“Aprovechar oportunidades” y política socialista

El 29 de junio pasado Alejandro Bodart, dirigente del MST, habló en el Foro de Debate del FIT-U. Su intervención duró poco más de 10 minutos. En ese lapso, mencionó 25 veces la palabra “oportunidad”, en referencia a las posibilidades de crecimiento del FIT-U, dada la mejora de Myriam Bregman en las encuestas. Bodart calificó la presente oportunidad de histórica y propuso los comités del FIT-U para aprovecharla (véase Argentina. Foro de debate del Frente de Izquierda: palabras de Alejandro Bodart – Liga Internacional Socialista).
Posiblemente muchos jóvenes desconozcan que este énfasis en la “oportunidad” viene de la corriente trotskista liderada por Nahuel Moreno (1926-1987), antecedente del PTS, IS y MST. Dedicamos esta entrada a esta cuestión.
Nahuel Moreno
En esencia, el planteo de Nahuel Moreno fue que el desarrollo de la izquierda depende de que sepa aprovechar las “oportunidades históricas”, que se presentan en determinadas coyunturas, para pasar de ser un pequeño grupo a tener influencia de masas. De manera que el crecimiento de la organización revolucionaria no sería gradual; en 1984 lo explicaba de esta forma:
“Hay una ley de hierro para los socialistas revolucionarios: si no somos una secta, toda gran oportunidad no aprovechada equivale a retroceso y crisis. Es falso todo proyecto evolutivo, de desarrollo gradual. Si seguimos [se refiere al Movimiento al Socialismo, en 1984] no iremos ‘lento pero seguros’ hacia adelante: vamos a ir rápido y seguro hacia atrás. Y, lo que es más grave, no vamos a responder a un problema de vida o muerte para la revolución en Argentina: o nuestro partido se transforma en un partido de masas, o se nuevo se va a perder esta gran oportunidad histórica revolucionaria que es la más grande que ha vivido nunca nuestro país. Si no respondemos construyendo aquí y ahora el gran partido de la revolución, firmemente enraizado, soldado con el movimiento de masas y la vanguardia obrera, la alternativa es un nuevo golpe [de Estado] y un nuevo genocidio, mucho peores que la dictadura que acabamos de derrotar” (pp. 27-28, Problemas de organización, Cuadernos de Solidaridad, Buenos Aires, 1984; énfasis nuestro). Moreno llamaba a la militancia a aumentar la venta de Solidaridad Socialista, y a formar en torno a él grupos de lectura “en miles de fábricas, oficinas, colegios, universidades y barrios obreros y populares” (p. 30, ibídem).
Esta política se complementaba con el llamado al peronismo a la unidad de acción contra el gobierno radical, “agente del FMI y del imperialismo estadounidense”. Así, cuando Alfonsín convocó a un plebiscito sobre los acuerdos con Chile por el Beagle, el MAS llamó a la corriente del justicialismo encabezada por Leónidas Saadi, gobernador de Catamarca, Jorge Cepernic y Nilda Garré, a la unidad para oponerse a la firma de la paz con Pinochet. Esa táctica permitía, según Moreno, incidir en la crisis del Justicialismo y eventualmente ganar a las bases que rompieran con la conducción justicialista.
Aunque esa ruptura no ocurrió, la unidad de acción con Saadi y compañía fue considerada positiva por Moreno: “no solo quedamos en inmejorables relaciones [con sectores de la dirección justicialista y cuadros medios], sino que comenzamos a aparecer como una alternativa de dirección frente al fracaso de sus direcciones” (p. 58, Conceptos políticos elementales, M. Petit y N. Moreno, Buenos Aires, Antídoto, 1986). Suena raro que una organización marxista se jacte de sus “inmejorables relaciones” con políticos burgueses, pero se lo justificaba como el precio a pagar para instalar al MAS en el debate público y ampliar la resonancia de las campañas electorales. En otras palabras, la unidad de acción con el peronismo (“frente” si se trataba de los sindicatos) era componente esencial del aprovechamiento de “la oportunidad histórica”.
