Respuesta a Ariel Petruccelli

El 27 de abril pasado subí la nota “Discusiones en el FIT-U sobre elecciones y toma del poder”. Es una crítica de la Carta Abierta (en adelante CA) “La izquierda ante un gran desafío”. Mi nota fue respondida por Ariel Petruccelli, uno de los autores de CA, Sobre algunas repercusiones de la carta abierta “La izquierda ante un gran desafío”. En esta entrada respondo a sus críticas.
Mi posición, según Petruccelli
Petruccelli escribe: “Astarita… parece asumir una dicotomía entre acceso al gobierno por medios electorales y cambios revolucionarios genuinos”.
Es una formulación confusa de lo que sostengo. Preciso entonces: sostengo que los revolucionarios no deben asumir ninguna responsabilidad por la conducción del Estado burgués. Lo cual conecta con el hecho de que el acceso a la presidencia por vía electoral no es sinónimo de la toma del poder por la clase obrera. Este es el punto central. Si un partido obrero y socialista triunfara en una elección presidencial debería, inevitablemente, poner en cuestión su relación con el aparato estatal. Una transformación revolucionaria no puede hacer abstracción de esto. Las preguntas que adelanté en mi nota, acerca de la relación entre un eventual gobierno socialista y las fuerzas armadas, la Justicia, y el poder del Estado en general, tienen que ver con esto. Por eso, no estamos ante una simple “dicotomía” (una división entre acceso a la presidencia por vía electoral y el aparato estatal), como sugiere Petruccelli, sino ante el choque de una posición “socialista” dentro del Estado y la necesidad de terminar con el aparato de Estado burgués.
El tema además se relaciona con el carácter de clase de un eventual “gobierno de trabajadores”. En mi nota sostuve que un gobierno de los trabajadores que se adaptara a la convivencia con el Estado y el régimen burgués sería un gobierno “obrero-burgués”. De ahí la relevancia de las “condiciones reales” para una transformación revolucionaria lanzada desde una presidencia “socialista”. Por ejemplo, si el gobierno obrero-socialista propone el control obrero de la producción, o la estatización de la banca, etcétera, pondrá sobre el tapete la cuestión de con qué poder se combate la resistencia y sabotaje de los capitalistas, y la contrarrevolución. Problemas que ya asoman cuando los socialistas agitan demandas transicionales (al socialismo) en condiciones de dominio “normal” del capital, y se potencian en un escenario revolucionario y de toma del poder. Por eso la preocupación, que expreso en mi nota, ante argumentos, de CA, como “Milei no tenía ninguna estructura ni experiencia de gobierno… ¿la izquierda no puede hacer lo mismo?”
Petruccelli también afirma que exagero las posibilidades revolucionarias que contemplaría CA. Sin embargo, fue CA la que puso en debate la cuestión de la toma del poder a partir del eventual triunfo del FIT-U en las presidenciales 2027. CA fue la que sostuvo que hay “signos que sugieren la posibilidad de una radicalización en sentido opuesto [a la radicalización de derecha]”. Fueron, a su vez, los dirigentes del PTS, Bregman y Castillo, los que “pusieron paños fríos” a la posibilidad de que el FIT-U gane las elecciones presidenciales de 2027 y pueda iniciar un proceso revolucionario. Argumentaron que todavía no están dadas las condiciones para un tal gobierno de izquierda: “falta desarrollo de organismos de doble poder tipo soviets, una clase obrera organizada y movilizada, etc. (…) una cosa es estar en el gobierno y otra es tener el poder”… en las actuales condiciones cualquier gobierno de la izquierda sería bloqueado por los grupos que detentan el poder que no están dispuestos a perder ninguno de sus privilegios”. Fue CA la que criticó esta posición de Bregman y Castillo. Fue CA la que dijo que es equivocado “colocar el énfasis en que no están dadas las condiciones para gobernar…”. Por eso, CA metió lo de Lenin, 1917y la audacia leninista. Escribí la nota con esto presente.
