado el piso del 1,5% de votos en las primarias, no debería pasarse por alto el panorama de conjunto. El pasado 14 de agosto menos del 3% del electorado votó por una alternativa radical de izquierda; más del 95% de los votantes apoyaron a partidos y candidatos defensores del sistema capitalista. Los defensores del capitalismo son respaldados hoy, con la economía creciendo a altas tasas, pero también lo fueron en años de crisis, como 1989, 1995, 1999 y 2009. Asimismo, recibieron un voto masivo en 2003, cuando estaba fresco el recuerdo del levantamiento contra De la Rúa; o en 1973, cuando había un fuerte ascenso de luchas sociales. En una palabra, la burguesía demuestra su capacidad para encauzar movimientos populares en los marcos de la legalidad burguesa, y para legitimar regularmente sus mecanismos de dominio. El hecho de que prácticamente la totalidad de la población respalde a partidos y candidatos enemigos del socialismo es más relevante para el análisis marxista, que el 50% que obtuvo el gobierno. Tras décadas de fuerte trabajo político, e inmensos esfuerzos, la izquierda radical no ha logrado apoyo significativo en la población. Tal vez esto pueda explicarse en parte por fenómenos objetivos (por ejemplo, por los efectos de la caída de la URSS y otros regímenes llamados socialistas). Sin embargo, también remite a las problemáticas, tradicionales entre los marxistas, de la función de la ideología, de las construcciones de consenso y hegemonía, y las formas de enfrentarlas críticamente. En lo que sigue me apoyo en algunos textos casi “clásicos” de marxistas, como Poulantzas, Milliband, Therbon, además de la presentación de Thwaites Rey; con esto estoy diciendo que no pretendo tener ninguna originalidad, simplemente quiero “refrescar” algunas cuestiones que pueden ser útiles a la hora de debatir la táctica de los socialistas.
FIT, Marx y los impuestos indirectos

En los últimos días Jorge Altamira, principal candidato del FIT, planteó que el Frente levanta como consigna reivindicativa la eliminación del IVA (impuesto al valor agregado), por considerarlo una forma de elevar los salarios. El IVA sería reemplazado por impuestos directos a las plusvalías. Altamira sostuvo que la abolición de los impuestos indirectos es una demanda “natural” de un socialista. Sin embargo, no encontré hasta el momento ninguna fundamentación teórica -tratándose del FIT, se supone que debería basarse en la teoría del valor y de la plusvalía- del porqué de esta demanda. Pero las reivindicaciones que se formulan desde las organizaciones marxistas tiene que sustentarse en un análisis de las relaciones sociales subyacentes. En este respecto, tengamos en cuenta que el “buen sentido común” no siempre es un buen consejero. Por ejemplo, así como desde “lo inmediatamente evidente” parece natural elevar los salarios eliminando el IVA, también se podría sostener que los salarios (también las pensiones y seguros de desempleo, etc.) se pueden aumentar elevándolos directamente el 21% (=IVA); con lo cual se lograría, además, que los que viven de las plusvalías sigan pagando el impuesto. En términos de “sentido común”, la segunda parece una mejor opción. Pero por este camino, la discusión amenaza estancarse en el enfrentamiento entre dos “sentidos comunes”. Para evitarlo, es necesario un análisis de los impuestos basado en la teoría del valor. El punto que vamos a sostener en esta nota es que el valor de la fuerza de trabajo no depende de la estructura impositiva. Esta cuestión conecta con el hecho de que, en la teoría de Marx, así como en la de Ricardo, los salarios están dados, de manera que las ganancias son un “resto”, del que se pagan todos los impuestos.
Asistencia social K, marxismo y Poulantzas

