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La guerra de monedas
El G-20 tuvo su quinta reunión, esta vez en Seúl, sin que arribara a ningún resultado concreto. Solo hubo un comunicado de compromiso, diciendo que se trataría de achicar los desequilibrios. La llamada “guerra de las monedas” estuvo en el centro de las divisorias. Pareciera que el mundo dio un paso más hacia la guerra comercial.
Para ubicarnos en el tema, repasemos los antecedentes inmediatos del asunto. El 27 de agosto pasado Ben Bernanke, responsable de la FED, dijo que había posibilidades de una nueva inyección monetaria. En los días siguientes los especuladores comenzaron a tomar posiciones cortas (esto es, de ventas), en los mercados cambiarios, y el dólar, que ya venía debilitado, comenzó a caer de manera más acentuada.
Varios países reaccionaron tratando de impedir que sus monedas continuaran revaluándose. Suiza, por ejemplo, intervino fuertemente en el mercado, para frenar la suba del franco (y en los 15 meses anteriores a junio ya había cuadruplicado sus reservas). El banco de Japón realizó una intervención el 15 de septiembre, vendiendo dos billones de yenes (us$ 23.600 millones), cuando el yen tocaba su valor más alto en 15 años. No intervenía desde 2004. Brasil también compró fuertes sumas de dólares en septiembre, y aumentó los impuestos a la entrada de capitales líquidos. El 27 de septiembre Guido Mantega, su ministro de Finanzas, habló de la “guerra de las monedas”, y el tema se puso en el primer plano de la discusión. El 7 de octubre el director del FMI, Dominique Strauss-Kahn declaró que “muchos países consideran sus monedas como un arma, y esto no es para el bien de la economía mundial”.
El 3 de noviembre la FED anunció oficialmente su plan de inyectar us$ 600.000 millones, a un ritmo de us$ 75.000 millones por mes, para estimular la economía y también (esto es fundamental) para que “la inflación esté a niveles acordes con su mandato”. Además, bajó las tasas de interés, que de todas maneras ya estaban cercanas a cero. Las críticas no se hicieron esperar. El ministro de finanzas alemán, Wolfgan Schaeuble dijo que la medida era “clueless” (sin norte), y el viceministro de relaciones exteriores de China, Cui Tiankai, que EEUU podía afectar la confianza global. Los ministros de Filipinas y Tailandia plantearon que la FED estaba inundando el mercado con fondos, provocando la entrada de capitales en sus países, lo que amenazaba la estabilidad de las economías. El presidente del Banco Central de Brasil, Henrique Meirelles, dijo que la liquidez extra de EE.UU. perjudicaría a todos. India también que quejó. “El mayor problema que crean los flujos de capitales es la apreciación de la moneda, lo que erosiona la competitividad exportadora” dijo Subba Rao, Secretario de Finanzas de India. Agregó que la intervención en los mercados cambiarios para frenar la apreciación es costosa, ya que si no se esteriliza la liquidez resultante, hay presiones inflacionarias; y si se esteriliza, pone presión en la tasa de interés, lo cual, además de quitar competitividad, anima a mayores entradas de capitales.
En cuanto a las monedas, el real subió 40% desde comienzos de 2009 hasta inicios de noviembre de 2010; en Brasil también hubo fuertes entradas de capitales. Las monedas de México, Sudáfrica, Corea del Sur, India, entre otras, están apreciadas con relación a sus niveles de hace un año. Y el euro pasó de us$ 1,19 en julio us$ 1,42 en los primeros días de noviembre (aunque el 16 de noviembre cerraba a $1,35, arrastrado por la crisis irlandesa) .