Petruccelli, de todas formas, encuentra motivo para atacarme: “Astarita sostiene que, según la carta, “se abre entonces la posibilidad de que el FIT-U gane las elecciones presidenciales del próximo año. Es un poco mucho. Aunque la posibilidad que menciona no es descartada por nuestro texto, la evaluación de la situación es bastante más matizada”. Pero si esto es así, ¿por qué CA critica a Bregman y Castillo por supuesta falta de “audacia”? ¿Por qué los critica cuando dicen que no están dadas las condiciones para la toma del poder?
Sobre las demandas “más concretas y detalladas”
CA sostiene que “es necesario que las organizaciones revolucionarias den muestras de la mayor resolución, que muestren “vocación de poder”… para iniciar una transformación revolucionaria que requerirá, también, de propuestas programáticas más concretas y más detalladas que las que solemos expresar en la arena pública”.
El punto de arranque de la transformación revolucionaria pasa pues por lanzar propuestas “más concretas y detalladas”. Sin embargo, esa esperada “transformación revolucionaria” por ahora es abstracta, pura especulación. ¿Cómo se pueden elaborar entonces demandas “más concretas y detalladas” para un acontecimiento que por ahora no aparece por ningún lado? ¿Qué seriedad tiene entonces el planteo? Por otro lado, si esas demandas “más concretas y detalladas” son para el ahora, ¿por qué no las avanzan ya? Aunque… ¿cuánto “más concretas y detalladas” deben ser las demandas para generar algún cambio sustancial en términos de inserción de las propuestas del FIT-U en las masas?
Por otra parte, y en continuidad con lo que escribimos en la nota, entre las cuestiones a resolver por un gobierno revolucionario, enclavado en un Estado burgués, estaríann sus relaciones con las Fuerzas Armadas, con el aparato de Justicia y otras instituciones burguesas. ¿Se responden con un poco más de “concreción”? No lo parece. Petruccelli, de todas formas, dice que mis preguntas lo ponen contento. ¿Es todo? ¿No habría que estar discutiendo esos “detalles” si se piensa que se puede tomar el poder Ejecutivo en un plazo cercano? ¿No habría que hacer públicos esos “detalles”? ¿O es que se deben disimular por ahora dadas las urgencias electorales?
Pero además, el FIT-U se viene presentando a elecciones con un programa. ¿Su problema es que le faltan “detalles” y “concreciones”? Así como está, ¿no es apto para la futura irrupción revolucionaria del proletariado? En todo caso, ¿piensa CA que las dificultades para ganar a las masas se deben a que algunas demandas no estén del todo bien detalladas, o deban ser formuladas de manera más “concreta”? ¿En serio piensan eso?
Dice también CA: “Elaborar un esbozo de este programa, exponer al debate público diferentes opciones y posibilidades, podría ser una tarea gigantesca de politización de masas”. ¿Acaso el programa del FIT-U, o de los otros grupos trotskistas, no se “expone al debate público”?
Agrega CA: “En Argentina existen condiciones como para que todo esto se discuta en las calles, las fábricas, las aulas y las plazas”. Pero si es así, ¿por qué no se están discutiendo hoy en las calles, fábricas y plazas las propuestas de Bregman? ¿Seriamente piensan los autores de CA que la falta de esa “elaboración colectiva” se superará precisando algunas demandas de un programa que, después de todo, se propagandiza más o menos en los mismos términos desde hace décadas?
Por otro lado, con este trasfondo, en mi nota pregunté: “¿Qué diferencia sustancial hay entre este “programa mínimo”, pero “transicional”, que propone CA con lo que habitualmente agitan el FIT-U y sus organizaciones? No veo dónde está el punto. CA dice que para llegar al gobierno y levantar a las masas el FIT-U debe presentarse a elecciones… con un programa más o menos igual al que levantó el FIT-U en todas las elecciones en las que se presentó. ¿Dónde está el cambio que permitiría “aprovechar la oportunidad histórica de la toma del poder?”. Petruccelli escribe: “La verdad es que es difícil saber cómo responder a estas preguntas”. No tengo comentarios a esta admisión de Petruccelli.