La militancia y dirigencia de la corriente morenista se ha formado en estas orientaciones tácticas. Un caso extremo es el MST: en 2011 integró Proyecto sur, de Pino Solanas; y participó en las listas del Frente Cívico de Luis Juez, en Córdoba. Un caso ejemplar del “Figurar a como dé lugar”.
Sesgo nacionalista
Por fuera de consideraciones referidas al aprovechamiento de oportunidades, el llamado a la unidad de acción con el peronismo, en los 1980, tuvo como base la tesis de que Argentina estaba sometida a una explotación colonial, o semicolonial, por parte de EEUU y otras potencias. Esto es, el llamado del MAS a luchar por la liberación nacional tenía coincidencias con el discurso de una parte del peronismo. Por ejemplo, Saúl Ubaldini, principal referente de la CGT, planteaba el clásico “Patria sí, Colonia no” y convocaba a luchar por “la liberación nacional” ante manifestaciones sindicales masivas. Lógicamente, el no pago de la deuda cuadraba en estos planteos. Es que, según Moreno y Petit, la consigna enfrentaba “la explotación imperialista sobre el país y el pueblo” (p. 68, Conceptos…; énfasis nuestro).
O sea, según Moreno y Petit, el universo de “explotados” abarcaba no solo a los trabajadores (los que solo disponen de la fuerza de trabajo) sino también a la pequeña burguesía y el capitalismo nacional. Un planteo que recorre la historia del movimiento nacional. El resultado es que se desplaza la centralidad de la explotación del trabajo por el capital, para sustituirla por la contradicción “imperialismo vs pueblo”; o “acreedores vs deudores”; “capital financiero especulativo vs economía productiva” (esta última versión Alfonsín) y similares.
En oposición al planteo nacionalista, en notas anteriores hemos planteado que la burguesía criolla no es explotada por el capitalismo de los países desarrollados. Incluso se puede demostrar que la deuda externa sirvió para financiar, a lo largo de décadas, una masiva salida de capitales operada por la misma clase dominante criolla. O sea, no lo hicieron por órdenes del imperialismo. Todo lo cual significa que en un país como Argentina no está planteada la liberación nacional (para una discusión más detallada, aquí).
Enfatizamos entonces la importancia de la teoría de la plusvalía en la lucha por la independencia de clase (ruptura política e ideológica con el capital del explotado). Debería ser el fundamento último de cualquier táctica con vistas a “aprovechar oportunidades”. Pero esto no ocurre en el trotskismo argentino. La impronta nacionalista permea las tácticas de unidad de acción, el programa y las consignas que se agitan. Se evidencia en el llamado del MAS al PJ, en los 1980, a imponer un plebiscito sobre la deuda y la ruptura con el FMI. Antes de eso, en el entrismo en el peronismo, en los 1950 y 1960 (véase más abajo). También en la crítica al PJ por “inconsecuencia” o “cobardía” para enfrentar al imperialismo y al FMI. Y el mismo sesgo nacionalista se evidencia en la defensa de CKF por parte de Bregman (“Cristina K es una víctima del imperialismo yanqui”; véase aquí). Inevitablemente, el “aprovechamiento de oportunidades” con ese trasfondo nacionalista vacía al discurso de contenido crítico y socialista. Con el agregado del deslizamiento hacia el estatismo burgués (“somos fanáticos de la intervención del Estado”, aquí).