También por la deflación
Indudablemente el factor “competitividad exportadora”, y los desequilibrios en las cuentas corrientes, juegan un rol en esta guerra de las monedas. En tanto EEUU padece un déficit en cuenta corriente que equivale al 3,3% de su PBI, China tiene un superávit del 4,9%, Japón del 3,3% y Alemania del 5,2%. El déficit comercial acumulado de EEUU en los 12 meses a octubre de 2010 fue de us$ 621.000 millones, mientras que los superávit acumulados de China, Japón y Alemania fueron de us$ 478.000 millones (Alemania tiene el mayor superávit). La caída del dólar favorece a las empresas exportadoras de EEUU y erosiona la competitividad de las grandes economías exportadoras, de manera que podría dar un cierto empuje a la economía de EEUU, que crece a una tasa menor al 2% anual (tercer cuatrimestre, tasa anualizada), y mantiene un desempleo del 9,6% (esto es, cinco puntos porcentuales más alto que antes de la crisis). En particular, el conflicto está planteado con China. Washington insiste en que los chinos deben dejar apreciar el yuan, para corregir el déficit. China responde que lo hará, pero gradualmente, y en el mediano plazo.
De todas maneras es una ilusión pensar que la economía de EEUU pueda salir de la recesión aumentando sus exportaciones a China. Las exportaciones estadounidenses a China representan apenas el 0,5% del PBI de EEUU. Aún tomando en cuenta efectos multiplicadores, no afectaría más del 2% de su economía. Además, no todo pasa por el tipo de cambio. Desde 2005 el yen se apreció, en términos nominales, un 21% con respecto al dólar. Y se apreció otro 24%, en términos reales, debido al aumento de los costos laborales, en relación a los costos laborales en EEUU, según un cálculo de The Economist. Desde 2009 los salarios en China han estado aumentando, como resultado de una fuerte presión de los trabajadores, que han realizado huelgas y otras acciones. Por otra parte, las empresas estadounidenses han elevado la productividad durante la recesión (hemos escrito dos notas al respecto en este blog). En definitiva, si se suma la apreciación nominal del yuan, y el aumento relativo de los costos laborales, resulta una apreciación real del yuan del 50% desde 2005 (The Economist, 6/11/10). A pesar de lo cual, el déficit comercial de EEUU con China se ha mantenido elevado. La explicación de este fenómeno exige un análisis particularizado, que no podemos hacer aquí.
Por otra parte, la caída del dólar eleva los precios de las materias primas, en primer lugar del petróleo, que es vital para la economía americana. De manera que la cuestión de los desequilibrios en la cuenta corriente entre las grandes potencias es parte de la cuestión, pero no explica totalmente la política monetaria de la FED.
El problema de fondo es otro, y es más grave que el desequilibrio de la cuenta corriente. Se trata del peligro de la deflación. En 2009 los precios en EEUU bajaron 1,3%, y en los ocho primeros meses aumentaron solo al 1,1% anual. Si se tienen en cuenta problemas estadísticos, que por lo general introducen un sesgo hacia arriba, se puede concluir que la economía americana está peligrosamente cercana a la deflación. Los hogares están bajando su nivel de deuda, y por lo tanto el consumo de los sectores medios se mantiene débil. Más importante, la alta desocupación y la restricción de los salarios, también deprime la demanda de bienes de consumo. Y las empresas racionalizan, elevando la productividad, pero no aumentan la inversión, dada la enorme capacidad ociosa. El resultado es que la demanda no repunta. Además, con inflación cercana a cero, los estímulos monetarios sirven de poco. Las tasas de interés ya están bajas (y no pueden ser negativas), y los bancos disponen de liquidez, pero la demanda de crédito por parte de hogares y empresas no aumenta. Debe tenerse en cuenta que así como la deuda prolonga el auge de la demanda antes del estallido de la crisis, también prolonga la debilidad de la demanda, en tanto no se rehacen los balances. Ya sea porque se cancelan deudas, o se liquidan acreencias. Invariablemente en toda crisis lo que ocurre es una liquidación de valores, que en EEUU continúa produciéndose.