La Asignación Universal por Hijo, junto a los planes sociales de trabajo (cooperativas), son presentados por la izquierda que apoya al kirchnerismo como medidas poco menos que revolucionarias. Se sostiene que estas medidas se inscriben en una estrategia de largo plazo para una distribución más equitativa de la riqueza, y fortalecer el poder popular frente a los “grupos concentrados” (léase Techint, Clarín; pero no Petersen, Electroingeniería o Franco Macri). Lógicamente, para sostener este relato, se pasan por alto algunos hechos. Por empezar, que los planes sociales en Argentina no son una novedad de los gobiernos K. Alfonsín en los 80 instrumentó la caja PAN (cuando la tasa de indigencia era mucho menor que la actual). Y Duhalde puso en marcha los Planes Trabajar después de la debacle de 2001, lo que tuvo un efecto bastante inmediato para paliar lo peor del hambre. El discurso K-izquierdista tampoco dice que la AUH fue reclamada durante mucho tiempo por sectores de la oposición, incluso por algunos que militan para la “derecha destituyente”. Y no señala que fue decidida por el gobierno recién cuando perdió las elecciones de 2009, ante la inminencia de que se impusiera en el Congreso. Pero estas son minucias, que tienen sin cuidado a los K-izquierdistas.
Una vez más, el oro

Esta nota enlaza con otras que escribí sobre el rol del oro en la economía mundial (“Oro, teoría…” y “El rol monetario…”). Muchos economistas siguen sosteniendo que Marx estaba equivocado cuando señalaba que la moneda no puede desmaterializarse completamente, y que la relación del metal con el billete se mantiene de hecho -a través del mercado del oro-, aun cuando no exista oficialmente la convertibilidad oficial. Algunos incluso dicen que nuestra posición obedece a una especie de dogmatismo fanático. Frente a esta objeción, solo puedo decir que se trata de entender la realidad. Cada vez más en los mercados se admite que el oro (y parcialmente algunos metales preciosos) tiene características de activo monetario. Particularmente, es un dato de la realidad que con la profundización de la crisis financiera, el oro no se está comportando como una mercancía más, sino como la mercancía-equivalente, encarnación del valor. Es la reserva última de valor, lo cual da cuenta del porqué del alza de su precio a medida que aumenta la desconfianza en el dólar y el euro. Es evidente que el precio del oro se mueve de forma contracíclica, esto es, aumenta su demanda cuando aumentan los temores de una caída de la demanda y la producción globales. La demanda mundial de oro para inversión pasó de 620 toneladas en 2005 a 1672,3 toneladas en 2010. En 2010, solo en Londres, se comerciaba diariamente oro por valores de entre 67.000 y 220.000 millones de dólares. Desde el verano de 2007 hasta el presente la onza pasó de 650 dólares a 1778 dólares (cotización 10/08/11). En particular, en las dos últimas semanas, con el hundimiento de las acciones y la profundización de la caída tendencial del dólar, el oro no ha dejado de subir, a contramano de lo que sucede con los commodities. En lo que va del año, el precio del aluminio cayó un 2%, el del cobre más del 8%, el estaño casi el 14% y el petróleo el 10%. Subrayo, el oro no paró de subir. Esto no se puede explicar si no es en el marco de un comportamiento monetario.
Teoría monetaria en Marx y la crítica de un crítico