Consignas panaceas
La urgencia por “aprovechar oportunidades” también presiona sobre la forma que adopta la agitación y propaganda. Básicamente porque se pretende superar la ideología burguesa o pequeñoburguesa de las masas repitiendo unas pocas demandas que prometen soluciones sencillas a los males del capitalismo. Una idea que viene de las discusiones de Trotsky con sus partidarios norteamericanos, a fines de los 1930. Su consejo fue que era necesario “concentrar la atención de los trabajadores” en una o dos consignas “que presentamos como solución a la crisis”. Por ejemplo, la “escala móvil de los salarios y las horas de trabajo”, que definía como una presentación popular del “sistema de trabajo en la sociedad socialista”. Luego, establecida la consigna, había que maniobrar con ella: “repetir con insistencia, repetir todos los días y en todo lugar” (lo hemos citado en “Crítica del Programa de Transición”, Cuadernos de Debate Marxista, enero 2003).
Con sus naturales adaptaciones, es lo que hacen las organizaciones trotskistas para responder a la “oportunidad histórica”, sea en los 1980, 2000 o en 2026. Como es conocido, en Argentina la “consigna solución” es no pagar la deuda y romper con el FMI. Por lo tanto, los propagandistas y agitadores repiten machaconamente esa demanda. En este respecto es ilustrativo el balance que hacían Moreno y Petit de la campaña por el no pago:
“… desde el inicio de la campaña electoral de 1983… el MAS se identificó ante todo el país como ‘el partido del No pago’. Y fuimos tan maniáticos con nuestro planteo y nuestra insistencia, que nos ganamos por parte de la prensa y de los demás partidos político el nombre de ‘los locos del No pago’” (p. 69, Conceptos políticos…; énfasis nuestro). El slogan de no pagar la deuda habría sido “el mayor acierto de la campaña electoral”. Esto, que se decía y hacía 40 años atrás, se mantiene casi sin variantes. En toda ocasión que se les presenta, los militantes explican que si no se paga la deuda se pueden aumentar los salarios y las jubilaciones; mejorar la salud y educación pública; invertir en infraestructura, etcétera. O sea, tendríamos a disposición como país un remedio todo terreno.
Suena atractivo, pero es “venta de humo”. En primer lugar, porque la mayor parte de la deuda se paga contrayendo más deuda. El dinero que se piensa estaría a disposición de un gobierno popular, u obrero, para las mejoras prometidas, sencillamente no está. Lo que hay son promesas de pago que en su mayoría se refinancian una y otra vez con más promesas de pago. En segundo término, y más importante, es que si la medida no se articula con una serie de consignas transicionales, instrumentadas por los obreros en el poder, no hay solución favorable para las masas. Peor todavía, con frecuencia los trabajadores intuyen que las medidas aisladas no son una alternativa, y no las asumen. La gente termina escuchando la maníaca insistencia en el remedio social como quien oye llover. En ese caso, el efecto sobre la independencia de clase es mínimo.
Un berenjenal de “comités”
En los 1980 Moreno convocaba a grupos de lectura del periódico del MAS para aprovechar “la oportunidad histórica”. En 2026 los partidos del FIT-U llaman a integrar comités de apoyo. En ninguno de los casos se entiende por qué una medida de este tipo podría dar lugar a un aumento cualitativo de la influencia de la izquierda. Después de todo, cualquier militante siempre procura acercar a sus amigos y conocidos a la organización a la que adhiere. ¿Por qué entonces es tan importante la formación de esos comités? No se entiende.
