El materialismo histórico y el culto a la personalidad

El objetivo de esta nota es llamar la atención sobre la manera en que se ha instalado en partidos y grupos de la izquierda argentina una peculiar exaltación de personalidades que son presentadas como potenciales líderes de las masas. Lo preocupante es que se las potencia no por su capacidad para intervenir, en base a una comprensión de la teoría marxista, en la lucha política y de ideas, sino porque poseen, además de su disposición a luchar (descontada en un militante socialista), determinadas características formales (formales en relación al contenido de la propaganda socialista). Por ejemplo, se promueve que el candidato sea joven (un activo que, obvio, se deteriora con el paso de las elecciones); o que sea simpático y transmita con alegría su entusiasmo revolucionario. Parecen recomendaciones de especialistas en marketing, orientados por algún focus group. De ahí los posters, por ejemplo, en los cuales el o la candidata aparecen “mirando al futuro”, sugiriendo un “síganme”. O la convocatoria a formar comités de lucha para militar y potenciar la figura elegida.
Por supuesto, se demanda una cierta capacidad del postulante a líder de masas para defender las posiciones del partido, pero este aspecto del asunto es fácil de cubrir. Es que el mensaje pasa por algunas “consignas solución” para los males de los explotados. El ejemplo paradigmático en Argentina es el no pago de la deuda externa: con esa simple medida, se dice, habría dinero para aumentar salarios y jubilaciones; impulsar la obra pública; y mejorar la educación y atención de la salud. Otro ejemplo, “vótenme para proponer en el Congreso que se prohíban los despidos”.
Es claro que para repetir estos discursos no es necesaria la crítica “a lo Marx” de la Economía Política, ni el materialismo histórico; menos aún la crítica al cretinismo parlamentario. Pero además, lo que falte en argumentos científicos puede ser compensado con las habituales dosis de juventud, simpatía y buen humor del candidato, o candidata, socialista. Por esta vía se opera entonces un vaciamiento del contenido crítico de la propaganda socialista. y se instala un discurso desprovisto de las nociones más elementales del marxismo (“plusvalía”, “explotación”, “capital”, “lucha de clase”, “materialismo histórico” y similares; véase aquí).
Una exaltación de la personalidad particular
La construcción de figuras mediáticas hacia la opinión pública con frecuencia va de la mano del culto a la personalidad del líder de la organización partidaria. Aunque hoy es un culto atenuado en relación a lo que se impuso en regímenes burocráticos (stalinismo, maoísmo, titoísmo, castrismo); o en regímenes de capitalismo de Estado (peronismo, aprismo, chavismo, para mencionar a algunos). Como señala Rafael Rojas (historiador y ensayista cubano): “Como la censura, la burocracia o la represión, el culto a la personalidad fue un componente central de los socialismos reales y regímenes comunistas del siglo XX y lo que va del XXI. No fue históricamente privativo de esos sistemas, ya que también hubo culto a la personalidad en los fascismos, los populismos y algunas democracias. Pero fue especialmente recurrente en experiencias históricas que postularon ideologías de Estado marxistas y leninistas” (Rafael Rojas: Marx, crítico del culto a la personalidad – América 2.1; 18/05/20211).
Rojas también destaca que Marx “fue crítico del culto a la personalidad, que percibió como un elemento de los nacientes despotismos modernos o “bonapartismos” de la segunda mitad del siglo XIX” (…) Pero Marx también atacó “… el narcisismo de líderes populares de la izquierda europea de la generación de 1848. Ahí están, por ejemplo, sus burlas a Mazzini y a Bakunin o a Marc Caussidière y Louis Blanc, al principio de El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), por creerse los Danton y los Robespierres de la nueva revolución”. Rojas también remite al poco conocido libro de Marx y Engels, con colaboración de Ernst Dronke, Los grandes hombres del exilio, de 1852
El materialismo histórico
Por su parte, Betzy Bravo García (investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales) escribe: “Hay una tendencia a creer en redentores y taumaturgos capaces de resolver por sí mismos los problemas sociales. Dicha tendencia, de acuerdo con Marx y Engels, refleja un problema más profundo: la ignorancia de las leyes sociales y materiales que, en última instancia, determinan el desarrollo histórico.
