La ilusión del poder dual

Es una constante de los trotskistas agitar la consigna del «control obrero» frente a los más diversos problemas que enfrentan los trabajadores y el pueblo. Sin embargo, las experiencias de algunas empresas recuperadas por sus trabajadores, y las líneas políticas que se plantearon para estos casos, ponen en evidencia las limitaciones de esta táctica del «control obrero». En lo que sigue reproduzco una nota que escribí en febrero de 2008, a partir de la lectura de textos de organizaciones trotskistas en que se defendía esta orientación. Pienso que puede aportar a un necesario debate acerca de la táctica y estrategia de los marxistas en los tiemos que corren en Argentina.
En este escrito discutimos la estrategia de intentar establecer organismos de la clase obrera de poder dual, esto es, de poder independiente y enfrentado a la clase capitalista, el gobierno y el Estado, en los años 2000, en Argentina. Esta política es defendida, en lo esencial, por partidos trotskistas, y alcanzó notoriedad hace un tiempo en torno a las empresas recuperadas Brukman, textil de Capital Federal, y Zanón, fábrica de cerámica, de Neuquén. Nos importa la lógica que sustenta esta perspectiva política, sus consecuencias prácticas y sus efectos colaterales sobre la manera de pensar y hacer política en el movimiento obrero y otros movimientos sociales.
El trabajo se estructura de la siguiente manera. En primer lugar, presentamos nuestra interpretación sobre el significado y naturaleza de la lucha de las empresas recuperadas en Argentina, desde el 2000. En segundo término explicamos la estrategia de “estatización más control obrero” y argumentamos por qué es una política incoherente, que termina en la confusión y el fracaso. Por último, presentamos algunas conclusiones.
El despido de un proletario
Una tesis que ha circulado en las facultades de Económicas y Sociales, de la UBA, sostiene que los directores de empresas pertenecen a la clase obrera. Según esta visión, los ejecutivos son trabajadores que venden su fuerza de trabajo. Y aunque sea mano de obra calificada, sigue el argumento, no existe diferencia cualitativa con la de cualquier obrero subsumido al capital. Esta tesis la han defendido algunos marxistas, invocando la autoridad de Marx.
En otros escritos he planteado que es un disparate atribuirle a Marx esta idea. Los directores de las empresas representan al capital en funciones, y su tarea es dirigir la extracción de plusvalía de la clase obrera. Como tales, participan del botín de la plusvalía, aunque esa participación asuma la forma del salario. Marx explicaba que el empresario trabaja como capitalista, esto es, como explotador del trabajo ajeno. Por eso su salario depende de la cantidad de trabajo ajeno que es apropiado (véase El Capital, t. 3, sección 5). En cambio, el salario del obrero explotado está determinado por el valor de su fuerza de trabajo. Pienso que ésta es la única manera de mantener la coherencia entre la ley del valor trabajo y la teoría de la plusvalía.
De todas maneras lo importante de la polémica no reside en saber quién interpretó correctamente a Marx, sino en cuál de las dos posturas explica mejor lo que sucede en el mundo de las relaciones capitalistas.
El reciente despido del jefe de BP, Tony Hayward constituye una oportunidad para examinar el asunto. Hayward era el CEO de BP al momento en que ésta provocó el desastre del Golfo de México. Habiendo llegado a un punto en que su figura se tornó indefendible, Hayward dejó el cargo. Por lo cual ha sido remunerado con 1,6 millones de dólares, que equivalen a un año de su salario. También se le asignó el derecho a retirar dinero de un fondo que, valuado de manera conservadora, es de 17,6 millones de dólares.
No estoy aquí para discutir con los alumnos
El texto que presento a continuación lo escribí en marzo de 2009, y fue distribuido en la Universidad de Quilmes por la agrupación estudiantil El Túnel. Lo reproduzco ahora por pedido de estudiantes de otras facultades. Muchos me dicen que el comportamiento que critico aquí no es tan infrecuente como pudiera parecer.