«Profundizar el modelo» después de Kirchner
Una de las primeras cuestiones que se definieron desde las altas esferas del Gobierno a horas de la muerte del ex presidente Kirchner, fue el propósito de “profundizar el modelo”. Por modelo se entiende, en lo esencial, la política económica “industrialista”, aplicada desde 2003. Es pertinente preguntarse entonces cuáles son hoy sus condiciones de evolución.
Crecimiento basado en el tipo de cambio alto
A partir de 2002 el tipo de cambio real alto fue clave para la estrategia del desarrollo “industrialista”; primero en el gobierno de Duhalde, y luego en los gobiernos de los Kirchner. El tipo de cambio real multilateral entre 2002 y 2009 fue, en promedio, un 30% más alto que en el promedio de los últimos 30 años. El cambio abrupto de precios relativos, ingresos y rentabilidades producido con la crisis de 2001, explica mucho de lo que sucedió en los años que siguieron. Recordemos que a mediados de 2002 los salarios estaban, en dólares, a un 25% del nivel de diciembre de 2001. Esa caída de salarios estuvo en el centro de la recuperación de la acumulación.
Pero la baja de salarios se combinó con otros tres factores, por lo menos. En primer lugar, los equipos industriales se habían renovado, relativamente, durante los noventa. En este respecto, hay que dejar de lado la idea, muy difundida en ciertos ámbitos del progresismo, de que durante la época menemista solo hubo especulación y parasitismo. La verdad es que en esos años aumentó la productividad industrial; también lo hizo la relación de capital por obrero (autores de la CEPAL han subrayado esta cuestión). En otras palabras, las empresas que sobrevivieron a las quiebras, renovaron sus equipos, se modernizaron, y también racionalizaron las plantillas (lo que produjo un aumento significativo de la desocupación). En segundo término, como producto lógico de la crisis, en 2002 había gran capacidad ociosa, lo que habilitaba a que hubiera un rápido incremento de productividad, por caída de costos fijos, a medida que avanzara la recuperación de la demanda. En tercer lugar, las tarifas de servicios públicos quedaron congeladas, y los precios de muchos bienes no transables se rezagaron. En 2002 la tasa de inflación fue del 41%, pero los precios de salud, educación y vivienda aumentaron en promedio el 10%.
¿Keynes partidario del valor trabajo?
La presente nota tiene como objetivo aclarar una confusión que se ha instalado en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, con respecto a Keynes y su relación con la teoría del valor trabajo de Marx, o Ricardo. A partir de un pasaje de la Teoría General, se sostiene que Keynes habría aceptado, de alguna manera, la teoría del valor trabajo. Esta idea es defendida en Argentina por el doctor y profesor de economía Axel Kicillof. Empiezo precisando en el punto en común que tienen las teorías del valor trabajo de Ricardo y Marx, para luego abordar la cuestión en Keynes.
La teoría del valor trabajo en Ricardo y Marx
Si bien entre la teoría del valor de Ricardo y Marx existen importantes diferencias, ambas tienen como punto de partida la idea de que el valor de las mercancías está determinado por el tiempo de trabajo humano, y por lo tanto los precios están regidos, o determinados, por los tiempos de trabajo humano. En este respecto Marx decía que éste era el punto de partida para el estudio de la sociedad burguesa:
“La base, el punto de partida para la fisiología del sistema burgués –para la comprensión de su coherencia interna y sus procesos vitales- es la determinación del valor por el tiempo de trabajo. Ricardo parte de ahí, y obliga a la ciencia a salir de sus carriles, a explicar la medida en que las otras categorías –las relaciones de producción y comercio- desarrolladas y descritas por ella corresponden a dicha base, a ese punto de partida, o lo contradicen…” (Marx, 1975, t. 2 p. 141).