“Acción unitaria de base” ¿sobre qué base?
.Petruccelli escribe: “La Carta sugería una forma de acción unitaria de base en torno a la perspectiva de un gobierno de trabajadores y la candidatura de Bregman, al tiempo que llamaba a construir una propuesta de gobierno más detallada de lo usual…”.
Se impone una pregunta elemental: ¿Qué ocurre con las actuales “acciones unitarias de base”? La realidad es que ni siquiera entre las fuerzas del FIT-U (todas con la misma fuente originaria, el trotskismo) aparece esa unidad (de contenido, no meramente formal). Ni en elecciones universitarias, ni en luchas sindicales, ni siquiera para un acto del 1° de mayo. Bregman toma un poco de aire en las encuestas, y el PTS hace su acto de 1° de mayo, sin importarle un rábano lo que les pasa a los otros integrantes del frente. Pero no son solo acciones ante eventos determinados. Las críticas entre los partidos del FIT-U y aledaños, incluyen calificativos de todo tipo. ¿Todo esto va a desaparecer porque se convoque a la izquierda a militar por “Bregman a la presidencia, y un programa más “concreto y detallado? Agrego: la fórmula “acción unitaria de base” es una abstracción con respecto a “las bases” del FIT-U. Recuerda un poco a la consigna de “frente único por la base”. Como si las bases no reconocieran direcciones políticas, como si estuvieran en el aire.
Estatismo burocrático o programa socialista
Petruccelli: “Astarita afirma: “no hay revolución socialista ´desde arriba´ (impuesta desde los ministerios, desde el Comité Central de “El” partido revolucionario).” Estoy completamente de acuerdo. Lo que no logro comprender es en dónde cree ver en la Carta una defensa del socialismo desde arriba o alguna añoranza burocrática”.
Por favor Petruccelli, no mires para otro lado. Es que un programa se define no solo por lo que sostiene por la positiva, sino también por lo que critica y niega. Los trotskistas, y los militantes con pasado trotskista, deberían saberlo: El Programa de Transición, el “modelo” del programa revolucionario para las organizaciones del FIT, no solo plantea las cuestiones por la positiva, sino también se delimita (delimitación es negación), entre otros, del reformismo burgués, del frentepopulismo y del ultraizquierdismo. No solo se pronuncia contra la estrategia frentepopulista, sino también denuncia su rol en España y cuando habla de Francia, por caso, menciona a Leon Blum y su partido, con todas las letras. No hay evasivas. Así, a un defensor del frentepopulismo le quedaba claro qué opinaba el PT de la línea política que apoyaba. Otro ejemplo es el Manifiesto Comunista, y su programa para la revolución de 1848. Su crítica “a los socialismos burgués, pequeñoburgués, reaccionario”, define también la posición por la positiva de los socialistas revolucionarios.
Pues bien, sostengo que hay que aplicar el mismo criterio con respecto a los socialismos burocráticos o pequeñoburgueses nacionalistas, que hoy concitan el apoyo de buena parte de la izquierda. Hay que decir que el socialismo revolucionario se opone frontalmente, por caso, al socialismo siglo XXI; y a los regímenes burocráticos –y sustentados en la explotación de la clase obrera- como es el de los Kim en Corea, o el castrismo en Cuba. Hay que rechazar explícitamente la represión de los críticos y opositores y plantear la defensa de las libertades democráticas (incluido el derecho a la autodeterminación nacional). Un proyecto socialista debe diferenciarse de esos “socialismos” que han llevado a verdaderos desastres: migraciones de millones; desestructuración social; hambre y pobreza generalizada; hundimiento de las fuerzas productivas y quiebra del proyecto socialista en la conciencia de las masas. Es que para millones de seres humanos el socialismo “es eso”. Trotsky alguna vez dijo que el daño más grave que había provocado el stalinismo había sido a nivel de la conciencia de clase. Hoy esa afirmación tiene validez multiplicada. No es un tema de “detalles”. Estamos en el corazón del problema.