Una alumna de la Universidad Nacional de Quilmes, que cursa en el área de Sociales, me paró hace poco en el ágora de la Universidad para consultarme sobre qué podía leer acerca de Marx y el capital financiero. Me comentó que necesitaba informarse sobre el asunto porque había tenido un principio de discusión con el docente de una materia que está cursando. Me resumió también cuál era su postura en el tema Marx/capital financiero, y la del docente. Le dije entonces que, por lo que me contaba, era ella la que tenía razón; y que podría ayudar fácilmente al docente a salir de su error recomendándole algunas lecturas de Marx. Pero entonces me explica que el docente cortó cualquier posibilidad de continuar con el debate con un “no estoy aquí para discutir con los alumnos”. Otra alumna, que estaba presente, me comenta que también había cursado con ese docente, y que había presentado un argumento similar un cuatrimestre anterior.
Confieso que no es la primera vez que me encuentro con alumnos que me refieren episodios en los que les impiden discutir o cuestionar en los ámbitos universitarios. Pero tal vez sea el grado de grosería del caso referido el que me lleva a hacer algunas reflexiones generales.
Pienso que lo más importante es entender que nuestro objetivo como docentes no es formar repetidores de textos (o de clases), sino gente que piense, y tenga capacidad de discernimiento y crítica. Lograr que un alumno repita “al dedillo” lo que hemos explicado en clase, sirve de poco. La clave es despertar curiosidad, y el ansia por mirar “el otro lado” de las cosas; o sea, lo que se conoce como un “escepticismo moderado”, que es determinante en el pensamiento científico. Pero nada de esto se logra si el docente impone un único punto de vista; si desalienta las reflexiones críticas; y cierra la puerta con un “no estoy aquí para discutir”. ¿Para qué está entonces? ¿Para descargar un monólogo? ¿Desde cuando el monólogo es mejor que el diálogo? Además, ¿por qué un alumno no puede discutir lo que le parece bien o mal de lo que se está enseñando? Máxime en ciencias sociales, donde hay muchos puntos de vista que están en discusión. Marx decía que la enseñanza en las ciencias sociales debía hacerse a partir del cruce de muchos puntos de vista. No veo por qué esto no sigue siendo válido hoy.
Discusiones sobre la renta agraria
El año pasado di a conocer, en mi página web, una respuesta a una crítica que me había hecho el profesor Juan Iñigo Carrera, en relación a la teoría de Marx de la renta (rolandoastarita.com “Respuesta a Juan Iñigo Carrera”, octubre de 2009).
Debido a que la teoría de Marx sobre la renta está casi al final del tercer libro de El Capital; y a lo intrincado de la polémica, en esta nota explico dónde está el meollo de mis diferencias. El problema básico que discuto es sobre la naturaleza y el origen de la renta de la tierra. Para explicarme, empiezo señalando dos puntos en los que coinciden no solo marxistas, sino también autores de otras tendencias.
En primer lugar, todos coincidimos en que la renta es la fracción de la plusvalía que va al propietario de la tierra. Este se apropia de la renta porque la tierra se puede monopolizar; es que nadie puede reproducir a voluntad terrenos.
En segundo término, coincidimos en que el precio de los productos de la tierra está determinado por la producción de las tierras menos fértiles; y que los propietarios de las tierras más fértiles reciben una renta diferencial.
Definida así la cuestión, se plantea la pregunta. ¿Quién genera el plusvalor que constituye la renta? Aquí es donde surgen las diferencias centrales. Juan Iñigo Carrera afirma que la renta se genera en el trabajo productivo no agrícola. Típicamente, sostiene, la renta se crea en el trabajo industrial, y se transfiere luego al terrateniente. En otras palabras, según Iñigo Carrera, la renta es plusvalía generada en una rama no agrícola.