Pero por otra parte, al haberse puesto el acento en una medida organizativa, en un escenario de competencia entre las organizaciones del FIT, terminó habiendo una inflación de propuestas de comités y coordinadoras. Así se registran los comités pro Bregman y FIT dirigidos por el PTS (con colaboración del MST); los comités unitarios dirigidos por IS y PO; las “Mesas de coordinación de las luchas sectoriales”, sugeridas por el PTS; y el Plenario Sindical Combativo, defendido por el PO e IS. Con un problema adicional: ¿cuál es el estatus de esos comités con respecto a los cuatro partidos que conforman el FIT-U? Una posibilidad es entenderlos como organismos de frente único para agrupar luchadores contra el gobierno de LLA. Otra interpretación es que sean organismos de apoyo al frente trotskista. Alternativamente, serían comités de simpatizantes del PTS y MST, por un lado; y del PO e IS, por el otro. Aunque esto deja abierta la pregunta de en qué instancia se decide la estrategia y política del FIT-U. ¿Los comités son solo organismos de difusión de las consignas decididas por las direcciones del FIT-U? ¿O tendrán poder de decisión? Al respecto, un antecedente que podría examinarse: a comienzos de los 1990 el MAS convocó a la izquierda opositora, (esto es, “la plaza del No” contra Menem), a participar de un Congreso Abierto, que se suponía a la vez partidario. Lo cual generó bastante desorientación. Lamentablemente estos berenjenales son inevitables cuando las maniobras y el tacticismo toman el mando.
Agreguemos también que habría que precisar que, sean como sean los comités, no hay manera de que hoy encarnen embriones de soviets. Hasta el momento no se advierte alguna corriente de masas que esté en ruptura con los partidos defensores del capitalismo, o apunte a una movilización independiente. Esto ocurre al margen de la buena imagen que pueda tener Bregman en la opinión pública.
Progreso evolutivo y “oportunidades históricas”
Como vimos, en Problemas de organización Nahuel Moreno sostuvo: “Es falso todo proyecto evolutivo, de desarrollo gradual”. Nos parece un error. Es que no hay saltos sin evolución (véase aquí). Concretamente, un partido socialista, en una situación revolucionaria, puede crecer rápidamente, pero para eso debe haber acumulado y preparado una cierta estructura militante, entrenada en las ideas del socialismo. Esto significa un proceso de agitación (pocas ideas a muchos) y propaganda (muchas ideas a pocos), en períodos en que no hay posibilidades de “saltos”. Sin este tipo de acumulación cuantitativa no hay cambios cualitativos.
Es curioso, sin embargo, que Problemas… reproduzca las “Tesis sobre la estructura, los métodos y la acción de los Partidos Comunistas”, de 1921, que subrayan la importancia del trabajo de preparación y educación socialista en el largo plazo: “Nuestra tarea más importante antes del levantamiento revolucionario declarado es la propaganda de la agitación revolucionaria (…) La propaganda y la agitación comunista deben inspirarse en las raíces más profundas del proletariado”. (…) “… es necesario dar un curso prolongado y completo [en el Partido Comunista] no solo a los propagandistas y agitadores de profesión, sino también a todos los otros militantes. Las principales formas de propaganda y agitación comunista son conversaciones personales, participación en los combates de movimientos sindicales y políticos… cada militante de un Partido legal o ilegal debe tomar parte regularmente de esta actividad” (citado en pp. 54-55). Aquí encontramos la idea de un trabajo partidario gradual. Esta también fue la experiencia del movimiento obrero inspirado en el socialismo científico.
Por otra parte, los objetivos de propaganda y organización deben ser acordes con la situación política, y el nivel de conciencia de la clase obrera, entre otros factores. De lo contrario, se lleva a la militancia a la frustración. Por caso, en 1984-1985, en Argentina, no había posibilidad de formar en miles de fábricas y barrios populares comités de lectura del periódico del MAS. Incluso era trabajoso colocar el periódico; y parte de la periferia que lo recibía apenas lo leía (una queja frecuente era “siempre dice lo mismo”).
Cuatro “oportunidades históricas”, según N. Moreno
Dado el peso que tuvieron en la formación política de muchos militantes, examinemos todavía un momento las “oportunidades históricas” que registró Moreno desde los 1940 a los 1980.
La primera habría ocurrido en 1944. En ese año, explica Moreno, surgió una nueva dirección obrera que barrió a las direcciones del PS y PC, fundó los sindicatos peronistas y se organizó en el Partido Laborista, “un partido de clase que votaba a Perón pero se mantenía independiente de él” (p. 25, Problemas…). Moreno admite que su grupo no pudo aprovechar esta “oportunidad histórica” por su extrema debilidad. Aunque de todas formas llegó a ser dirección gremial del frigorífico Anglo Ciabasa, por entonces la empresa más grande del país.