Programa y discursos electorales
Lo planteado en el apartado anterior conecta con la necesidad de que la crítica socialista, y el programa revolucionario se diferencien de manera explícita, del nacionalismo burgués y pequeñoburgués estatistas. Por caso, frente a la inflación, ¿qué sentido tiene proponer el control de precios, “pero en serio”? ¿Puede ser esto parte de un programa económico del socialismo? Otro caso, el desempleo. ¿Cómo es posible que se sostenga que la desocupación se pueda eliminar con una ley que prohíba los despidos? Esto es cretinismo parlamentario de la más pura cepa. ¿Por qué no se dice la verdad a las masas, a saber, que en tanto exista el capitalismo no podrá eliminarse la amenaza del desempleo? Algo similar ocurre con respecto al Estado, la corrupción y los altos funcionarios. ¿Cómo es posible que desde la izquierda se absuelva a la corrupción “antiimperialista y nac & pop” (véase aquí)? ¿Qué tiene que ver eso con la crítica marxista?
Para terminar, sobre el trotskismo y mi militancia
Petruccelli me critica por mi “excesivo anti-trotskismo”. Concretamente, sostiene que padezco, en compañía de Ediardp Sartelli, de “los excesos del converso”. Escribe: “ambos fueron en su momento militantes trotskistas que, con el tiempo, se pasaron a un anti-trotskismo a mi juicio excesivo. Hay muchas críticas legítimas que se pueden hacer a la tradición trotskista (y no me he privado de hacer varias de ellas). Pero cualquiera que no esté completamente enceguecido deberá reconocer que son casi la única tradición revolucionaria que ha logrado a lo largo del tiempo mantener cierto grado de organicidad política, minoritaria pero no insignificante, sin arriar las banderas revolucionarias”.
Empiezo precisando algunas cuestiones. En primer lugar, es cierto que milité unos 20 años en el trotskismo. Rompí con esta corriente entre 1990 y 1991, o sea, hace más de 30 años. Mis cuestionamientos iniciales fueron a la tesis del estancamiento secular del capitalismo. Y a la caracterización de que a principios de los 1990 se estaba desarrollando una revolución política, de contenido socialista, en la ex URSS y en otros países del “socialismo soviético”. Sostuve que desde 1914 y hasta 1990 había habido un indudable desarrollo de las fuerzas productivas; y que en los países del bloque soviético no avanzaban revoluciones socialistas, sino restauraciones capitalistas. Estas posiciones me valieron la expulsión del movimiento trotskista (entendido en sentido amplio). En los años que siguieron profundicé en esas cuestiones. Entre ellas, en la dinámica de la acumulación y crisis capitalistas: lo que me llevó a cuestionar la teoría leninista (defendida por Trotsky y los trotskistas) sobre “el capitalismo monopolista”. También sobre el rol del capital financiero. A su vez, agregué otros cuestionamientos:
a) Crítica a la caracterización de la URSS y similares como “Estados proletarios burocráticos”; también a la caracterización de la burocracia soviética como una fracción de la clase obrera.
b) Crítica a la explicación de las derrotas del movimiento obrero y socialista “por la traición de las direcciones de masas”.
c) Crítica de la táctica de agitación de demandas transicionales en situaciones de dominio “normal” de la clase capitalista. Vinculado a esto, defiendo la validez de la división –tradicional en el movimiento obrero y socialista- entre el programa máximo y mínimo.
d) Crítica de las políticas estatistas, o pro capitalismo de Estado, frecuentes en el movimiento trotskista (aunque no es claro en Trotsky).
e) Crítica del programa de “liberación nacional” en países capitalistas dependientes.
f) Cuestionamiento de la validez de las tesis de la Revolución Permanente (en la mayoría de los países atrasados no está pendiente una revolución democrático burguesa).
g) Crítica de los métodos de supresión de voces críticas y de opositores en muchos grupos trotskistas. Aquí debo sumar la crítica de la represión del gobierno bolchevique al Kronstadt, en 1921.