Marx señala que si bien Ricardo no analiza el carácter de ese trabajo, el haber partido de la determinación de los valores relativos de las mercancías por la cantidad de trabajo, constituye un indudable mérito histórico, y “una necesidad científica en la historia de la economía” (ídem, p. 140). Subrayemos que si el trabajo es la fuente del valor, necesariamente es la fuente de la ganancia del capital. Ésta es la consecuencia necesaria de la teoría del valor trabajo.
Dificultades neoclásicas debajo de la alfombra
En un comentario que Ezequiel envió hace unos días a este blog, cuenta que un amigo, economista recién egresado de la Universidad Torcuato Di Tella, desestimó la importancia de la vieja crítica de los keynesianos y ricardianos a la teoría neoclásica del capital, porque se trataba de una polémica “vieja” y “los métodos actuales son distintos”. No es la primera ver que escucho esta excusa ni será la última. Es una forma de mantener la tranquilidad espiritual, y evitarse problemas. Recuerdo que hace ya algunos años, un profesor de microeconomía me pedía que, por favor, no explicara la crítica de Cambridge a mis alumnos (muchos compartían los cursos), porque “me vas a generar un lío”. Por eso, para que continúe la clama chicha, los manuales y cursos eluden la cuestión. A lo sumo, en algunos cursos de Crecimiento se presenta a los alumnos la polémica, como si fuera una curiosidad de la historia del pensamiento. Pero en textos modernos de crecimiento, el tema ni se menciona. Sala i Martin, Barro, Romer, los “popes” actuales de crecimiento, pasan olímpicamente por alto los cuestionamientos a la función de producción neoclásica. Aunque no por ello se privan de utilizar la función como base para sus razonamientos. En textos y cursos jamás se comunica a los alumnos que la crítica a la función de producción neoclásica, y a la teoría del capital, nunca pudo ser respondida por los neoclásicos.
En este respecto es necesario también hacer mención a Macroeconomía de Blanchard y Pérez Enrri, que se ha convertido en “el” manual de macro de nuestras Universidades. Alumnos, e incluso docentes, me han manifestado que este texto no apela al arsenal neoclásico, e incluso es “heterodoxo”. Pero esto no es cierto. Blanchard y Pérez Enrri reivindican la función de producción neoclásica, con todo lo que ello implica: rendimientos constantes a escala; rendimientos decrecientes del capital y del trabajo; tecnología concebida como gestión, organización y sofisticación de los mercados, más seguridad jurídica y clima político (véase pp. 492-493), más un concepto de capital que está “en el limbo”. En este marco, Blanchard y Pérez Enrri dicen que el modelo de Solow “ha resultado ser útil y sólido”. Pero este modelo se basa enteramente en la función de producción neoclásica. ¿Alguien puede explicarme qué hay aquí de “heterodoxia”? Constatamos, por otra parte, que los “métodos nuevos” siguen basándose en los “métodos viejos” (la función de producción), mal que le pese al egresado de la universidad Di Tella.
Tasa de ganancia y el teorema Okishio
En esta nota expongo lo central de la ponencia que presenté para las Jornadas de Economía Crítica, que se realizan en Rosario. La ponencia trata sobre la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia (LBTTG), formulada por Marx en El Capital (tercer tomo), y sobre un teorema, elaborado por el economista Nobuo Okishio a comienzos de la década de 1960, que sostiene que la misma no se cumple. Mi trabajo completo puede consultarse en mi página web, pero considero que este resumen (de todas formas inevitablemente extenso) puede ser útil para aquellos que no están interiorizados en la cuestión.
Por problemas de tipo personal no podré asistir a las Jornadas, pero espero poder organizar algún encuentro en el futuro con gente que esté interesada en debatir estas cuestiones.
La ley de Marx
La ley de Marx se basa en la idea de que a medida que se desarrolla el régimen de producción capitalista se opera una disminución relativa del capital variable en relación con el capital constante. Esto significa que un mismo número de obreros pone en movimiento una cantidad creciente de medios de producción, y por lo tanto también un capital constante de volumen de valor también creciente (en otros términos, aumenta la composición orgánica del capital, c/v). A esta evolución le corresponde también un abaratamiento progresivo del producto. Esto significa que disminuye la parte del valor agregado por el trabajo vivo en cada producto; aumenta la participación de la materia prima; y disminuye la participación del desgate de la maquinaria.