La segunda oportunidad habría ocurrido cuando cayó la burocracia peronista de José Espejo (líder de la CGT entre 1947 y 1953) y fue reemplazada por las 62 Organizaciones peronistas. Esta “oportunidad” se habría extendido desde 1952 a 1959. O sea, abarcaba los últimos años del gobierno de Perón y la posterior resistencia al golpe. Esta vez Moreno habría podido incidir en estos procesos, vía entrismo en el peronismo. En 1954-1955 el entrismo fue como fracción del Partido Socialista de la Revolución Nacional, una organización afín al Gobierno peronista. En 1954 Moreno lanzó la consigna “frente obrero” contra el golpe de Washington, la Iglesia, la oligarquía y las patronales criollas. También pedía que la CGT promoviera “ministros obreros” y un senador de extracción sindical para la línea de sucesión presidencial. El eje era antiimperialista.
Después del golpe de 1955, Moreno y su grupo hicieron un entrismo sui generis en el movimiento obrero peronista. Según Moreno, gracias a esa táctica su grupo llegó a tener influencia entre los activistas y obreros peronistas. Una consigna central fue la formación de un partido de los trabajadores, independiente de Perón y de la burguesía. Recordemos que en aquellos años el líder de la Unión Obrera Metalúrgica, Augusto T. Vandor promovía un “peronismo sin Perón”. Pero nunca se concretó ese posible PT.
La tercera “oportunidad histórica” fue el cambio de direcciones en el movimiento obrero que se produjo entre 1969 y 1975, con el Cordobazo, Agustín Tosco, Sitrac – Sitram (sindicatos de FIAT) y las Coordinadoras surgidas contra el Rodrigazo. El PST participó en estas luchas, pero no ganó a sectores significativos de la vanguardia obrera y popular.
Por último, la cuarta oportunidad sería la ya tratada, la de 1984-1985. Además de los grupos de lectura del periódico, y la propuesta al peronismo de unidad de acción, el MAS continuó llamando –figura en su Programa de 1985- a la dirigencia sindical peronista de izquierda, como Julio Guillán, de los telefónicos, a formar un Partido de los Trabajadores.
¿Qué balance?
Con respecto a la consigna “Partido de los Trabajadores”, sostenemos que a esta altura del desarrollo histórico del movimiento obrero, no existen direcciones sindicales “neutras” o sea, independientes de la ideología burguesa o pequeño burguesa (véase aquí). Habría habido algunas posibilidades (contempladas por Engels) a fines del siglo XIX, en EEUU, pero gradualmente fueron desapareciendo. Un partido como el Laborismo inglés –en el cual los comunistas militaron, en los 1930, como fracción pública- fue, claramente, un partido obrero, por su base, pero burgués por su programa, orientación y dirección. Desde hace décadas está plenamente identificado con el régimen burgués.
La idea de convocar a un Partido de los Trabajadores, de todas maneras, fue revitalizada por los mencheviques, en la Rusia anterior a la revolución (y rechazada por Lenin), y más tarde, en los 1930, por Trotsky, para EEUU. No tuvo éxito. La dirigencia sindical en EEUU en aquella época ya defendía abiertamente al capitalismo, a través de un keynesianismo reformista.