A la vista de este listado tiene razón Petruccelli en que mi posición frente al trotskismo es muy crítica. Sin embargo, se imponen dos aclaraciones. La primera es que muchas de estas críticas derivaron, lógicamente, de los primeros supuestos cuestionados. No tienen que ver con un “exceso de converso”. Cuando cuestionamos los fundamentos de una corriente político-ideológica, como es el trotskismo, donde las categorías están orgánicamente conectadas, la mayor parte del edificio se ve afectada. Así, cuando se suprime la tesis del estancamiento económico crónico del capitalismo se socava de raíz la lógica que recorre el Programa de Transición. Por caso, ya no se puede afirmar que el capitalismo es incapaz de conceder mejoras “serias” -económicas o democráticas. La segunda aclaración es que he seguido reivindicando, al menos, cuatro posiciones claves de Trotsky:
a) Su crítica al programa de construir el “socialismo en un solo país”.
b) Su crítica de los frentes populares.
c) Su rechazo de las tácticas ultraizquierdistas frente al nazismo, y su defensa del frente único.
d) Sus sugerencias acerca de cómo encarar la planificación socialista por parte de un Estado obrero (véase La revolución traicionada).
Examinemos ahora el mérito que Petruccelli atribuye al trotskismo: haberse mantenido como una tradición revolucionaria. Admitamos que es un logro. Pero hay que preguntarse a qué costo en materias de elaboración teórica y análisis se mantuvo esa tradición revolucionaria. Mi respuesta: al costo de una dogmatización a prueba de cualquier crítica e inmune a la evidencia empírica. Por caso, todavía hoy se sigue afirmando que el Programa de Transición (nada menos que el programa de fundación de la Cuarta Internacional) es correcto y no hay nada sustancial que cambiar. Pero las premisas de este programa son el estancamiento crónico de las fuerzas productivas; la imposibilidad del capitalismo de otorgar cualquier mejora “seria” (democrática o económica) a las masas; la caracterización de que millones de explotados se vuelcan a la revolución y son traicionados sistemáticamente por las direcciones reformistas y burocráticas de los partidos obreros y los sindicatos. ¿Cómo se pueden seguir sosteniendo estas cosas? ¿Cómo se puede entender lo que ocurre en el mundo con semejante planteo? Sin embargo, se acusa de “revisionista” (o peor, de “apologista del capitalismo”) al que se atreva a cuestionar.
En el mismo sentido, en el trotskismo se ha mantenido, contra viento y marea, la caracterización de la URSS, del bloque del Este, Yugoslavia (titoísta), Cuba, China (maoísta), Vietnam del Norte, etcétera, como “Estados obreros burocráticos”. Con esas categorías el trotskismo abordó las intervenciones del Pacto de Varsovia en Hungría, Polonia, Berlín Oriental, Checoslovaquia la invasión soviética a Afganistán; y la caída del Muro de Berlín y de la URSS. Fue un fracaso y de proporciones. En particular, porque se confundió lo que era una restauración capitalista con un supuesto ascenso revolucionario contenido obrero y socialista. Con ese esquema no había manera de dar cuenta de lo que ocurría. Al respecto, es relevador el hecho de que cuando trotskistas de Occidente empezaron a introducir, a fines de los 1980, libros de Trotsky en la URSS y Europa del Este, una de las principales objeciones que les planteaba mucha gente (incluso que se reclamaba de izquierda) era por qué consideraban “proletario” al Estado soviético; y a los burócratas que lo dirigían “parte de la clase obrera”. Basados en la tesis Estados proletarios, los trotskistas esperaban que las masas resistieran la restauración capitalista (“la defensa de las conquistas de Octubre”), pero la restauración capitalista casi no encontró resistencia. ¿Nada que revisar en la teoría, en las categorías de análisis?