Olvidando las determinaciones económicas y sociales, quien rinde culto a la personalidad afirma que todo movimiento transformador del mundo existe solamente en la cabeza de una persona elegida y los destinos del mundo dependen de que esta cabeza, que encierra como propietaria privada toda la sabiduría, alumbre sus revelaciones para que la sociedad guíe su curso. Así como en la medicina se recurría a magos debido a la ignorancia de las leyes naturales, los “taumaturgos sociales” surgen como respuesta a la falta de comprensión de las leyes del mundo social”. (…)
Marx y Engels rechazan esta visión, enfatizando que el desarrollo histórico no depende fundamentalmente de figuras individuales “sagradas” o “iluminadas”, sino de procesos materiales y luchas sociales concretas. Igual que Rojas, Bravo García cita La ideología alemana (véase La crítica del culto a la personalidad 18/01/2025).
La ideología alemana
En el capítulo de La Ideología alemana que lleva por título “El Doctor Georg Kuhlmann de Holstein o La profecía del verdadero socialismo”, y en crítica a August Becker (representante del “verdadero socialismo”) Marx y Engels escriben:
“Faltaba el hombre… en cuyos labios cobrasen voz todos nuestros dolores y todos nuestros anhelos y esperanzas, en una palabra, todo lo que mueve en lo más íntimo a nuestro tiempo. En medio de estas pugnas y estos forcejeos de las dudas y las ansias, el hombre esperado tenía que surgir de la soledad del espíritu con la solución del enigma… Este hombre que nuestra época esperaba ha aparecido. Es el doctor Georg Kuhlmann de Holstein” (p. 649, Buenos Aires, 1985, Cartago y Ediciones Pueblos Unidos).
Marx y Engels tratan al doctor Kuhlmann de “charlatán vulgar” y “astuto impostor que no cree ni él mismo en la fuerza milagrosa de su elixir de vida… este inspirado doctor es un charlatán espiritualista, un devoto y creyente impostor…”. Más abajo:
“Así como los magos de la medicina y las curas milagreras responden a la ignorancia de las leyes del mundo natural, así también los taumaturgos sociales y las curas milagreras de la sociedad obedecen a la ignorancia de las leyes del mundo social, y el doctor mágico de Holstein no es, cabalmente, otra cosa que el pastor charlatán socialista de Niederempt” (p., 652).
Marx mantuvo la condena a los charlatanes y sus “soluciones mágicas” a lo largo de su vida. Así, en carta a Schweitzer del 13 de octubre de 1868, y en referencia a Lasalle y su consigna de ayuda del Estado a las asociaciones obreras con la consigna del sufragio universal, escribió: “… desde un principio [Lasalle], como cualquiera que declare tener en su bolsillo una panacea para los sufrimientos de las masas, dio a su agitación un carácter religioso y sectario. En realidad, toda secta es religiosa”. De hecho, esta sopa se repite una y otra vez. Soluciones mágicas + charlatanería + sectas (con su correspondiente divisionismo) son infaltables en la construcción artificiosa de un gran líder, o una gran lideresa.
Los grandes hombres del exilio
Los grandes hombres del exilio -escrito en 1852 por Marx y Engels y la colaboración de Ernst Dronke- es un libro poco conocido. En Argentina lo tradujeron al castellano Laura Sotelo (1965-2020) y Héctor A. Piccoli; fue publicado en 2015. En el Prefacio, escrito por Laura, leemos:
“Cuando se cavila un poco sobre Los grandes hombres del exilio se entiende que no fuera de la preferencia de los funcionarios socialdemócratas de fines del siglo XIX y que cayera apenas en gracia a los posteriores dirigentes de disciplina moscovita. El hecho de que líderes democráticos radicales [de las revoluciones de 1848] como Kinkel, o aún los más rojos, como Willich, fueran retratados como ególatras culturalmente conservadores, convencidos de su papel histórico supremo, debe haber sacudido con horror el conformismo intelectual socialdemócrata, y resultar también lesivo al autoritarismo soviético.
La forma paródica escogida por los comunistas para presentar a los revolucionarios democráticos del 48, no es independiente del contenido de los sucesos históricos que caracterizan el momento en que Los grandes hombres del exilio fue concebido: tras el golpe de Estado de Luis Bonaparte, el 2 de diciembre de 1851… “
Un ejemplo de la desmitificación de “los grandes hombres” lo tenemos en la manera en que se presenta el exilio democrático de 1848-1852, que había sido precedido por el de 1830-1831. Los antiguos exiliados “continuaban su labor de agitación proyectando planes de alcance universal, construyendo gobiernos provisionales y lanzando proclamas al mundo, a diestra y siniestra. Es claro que estos viejos charlatanes experimentados tenían que ser infinitamente superiores en conocimiento del asunto, a la nueva generación. Precisamente ese conocimiento del asunto, adquirido mediante una praxis de dieciocho años en conspirar, combinar, intrigar, proclamar, estafar impostar y abrirse paso a codazos, prestó al señor Mazzini [Giuseppe Mazzini, fundador de la Joven Europa, luchó por la unidad de Italia] el atrevimiento y la seguridad para instalarse como comité central de la democracia europea…” (p. 153).