Similares consideraciones se aplican a otros experimentos de partido obrero independiente. Por ejemplo, el PT de Brasil, surgido de las luchas del movimiento obrero de San Pablo contra la dictadura militar en los finales de los 1970. Terminó siendo un partido de gobierno. Lo mismo ocurrió con Solidaridad de Polonia, fundada en los 1980, en oposición al régimen burocrático. En cuanto a Argentina, nunca existió la más mínima posibilidad de que el Partido Laborista de los 1940, dirigido por Cipriano Reyes y Luis Gay, evolucionara hacia posturas anticapitalistas. Tampoco que lo hicieran eventuales PT, liderados por dirigentes sindicales como Vandor, en los 1960. El planteo de un PT “independiente de la burguesía”, encabezado por esos personajes, no tenía asidero. Agreguemos que la consigna del PTS, “Por un nuevo movimiento histórico, por un partido de la nueva clase trabajadora” encaja en la línea tradicional del PT.
Por otra parte, tampoco dio resultado la táctica de llamar a sindicatos reformistas, a los partidos socialistas o comunistas, o a movimientos nacionalistas, a que asumieran demandas transicionales. En ningún país estas organizaciones rompieron con la burguesía; menos todavía se plantearon la toma del poder. Bajo presión en determinados momentos esas organizaciones podían firmar algún programa radicalizado, pero el asunto nunca pasó de ahí. Por ejemplo, la CGT aprobó programas avanzados (programas de La Falta, en 1957; de Huerta Grande, en 1962; los 26 puntos en los 1980), pero nunca cuestionó la ideología y objetivos del peronismo. Esto no fue obstáculo para que muchos trotskistas continuaran, durante años, exigiendo que la CGT asumiera esos programas.
Con respecto al entrismo, aconsejado por Trotsky en los 1930, no solo no permitió avanzar a las fuerzas revolucionarias, sino también fue motivo de desorientación y crisis (véase aquí, aquí). Los grupos trotskistas sufrían escisiones al momento de realizar el entrismo; y también cuando había que dar por terminada la experiencia. La cuestión de fondo es que no había posibilidad de que la socialdemocracia se radicalizara hacia posiciones anticapitalistas. En algunos casos, como fue el PS de EEUU, eran partidos ferozmente contrarios al marxismo. La militancia entrista poco y nada podía hacer para cambiar esa situación.
En cuanto al argumento de que el entrismo en el peronismo permitió que el grupo de Moreno avanzara en influencia sindical, es discutible. Influencia sindical no es sinónimo de influencia política. Todo compañero que haya militado en el movimiento obrero en Argentina lo sabe. Desde los 1940 a los 1970 ocurría que muchas veces los obreros elegían como delegados a militantes de izquierda porque los respetaban en tanto luchadores sindicales. Pero eso no significaba que coincidieran con sus ideas comunistas.
Por último, y en relación a la tercera “oportunidad histórica” que definía Moreno, la de 1969 a 1976, surge una conclusión: que no basta con ser un luchador consecuente para ganar influencia política en las masas. La idea de que para “aprovechar la oportunidad histórica” el partido marxista debe ser el más combativo, es equivocada. De hecho, en los años que van del Cordobazo al golpe militar hubo muchas organizaciones combativas, o que eran combativas a los ojos de la gente. Para mencionar algunas: Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo; Montoneros y sus organizaciones (la JTP en el movimiento obrero); Peronismo de Base; Partido Socialista de los trabajadores; Política Obrera; Partido Comunista Revolucionario; Vanguardia Comunista; Partido Comunista; Organización Comunista Poder Obrero. ¿Cómo determinar cuál era el más combativo, o consecuente en la lucha? La realidad es que la diferenciación pasaba por la política que desarrollaban estas organizaciones, sus programa y estrategias. Esto enlaza con nuestra crítica a la afirmación de que el partido marxista se define por ser el “partido de combate” (véase aquí).
No hay atajos
La conclusión que se desprende de esta historia es que no hay atajos para el desarrollo de las ideas socialistas, y la organización de la clase obrera. Una consigna o táctica pueden ser más o menos apropiadas a una coyuntura, y esto debe ser tenido en cuenta. Pero nada reemplaza la tarea de explicar por qué la clase obrera es explotada, por qué las luchas, por qué el socialismo, y qué proyecto de sociedad socialista defendemos. Naturalmente, dados determinados cambios en la situación política y social, puede acelerarse el desarrollo de la izquierda. Pero dada la fuerza que tienen hoy los marxistas, esos cambios son objetivos. No pueden provocarse “desde arriba”. Menos todavía con consignas “vende humo”, piruetas tácticas y flirteos con el nacionalismo y el estatismo burgués.