Aquí apelo a una experiencia personal: En 1990 fui invitado por un grupo trotskista (aclaración para los troskólogos, gente que había estado con Healy) que organizó una conferencia en Budapest (pero había pocos húngaros). Pasados tres o cuatro días de sesiones, planteé a mis anfitriones que todo indicaba que Hungría, y el resto del Este, marchaban hacia la restauración del capitalismo. ¿Qué respuesta me dieron? Pues que el capitalismo no podía reconquistar esos países porque “está históricamente agotado”. Más tarde, en Londres, y previo a mi viaje de regreso a Buenos Aires, mantuve una larga discusión con uno de los dirigentes. El tema fue la tesis del estancamiento crónico. Llegó un punto en que mi interlocutor admitió que las fuerzas productivas se habían desarrollado en los anteriores 80 años. Sin embargo, no podía admitirlo “porque cuestionaría las bases teóricas del Programa de Transición” (textual). Meses después, ese mismo compañero escribió un largo artículo denunciando mi “revisionismo e impresionismo”.
Doy otro ejemplo: muchas veces he intentado provocar reflexiones acerca de afirmaciones subjetivistas que se hacen en documentos básicos del trotskismo. Entre ellas, el pasaje en que el Programa de Transición afirma que “los monopolios bancarios organizan milagros de la técnica… y organizan también la vida cara, las crisis y la desocupación” (al pasar, ¿a quién le puede extrañar que Bergman explique la inflación en Argentina por “la codicia de los capitalistas”?). He citado esas líneas en intercambios con trotskistas. Nunca percibí la menor señal de duda. Trotsky no podía equivocarse, al menos en el programa fundacional. Otro caso, la explicación de las derrotas de la clase obrera “por las traiciones de los dirigentes”. ¿Desde cuándo el marxismo explica los movimientos de masas y la dinámica de la lucha de clases “por las traiciones”, y estas a lo largo de décadas? No importa, la historia de “todo se debe a las traiciones de los dirigentes” no se mueve. Otro caso: el balance de la táctica de agitación transicional. He formulado el asunto en términos de pregunta: ¿me pueden decir en qué país, región, tiempo, tuvo éxito la táctica transicional recomendada por Trotsky en los 1930? Hace ya más de 90 años que grupos trotskistas, en las más diversas circunstancias, la aplican siguiendo las recomendaciones de Trotsky. En ningún lado tuvo éxito. Sin embargo, no se saca el menor balance. Algo similar se puede decir de las tácticas de “entrismo” en la socialdemocracia, recomendadas por Trotsky en los 1930, y continuadas luego por muchos grupos (en especial en Inglaterra, en el Laborismo).
Volviendo entonces a lo que rescata Petruccelli como logro del trotskismo, la tradición revolucionaria, agrego que fue a costa de una cerrazón que poco y nada tiene que ver con la ciencia y el pensamiento crítico. Una iglesia política (hay corrientes trotskistas orgullosas de ser “ortodoxas”) preserva, pero congela y ahoga el pensamiento y la crítica. Así termina en la esterilidad. Aunque durante algún tiempo algunos grupos engorden, nada cambia en sustancia.
Para terminar, agrego una última cuestión. Se refiere a los métodos brutales de acallar críticas y voces disidentes. Sus efectos no se limitan a la vida interna de los grupos, o partidos trotskistas. Petruccelli habla de “excesos del converso”. Pregunto: ¿no tienen nada que ver en estas relaciones las expulsiones y las difamaciones que llueven sobre los críticos?: fundido; pequeñoburgués individualista; apologista del capitalismo; menchevique (= contrarrevolucionario); revisionista (= ibídem) y similares. En uno de los grupos trotskistas en que milité (y de donde me expulsaron por disidente) sus dirigentes preferían “fundir” a un militante antes de que se fuera a otro partido trotskista (y se enorgullecían en voz alta de semejante bestialidad). ¿Excesos de defensa de la tradición revolucionaria? La cosa llegaba al extremo de que se cuestionaba al militante que mantuviera una relación de amistad con el “converso expulsado”. “¿Por qué hablás con ese enemigo del partido?” Pregunta de un viejo dirigente de un partido trotskista a un militante que mantenía una relación de amistad conmigo. “Cordón sanitario” en torno a los “apestados”. Todo sea para quebrar moralmente al crítico, al que cuestionó. ¿Cómo se puede tapar todo esto y reducir las críticas a algo así como son “taras del converso”? ¿No hay límites?
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