Confieso que cuando comencé esta polémica, no tenía conciencia de lo difundida que está esta tesis entre los marxistas criollos. Marxistas independientes, algunos incluso docentes universitarios; colectivos que editan revistas marxistas, y organizaciones de izquierda, avalaron la idea.
Bhopal: por fin se hizo justicia…
¿Quién se acuerda en Argentina de Bhopal? Con seguridad, pocos; y la gente joven, posiblemente, ni siquiera sepa de qué se trata. Sin embargo, el nombre Bhopal quedó asociado, para siempre, con una de las peores catástrofes producidas por alguna empresa capitalista.
Sucedió en la noche del 2 al 3 de diciembre de 1984, en la planta productora de pesticidas de Union Carbide India, en Bhopal, en Madhya Pradesh, India. Esa noche hubo una fuga de 40 toneladas de un gas altamente tóxico, que produjo miles de muertos. Algunos fallecieron en minutos, pero otros fueron muriendo a lo largo de años. Si bien oficialmente se reconoce que hubo 3787 muertos, otras estimaciones elevan la cifra a 16.000, o incluso a 25.000. Muchos murieron luego de largas y penosas enfermedades. Se estima que hoy unas 100.000 personas padecen enfermedades crónicas, como cáncer y desórdenes neurológicos, como secuela de lo sucedido aquella noche de diciembre de 1984. Un estudio del gobierno indio estableció, en 2006, que en total había habido más de 550.000 heridos, de diferente gravedad.
A lo anterior se suma el daño ambiental de largo plazo. Un centro científico, no gubernamental, mostró que, en 2008, las aguas subterráneas estaban contaminadas con materiales químicos tóxicos en un radio de unos 3 kilómetros alrededor de la planta.
Durante todos estos años organizaciones ambientalistas y activistas han luchado por el correspondiente castigo. Muchas investigaciones llegaron a la conclusión de que en la planta había escaso mantenimiento; que se debilitaron sistemas de seguridad para ahorrar costos; que se almacenaban sustancias peligrosas en condiciones inadecuadas; que se utilizaba un método para la producción de pesticida que era más peligroso que el estándar, también para bajar costos; que se había establecido la planta muy cerca de centros densamente poblados; que se abusaba de operaciones manuales; que se ahorraba en entrenamiento de personal y se contrataba mano de obra de baja calificación, para pagar menos salarios. Varias investigaciones establecieron que las reglas de seguridad y los procedimientos de mantenimiento se habían descuidado durante meses.
Distribución del ingreso en tiempos K
Los defensores del gobierno K dicen que una de sus virtudes es haber mejorado la distribución del ingreso en Argentina. El modelo industrialista y desarrollista K habría disminuido las diferencias sociales. Eso establecería una diferencia fundamental con respecto a las épocas del menemismo. Alguna gente de izquierda está convencida de que esa mejor distribución del ingreso constituye una razón suficiente para apoyar, de alguna manera, al gobierno K. Muchos intelectuales de izquierda aplauden ese “logro”.
Los datos, sin embargo, no parecen dar un aval a esta creencia. La distribución del ingreso mejoró con respecto a lo peor de la crisis 2001-2002, pero no ha revertido la tendencia de largo plazo que operó en Argentina, que implicó un ahondamiento de las desigualdades.
Debido a que las estadísticas sobre distribución funcional del ingreso –que dice cómo se divide el producto entre los asalariados y los que perciben rentas y ganancias– están discontinuadas desde 1975, nos basamos en los datos sobre la distribución personal del ingreso.
El coeficiente Gini es un coeficiente que mide esta distribución. Cuando el coeficiente se acera a 1, significa que la distribución del ingreso es más desigual; y cuando se acerca a cero, es más igualitaria.
En 1974 el coeficiente Gini (calculado por el INDEC) era de 0,345. En 1981 aumentó a 0,389; en 1985 a 0.422; en 1990 a 0,457; en 1995 permanecía en 0,453; en 1999 aumentaba a 0,495, y sigue aumentando con la crisis de 2001-2002. Como consecuencia, en el tercer trimestre de 2003 era 0,534. Desde ahí comienza a bajar, pero desde mediados de la década tiende a estancarse, y no perfora los niveles promedio de los noventa (véase el cuadro).