Una “oportunidad histórica” pendiente de balance.
Hacia fines de la década de 1980 era claro que los regímenes stalinistas empezaban a derrumbarse. Por entonces, muchos pensaron (pensábamos) que se acercaba “la hora del trotskismo”. Esto es, que se abría la posibilidad de introducir en la URSS y los países del centro de Europa la literatura trotskista, su programa y estrategia. Los trotskistas podían reivindicar su larga lucha contra la burocracia. Se sumaba una caracterización optimista de la situación mundial. Por ejemplo, a mediados de los 1980 la Liga Internacional de los Trabajadores, orientada por Moreno, sostenía que había nada menos que “una insurrección de masas a nivel planetario”. Se preparaba pues una revolución política, antiburocrática, de contenido obrero. Los trabajadores, pensábamos, retomarían las tradiciones socialistas: los soviets, la democracia obrera, el internacionalismo. Las masas en la URSS defenderían “sus conquistas históricas”, el legado de Octubre, el Estado obrero. No había razones para no ser optimistas.
Sin embargo, el sentimiento de triunfo terminó en frustración. La “hora del trotskismo” no sonó. Ya desde los primeros contactos, los trotskistas que viajaron a la URSS y otros países del bloque, encontraron que la mayoría de la gente que rechazaba a la burocracia aspiraba a un socialismo burgués tipo Suecia. Los trabajadores ni siquiera acordaban en que la URSS fuera un Estado obrero; o que la burocracia formara parte de la clase obrera. El trotskismo –en casi todas sus variantes- apostaba al desarrollo revolucionario en sentido socialista, pero lo que hubo fue restauración capitalista, y casi sin resistencia no solo en el bloque soviético, también en China, Yugoslavia, Albania, Vietnam. Las categorías teóricas –en primer lugar, la caracterización de la URSS como Estado proletario- saltaron por los aires. No había manera de encajar lo que ocurría en la URSS y demás regímenes “del socialismo real” con las caracterizaciones que se manejaban. Aquí hay un balance pendiente, y es fundamental.
El resultado fue que los grupos trotskistas se estancaron, cuando no retrocedieron. La situación todavía empeoró con lo ocurrido con “el socialismo siglo XXI” en Venezuela y el apoyo que dieron al chavismo decenas de intelectuales que se reclaman de izquierda y hasta marxistas. A lo que se agregan los regímenes del castrismo en Cuba; de los Kim en Corea del Norte; Daniel Ortega en Nicaragua.
En la conciencia de centenares de millones fracasó el proyecto socialista. Los trabajadores no ven alternativas al capitalismo. Hemos puesto sobre la mesa esta cuestión a raíz de elecciones en las cuales el 95% de los votos iban a partidos o coaliciones enemigas del socialismo, defensoras del capitalismo. Lo volvemos a plantear ahora: el “aprovechamiento de oportunidades” no puede abstraerse del debate sobre por qué y cómo se frustró la “gran oportunidad histórica”, la que supuestamente correspondía a “la hora del trotskismo”. La lucha de las organizaciones socialistas debe desarrollarse en el plano económico (por ejemplo, mejoras salariales); político (defensa de libertades, contra el fascismo, etcétera); y en el plano ideológico, o sea, con la llamada batalla cultura. Esta no se gana con la agitación maníaca de “consignas panacea”. Tampoco asumiendo las banderas del nacionalismo y el estatismo burgués; ni con inventos organizativos sacados de la galera. Es necesario mirar de frente a las dificultades.
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