Luego, en el capítulo 13: “Al completarse la emigración con los últimos fashionable arrivals [distinguidos recién llegados] llegó la hora en que debía intentar ‘organizarse’ a lo grande, constituirse en una legión completa. Era de esperar que estos intentos se transformaran en una enconada enemistad. La guerra literaria en los periódicos transatlánticos alcanzó ahora su punto más alto. Miserias personales, intrigas, cábalas, fanfarronadas; en estas ruindades se agotaron los grandes hombres”(pp. 201-202).
También se describe a los “jefes partisanos” (jefes de cuerpos de voluntarios) que producían las guerras en Alemania. “El jefe partisano, acostumbrado a actuar por iniciativa propia, se resiste a todo mando superior. Su gente se remite solo a él, pero también depende de ellos por entero”. El jefe combina el modo dominante e imperativo con la adulación de su gente. Más adelante: “El dirigente de un cuerpo de voluntarios debe tener… un núcleo de ideas fija, debe ser un hombre de principios, que tenga constantemente presente su vocación de redentor del mundo. (…) Si esta idea más elevada tiene un viso especulativo, místico, y más allá del sentido común… tanto mejor…” (pp. 204-205).
El 18 Brumario de Luis Bonaparte
Además de lo planteado por Rafael Rojas, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte Marx también desnuda la naturaleza del “gran hombre” que había dado el golpe de Estado de diciembre de 1852: “Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpen-proletariado, que sólo en éste encuentra reproducidos en masa los intereses, que él personalmente persigue, que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la única clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico Bonaparte, el Bonaparte sans phrase. Viejo roué [libertino], concibe la vida histórica de los pueblos y los grandes actos de Gobierno y de Estado como una comedia, en el sentido más vulgar de la palabra, como una mascarada, en que los grandes disfraces y las frases y gestos no son más que la careta para ocultar lo más mezquino y miserable (p. 67, edición Fundación Federico Engels).
El peso del análisis marxista está en la lucha de clases, y en el entendimiento de que “los choques de estas clases están condicionados, a su vez, por el grado de desarrollo de su situación económica, por el carácter y el modo de su producción y de su cambio, condicionado por ésta” (Prólogo de Engels a la tercera edición). Los rasgos personales del segundo Bonaparte juegan un rol, pero en el marco de esos condicionamientos objetivos. Lo cual no niega la importancia de desenmascarar la mentira que rodea “al gran hombre”.
Exaltación de la personalidad, electoralismo y lucha ideológica
A mediados de la década de 1980, siendo militante del Movimiento al Socialismo, cuestioné ante algún dirigente la exaltación personalista hacia quien era el principal candidato del partido, Luis Zamora. Ya por entonces su cara empezaba a ser parte significativa del mensaje electoral Me preguntaba pues, y preguntaba, cómo encajaba eso en la propaganda del socialismo revolucionario. Me respondieron con un contundente: “da votos”. Y desde entones el personalismo (vs materialismo) y la adaptación a las presiones electoralistas (vs agitación revolucionaria) no dejaron de potenciarse; aunque, naturalmente, fueron cambiando los personajes y los partidos.
En oposición a estos criterios sostengo que la crítica a la exaltación de las “personalidades” es parte de la lucha por la liberación de la clase obrera. En este punto confluyen los dos grandes descubrimientos de Marx, a saber, la concepción materialista de la historia y la teoría de la plusvalía. Son la base del socialismo científico (Engels en el artículo “Carlos Marx”, 1877). Lo decisivo no son los personajes sino las relaciones sociales, la lucha de clases, y su base, las fuerzas productivas. Pero esto se oscurece cuando la crítica es mediada por la exaltación personalista. Cuando ocurre eso se atribuye a la personalidad una fuerza social que en realidad no tiene. De ahí también la crítica de Marx a “los magos de la medicina y las curas milagreras”.
Lo central: la abolición de la explotación del trabajo asalariado será obra de los mismos trabajadores. Lo decía “La Internacional”: Ni en dioses, reyes ni tribunos, está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor.
Para bajar el documento: https://docs.google.com/document/d/1VygwK0C_5IV4c3ZnbH1HV3KWzlqlOeKcb0P2Rjw3uXM/edit?usp=sharing
















Dejá tu comentario