Mitos sobre los tiempos K
Una idea muy difundida en ámbitos de las ciencias sociales progresistas y de izquierda es que la década de los noventa se caracterizó por el predominio del sector financiero especulativo, en tanto que a partir de 2002 habría prevalecido un modelo productivo. En los noventa los sectores productivos habrían encogido, en beneficio de las finanzas. El crecimiento habría sido meramente parasitario; no habría habido inversión productiva. En la década siguiente, habría ocurrido exactamente lo opuesto.
En esta nota presento algunas objeciones a esta visión, basadas en lo que dicen las cuentas nacionales, y en las categorías de Marx.
Veamos la participación del sector financiero en la economía argentina, entre los noventa y los 2000 (elaboración con datos del INDEC).
Participación de la intermediación financiera en el PBI
Crisis capitalista, ¿dónde estamos?
En lo que va del año los mercados financieros están metidos en una montaña rusa de “olas de optimismo y pesimismo”, en la mejor definición de Keynes. A comienzos del año, reflejando la creencia en una recuperación económica continuada, subieron las bolsas de valores, se mantuvieron relativamente altos los precios de las materias primas, y bajaron las tasas de interés para empresas. Pero después vino la crisis griega, precedida por el temblor que emanó de Dubai, y seguida por la incertidumbre en torno a la deuda española, irlandesa, portuguesa e incluso italiana. En consecuencia, a finales de abril aumentó la volatilidad en los mercados financieros; subieron las tasas interbancarias y los spreads que se pagan por los bonos de empresas; cayeron las acciones; y cayó el euro en relación al dólar y el yen. El spread de los bonos griegos llegó a superar los 1200 puntos básicos. Los bonos de Estados Unidos y Alemania, y el oro, volvieron a ser refugios de valor. Los pronósticos sobre una nueva caída de la economía global –la idea de un movimiento en W– cobraron fuerza.
Pero en las semanas siguientes la situación mejoró parcialmente. El euro recuperó algo del terreno perdido, subieron Wall Street –hacia el 20 de julio estaba un 7% por encima de su punto más bajo este año–, el petróleo y otras materias primas. Bajó la prima que se paga por la deuda griega, y de otros países. Las buenas ganancias presentadas por las empresas de Estados Unidos, más noticias alentadoras sobre perspectivas de los empresarios (ejemplo encuesta del verano boreal JP Morgan Markit, realizada a 11.000 corporaciones en todo el mundo), sustentaron el veranito. Pero no iba a durar. Al escribir estas líneas –12 de agosto– cobraron nueva fuerza los temores de una recaída de la economía. Wall Street está en terreno negativo en su rendimiento anual; el dólar está en los mínimos contra el yen en 15 años; el euro sufre ventas masivas; la Reserva Federal acaba de hacer pronósticos bastante sombríos, y otro tanto el Banco de Inglaterra sobre la economía británica; el déficit comercial de Estados Unidos sigue ampliándose (y demanda interna debilitándose); la creación de empleo en los países desarrollados está estancada; China se desacelera; los inversores nuevamente se refugian en los títulos de Estados Unidos, Alemania y en el oro.