Recientemente el economista Fabián Amico publicó una extensa crítica a la interpretación de las crisis capitalistas que he defendido junto a José Tapia (acaba de publicarse en España La Gran Recesión y el capitalismo del siglo XXI, Jośe Tapia y Rolando Astarita, editorial Catarata).
Esta polémica tiene una pequeña historia. Hace un tiempo un amigo me envió una crítica que Amico había realizado a nuestras posiciones (de Tapia y mías). A raíz de ello, escribí una serie de notas en este blog (véase 1; 2; 3; 4; 5). A estas notas responde ahora Amico con una nota publicada en la revista Circus (véase referencias). Centralmente, Amico critica la tesis (de los marxistas) que dice que el capitalismo sale de las crisis aumentando la explotación; la idea de que las economías están lideradas por la inversión (en términos marxistas, por la acumulación de capital); y dice que Tapia y yo defendemos la ley de Say. En su opinión, afirmar que la economía está liderada por la inversión, o acumulación, equivale a sostener que el crecimiento potencial de la economía está dominado por la ley de Say. José Tapia ha respondido las críticas a la idea de que la economía está guiada por la inversión en dos artículos (véase las referencias). En una próxima nota, voy a demostrar que el cargo de Amico, de que defendemos la ley de Say, no tiene fundamento, y es un disparate. Pero Amico no solo habla sobre la ley de Say, la inversión y el ciclo, sino también se refiere con bastante extensión a otras cuestiones que tocó la polémica. Una de ellas es la teoría monetaria de Marx. Debido a la cantidad de temas tocados, me voy a focalizar en solo uno de los disparates que dice Amico cuando trata la cuestión monetaria en Marx (tratarlos a todos demandaría casi un libro).
Al borde de una nueva recesión mundial

En la primera parte de 2011 la economía mundial estuvo creciendo a una tasa anual del 4,3%, continuando la recuperación iniciada a mediados de 2009. Si bien muy desigual -los países atrasados han crecido al 7,5%, en tanto los adelantados lo hicieron al 2,8%-, es una tasa de crecimiento no despreciable. La mejora de la economía argentina, y con ella de la posición electoral del gobierno en el último año, tiene que ver con esto. Pero las cosas están cambiando, principalmente por la situación de los países adelantados. Concretamente, hay muchas posibilidades de que el capitalismo desbarranque hacia una nueva gran recesión, incluso una depresión.
«Ultra-sraffianos» y la teoría de Marx (última parte)
Esta nota completa la crítica del enfoque de los ultra-sraffianos, que desarrollé en las dos notas anteriores.

Una economía newtoniana
En su artículo Mongiovi enfatiza que el sistema capitalista no es siempre anárquico, que el objetivo de la teoría es exponer las regularidades que subyacen a la realidad observable, y que para esto hay que hacer abstracción de incontables casualidades. La teoría sólida, según Mongiovi, es aquella a la que le importan los promedios, y se concentra en las tendencias de largo plazo del capitalismo. La idea que hay aquí es que en ausencia de perturbaciones aleatorias, el comportamiento del sistema económico está unívocamente especificado por leyes exactas. Aclaremos que no se trata de un sistema estático, ya que puede haber crecimiento, pero lo importante es que el mismo es equilibrado y hay una dinámica proporcional. Es el tipo de modelos que constituyeron el alimento de la literatura dedicada a la dinámica económica, en la línea abierta por von Neumann, en los años 40, y que se continúa hasta la actualidad. Estos modelos estudian el funcionamiento de una economía en equilibrio de largo plazo, donde todos los sectores crecen en la misma proporción; por lo general, no proporcionan una teoría de las fluctuaciones de corto plazo, ya que el peso está en el crecimiento óptimo de largo plazo (véase, por ejemplo, Morishima 1973). El método es el álgebra lineal, y las ecuaciones diferenciales lineales, o en diferencias. Se trata de modelos deterministas, ya que conociendo los datos iniciales, podemos predecir su movimiento futuro, dado que las soluciones se comportan de una forma regular. Los factores no contemplados en las ecuaciones, o externos, se consideran aleatorios, y en el largo plazo no alteran el comportamiento del sistema de alguna manera sustancial. Y dado que lo aleatorio aparece como resultado de muchas variables, generando sistemas complicados que no pueden ser incorporados al análisis, se aborda estocásticamente. Por eso se trata de dos mundos. El primero, determinista, es el mundo del orden, gobernado por leyes simples, expresadas en las ecuaciones lineales, que contienen pocos grados de libertad. El segundo, lo aleatorio, es el mundo del desorden, con muchos grados de libertad, y su abordaje es estadístico; pero estas leyes estadísticas no son la consecuencia matemática de las leyes simples subyacentes. Por eso, el científico que se declare interesado en las leyes dinámicas “fundamentales”, puede dejar de lado lo aleatorio como aquello que hasta cierto punto es lo patológico. Es de destacar que el esquema conceptual del mainstream neoclásico es de este tipo. Los neoclásicos tienen en mente un mundo determinista, donde las economías siguen trayectorias de equilibrio, de las que solo se alejan temporariamente a causa de eventos aleatorios, que se distribuyen de acuerdo con la función estadística normal, de manera que la mitad serán positivos y la mitad negativos (los poskeynesianos han criticado fuertemente este enfoque; véase Davidson, 1996, por ejemplo). En consecuencia, en el largo plazo prevalece la regularidad, y el científico debe concentrarse en ella para descubrir la ley del movimiento. Es lo que Mongiovi también considera el desideratum de la ciencia. De la misma forma, Samuelson pensaba que la estabilidad estructural era una condición necesaria para la observación y la predictibilidad de un fenómeno científico; en consecuencia, procuraba desterrar los modelos inestables.
«Ultra-sraffianos» y la teoría de Marx (segunda parte)
Esta nota continúa la anterior crítica a las posiciones ultra-sraffianas; la crítica se completará con una tercera entrada, que colgaré en unos días en el blog.