Oro, teoría cuantitativa y Marx
Esta nota complementa y amplía otra que escribí acerca del rol del oro. The Wall Street Journal Americas (La Nación 29/9/10) publica un artículo que lleva por título “El oro bate un nuevo récord; más de US$ 1300 la onza”. Refiriéndose al nuevo alza del 4,7% en lo que va de septiembre, dice:
“El alza fue impulsada por la demanda de inversionistas preocupados por el valor de las monedas en medio de la agitación económica global”.
“La reciente racha compradora se inició la semana pasada, después de que la Reserva Federal anunciara que estudia la compra de más bonos del Tesoro para estimular la alicaída economía estadounidense, una medida que podría debilitar el dólar al aumentar la circulación de la divisa verde”. (…)
“Por ahora el oro brilla en medio de la incertidumbre que impera sobre la capacidad de los bancos centrales para reanimar la economía mundial. En Estados Unidos, el temor es que si la Fed inyecta más dinero al sistema, seguramente reducirá el valor del dólar, lo que a su vez, podría generar presiones inflacionarias. La caída del dólar y un alza de la inflación podrían impulsar la demanda de oro”.
Hacia el final advierte que podría producirse, de todas maneras, un cambio de la actitud de los inversionistas, que llevaría a una corrección significativa de los precios.
Este artículo vuelve a confirmar que el oro sigue siendo un activo monetario, y que el valor del billete se establece en su relación con el oro (y no con la “masa” de mercancías, como pretende la teoría cuantitativa). Esto sucede aun cuando existe el billete del curso forzoso, como advertía Marx al referirse al caso de Prusia:
“… la convertibilidad del billetes, es decir, la posibilidad de cambiarlo por oro o plata sigue siendo la ley económica, diga lo que dijere la ley jurídica” (Marx, 1980, p. 69).
Fuga de capitales y acumulación en tiempos K

En su estudio, publicado en mayo de 2007, sobre la evolución de la fuga de capitales en Argentina, los investigadores de CEFIDAR, Jorge Gaggero, Claudio Casparrino y Emiliano Libman comenzaban diciendo que “el fenómeno denominado fuga de capitales ha estado presente en la historia económica reciente de Argentina, particularmente durante el período que comienza con las reformas económicas encaradas desde 1976 por la última dictadura militar, y parece finalizar con el agotamiento y crisis del denominado modelo de la convertibilidad”. Esto es, el fenómeno habría correspondido al largo período de hegemonía del modelo neoliberal (los años de la dictadura militar, el período de alta inflación de los ochenta y luego el menemismo privatizador), y habría finalizado hacia la caída del gobierno de De la Rúa.
Esta afirmación parece encajar bastante bien con la idea de que a partir de 2002, y más precisamente con la presidencia de los K, se habría pasado a un modelo productivo. Se supone que en un modelo productivo el excedente (esto es, la plusvalía), se reinvierte a fin de ampliar la acumulación del capital. Es que un proceso de desarrollo se caracteriza por lo que Marx llama la reproducción ampliada del capital. Una parte importante de la plusvalía vuelve a entrar en el circuito de producción, para generar más plusvalía, ampliando a su vez la escala de la producción. En este proceso la inversión tiene la primacía; en la medida en que se expande la producción de bienes de producción y bienes de consumo, aumentan el empleo, generándose más plusvalía, que se reinvierte para seguir expandiendo las fuerzas productivas. Naturalmente, para que esto suceda al interior de un país, es necesario que la plusvalía se reinvierta en el mismo.