La clase obrera llegó al paraíso
En los años ochenta y noventa del siglo pasado se puso de moda en círculos de la intelectualidad argentina la tesis de que el toyotismo, y más en general el “modelo” japonés (junto al escandinavo y alemán), constituían la vía para la conciliación progresista del trabajo y el capital. La idea provenía de la escuela francesa de la regulación, y fue tan bien acogida que por entonces era habitual que los autores regulacionistas vinieran a dictar conferencias a la Argentina sobre “las nuevas vías de regulación capitalista”. En lo esencial, sostenían que era posible y necesario un compromiso negociado entre el capital y el trabajo para la movilización de recursos humanos, para lograr la estabilidad laboral y “el involucramiento de operarios y empleados en la lucha por la calidad y la productividad”. Japón, sostenían, había inventado el toyotismo, que parecía abrir un mundo de posibilidades a través del “involucramiento”:
“Involucramiento significa que los trabajadores venden un trabajo más rico, más calificado, más inventivo; no se puede conseguir por la polivalencia de funciones, sino sólo por la calificación profesional y por formas de negociación donde los obreros sepan que cada nueva idea que colectivizan dentro de la empresa sirve para reforzar y mejorar su situación de trabajo” (Lipietz, 1994).
Las técnicas toyotistas para la producción especializada, y la gestión de los flujos constantes de materiales, requerían “la implicación de los operadores directos y su cooperación benévola con los cuadros e ingenieros” (Leborgne y Lipietz, 1994). Para esto tenía que haber “un capital con capacidad para realizar el compromiso”, y un sindicalismo responsable (Lipietz, 1994). Asomaba así en el horizonte un capitalismo progresista. La “especialización flexible” y el “involucramiento democrático” del trabajo en los procesos productivos, darían lugar a una alternativa frente a las “tendencias regresivas neofordistas” del capitalismo de Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia. Debido a que la “implicación negociada” sería más productiva que el “neotaylorismo o el neofordismo”, el modelo japonés acabaría por imponerse. No había lugar para los pronósticos sombríos de Marx, acerca del impulso del capital a aumentar la explotación, la descalificación y precarización del trabajo, o males de ese tipo. Recuerdo que por aquellos años (fines de los noventa) unos alumnos de la Facultad de Ciencias Sociales, de la UBA, me solicitaron una reunión para discutir qué vigencia podía tener El Capital, frente al mensaje que recibían en varias cátedras, por entonces devotas del credo regulacionista.
Patria bancaria en tiempos K
En el pensamiento progresista pro K se ha convertido en un lugar común sostener que el actual es un “modelo productivo”, por oposición al “modelo de dominancia financiera” de los noventa. Una oposición que se habría reforzado con la asunción de Marcó del Pont en el Banco Central.
Pues bien, en esta nota quiero apuntar a una pequeña cuestión que, me parece, no encaja del todo en esa idea tan generalizada. Tiene que ver con la operatoria del Banco Central, y de los bancos.
Como es sabido, desde hace años el Central está absorbiendo los dólares que se generan por el excedente de la balanza comercial, contra los que emite pesos. Por otra parte, y dado que la teoría monetarista ortodoxa (acatada por buena parte de la “heterodoxia”) sostiene que el aumento de la cantidad de dinero genera aumento de precios, el Banco Central realiza operaciones para reabsorber parte de lo que emite. Es lo que se llama esterilización. Consiste en colocar títulos del Banco Central (Lebac). Estas letras, que lógicamente rinden un interés, son compradas por los bancos.
A julio de 2010 el valor global de las Lebac en manos de los bancos asciende a 57.000 millones de pesos, en términos redondos (dato que tomo de la página web del BCRA). Las Lebac a 90 días están pagando un promedio de 12% de interés anual. Los bancos, a su vez, están pagando a los ahorristas una tasa de alrededor del 9,5% anual por depósitos a treinta días. Esto significa que le prestan al Estado, sin riesgo, al 12%, y pagan a los ahorristas el 9,5%. Dado el monto, 57.000 millones de pesos, los bancos obtienen un ingreso neto de unos 1.400 millones de pesos anuales. Un bonito rendimiento, basado en un apalancamiento que, subrayo, no representa riesgo alguno. Aquí no existe inversión productiva de ninguna naturaleza. Es pura bicicleta financiera, y apropiación de plusvalía, a través de los canales estatales. ¿Alguien me puede explicar cómo encaja esto en las categorías usuales?
NOTA: Agradezco a un viejo amigo, quien me sugirió el problema.
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