Valor y forma de valor
Debido a la importancia de penetrar por debajo de las formas de aparición, no es de extrañar que la teoría de Marx no solo indague en la sustancia del valor, sino también, y principalmente, busque explicar por qué esa sustancia adquiere objetividad bajo la forma precio. Lo cual explica por qué no basta con que exista trabajo para que haya valor. Es que solo a través de la forma del valor el trabajo puede objetivarse, coagularse, como propiedad social, como valor. Explica Marx: “… el trabajo, en estado líquido, crea valor, pero no es valor. Se convierte en valor al solidificarse, al pasar a la forma objetiva. Para expresar el valor de la tela como una gelatina de trabajo humano, es menester expresarlo en cuanto “objetividad” que, como cosa, sea distinta de lienzo mismo y a la vez común a él y a otra mercancía” (Marx, 1999, t. 1, p. 63). Para que el valor se convierta en propiedad de un objeto, es necesario que se exprese como una relación entre cosas. Solo de esta manera el trabajo privado se valida como socialmente necesario; pero no lo hace en cuanto trabajo vivo, sino como trabajo pasado, coagulado. Por eso el contenido del valor (el trabajo invertido en la producción) debe encontrar una forma de expresarse, y por ese mismo acto, se consolida como valor. Pero esto explica también por qué es necesario que las mercancías lleguen al mercado y se vendan. Por lo tanto, para que haya valor (o sea, para que el trabajo invertido en la producción cuente como formador de valor) es necesario que la sociedad debe estar dispuesta a entregar una cantidad de trabajo equivalente. Esto último puede no ocurrir si, por ejemplo, la producción de la rama supera las necesidades sociales. Es por esta razón que Marx plantea que hay dos determinaciones de trabajo socialmente necesario, y no una, como generalmente se piensa. La primera se relaciona con al tiempo de trabajo invertido en la producción, dada una tecnología e intensidad del trabajo promedio; es la que tienen en cuenta los sraffianos. La segunda, alude a la demanda social, esto es, al tiempo de trabajo que la sociedad está dispuesta a entregar a cambio, y escapa a la atención de los sraffianos. Es un resultado de no haber distinguido entre el contenido y la forma del valor, y haber pasado por alto la cuestión vital de la realización. Por eso en los sraffianos, a igual que sucede en Ricardo, el valor es un fenómeno exclusivamente vinculado a la producción, y en última instancia se identifica con insumos físicos. De ahí que aun en los trabajos de los sraffianos más cercanos a un planteo marxista, la cuestión del mercado y de la forma del valor termine desapareciendo. En Marx, en cambio, y como sostiene De Vroey (1981), “el concepto de valor apunta a una articulación de producción y circulación”.