Monetarismo criollo

En el suplemento de economía de Página 12, del 29 de agosto pasado, viene un interesante reportaje a Gerald Epstein, profesor de la Universidad de Amherst, en Estados Unidos. El reportaje lo realiza Tomás Lukin.
Epstein es un economista crítico de la teoría neoclásica, y enrolado en la corriente poskeynesiana. Los poskeynesianos consideran que el pensamiento fundamental de la Teoría General de Keynes ha sido tergiversado y ocultado por la corriente dominante.
Uno de los aspectos centrales de la crítica a la ortodoxia neoclásica se refiere al monetarismo. La teoría monetarista, o teoría cuantitativa, sostiene que si aumenta la cantidad de dinero, aumenta el nivel de precios. En este respecto Lukin formula una pregunta clave a Epstein; dice Lukin:
“En Argentina existe preocupación entre distintos consultores privados por el incremento en la cantidad de dinero circulando en la economía. Sostienen que de no limitar su evolución el Banco Central estaría generando un desborde monetario y mayor inflación. ¿Existe sustento teórico y empírico que convalide estas advertencias?”Responde Epstein: “La visión monetarista, en la que se sustenta este tipo de afirmaciones, es una visión fracasada. Hoy en día, muy poca gente cree en la inflación monetaria. Esas posiciones están totalmente desacreditadas. La cantidad de dinero es endógena; sigue el nivel de actividad económica. Lamento que tengan tantos monetaristas en Argentina. Su lógica se parece mucho a la de los republicanos en Estados Unidos”.
El rol monetario del oro
En su edición del 24 de julio la revista The Economist trae una interesante nota acerca de la relación entre el oro y el billete, que me da pie para llamar la atención sobre un debate que está planteado desde hace años en teoría monetaria.
The Economist dice que, dado que el precio del oro se establece en los mercados, cuando se explican los cambios en el mercado del metal, la gente piensa en términos de oferta y demanda. “Sin embargo, tal vez, deberían ver los movimientos del precio del oro en términos de la confianza de los inversores en el dólar, y en el papel moneda en general”.
Recuerda luego que desde la crisis del sistema de Bretton Woods, en 1971-3, el oro pasó de US$ 35 la onza, a US$ 850 en 1980. Lo que significa que el dólar perdió, en ese período, el 90% de su valor. A partir del ascenso del monetarismo, el proceso fue inverso, y el oro cayó desde US$ 850 a US$ 235, en 1999. ¿Este cambio se debió a que bajó el costo de producir oro? No, lo que cambió fue el valor del dólar. “Con la confianza de la economía restablecida, el dólar se revaluó en un 236%, a lo largo de dos décadas”. Más tarde, con la crisis de inicios de los 2000 y el credit crunch, los bancos centrales (y en particular la Reserva Federal) inyectaron liquidez en el sistema. Desde 1999 el oro estuvo en ascenso; lo que implicó una devaluación del dólar de aproximadamente el 80% con respecto a la década pasada.
“Lo llamativo acerca de la historia de los últimos 40 años, es que estos tres vaivenes en el valor del dólar (que van de una suba del 236% a una caída del 90%), son muy grandes, de acuerdo a los estándares previos. Pero no se han notado porque el dólar ahora se compara con otras monedas papel –como el euro y el yuan– donde los vaivenes no han sido tan extremos”.
Esta nota de The Economist tiene relación con el largo debate, entre marxistas y también autores heterodoxos, acerca del rol del oro; y más específicamente, acerca de la vigencia de la teoría monetaria de Marx. He tratado esta cuestión en dos trabajos que se pueden encontrar en mi página web (“Concepciones sobre el dinero, el rol del oro y cuestiones monetarias”, y “Dialéctica y dinero en Marx”). Aquí destaco algunos puntos centrales.
Al proclamar, a comienzos de 2009, la nueva Constitución, Evo Morales convocó a luchar por la construcción del “socialismo comunitario” en Bolivia.














