Adam Smith según Milei. Una crítica desde el marxismo

Días pasados, en una visita a Tucumán, invitado por la Fundación Federalismo y Libertad, Javier Milei hizo una fuerte reivindicación de la Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (en adelante RN), de Adam Smith: «Tengo intención en el día de hoy de describir las contribuciones esenciales de Adam Smith que tienen consecuencia directa en la forma en la cual nosotros diseñamos nuestras políticas públicas», declaró. “En mi perspectiva las riquezas de las naciones, lo que plantea es el crecimiento económico”. [Smith] “cuenta de la fábrica de alfileres, una persona se dedicara a hacer todo, no va a poder pero si es experto, y pudiera, no podría hacer más de 20 por día. Ahí separa en actividades la fábrica entre 10 personas, crecía la productividad del hombre. Se incrementa el trabajo y el producto. La división del trabajo incrementa la productividad y esto es interesante sobre todas las estupideces que se dicen hoy”.
También: “Cuando aparece alguien y genera una invención y se crea un producto destruye otras cosas, pero compras algo de mejor calidad y a mejor precio. Reasignas el empleo a otra persona y sos más productivo. Ese proceso no es instantáneo pero no es cierto que se rompe una empresa instantáneamente, se necesita una modernización y flexibilización laboral, como hicimos. Se necesitaba una modernización para que no haya sufrimiento en este proceso”.
Y para cerrar su intervención se refirió a “la mano invisible”: “La forma en la que lo entendemos desde el orden espontáneo, cada uno guiado por su propio interés conduce al bienestar general”. Agrega que aunque no lo desarrolló en su libro (RN) “lo venía haciendo desde antes”: Smith “pondera “la competencia y la apertura, donde se pelea con los mercantilistas en 250 años nada cambió” («En 250 años, nada cambió»: Javier Milei defendió la reforma laboral a través de La Riqueza de las Naciones POLÍTICA El Intransigente). Milei también sostuvo que la teoría del dinero contenida en la RN es un antecedente de la teoría cuantitativa del dinero, en la que se basa la política monetaria de su gobierno de LLA.
Estas ideas fueron reafirmadas en una columna escrita por Milei que publicó Clarín el 5 de abril. Además de elogiar la tesis smithiana de la “mano invisible”, planteó que “una sociedad trabajadora y frugal progresará mientras otras se hundirán”. E insistió en ubicar la teoría del dinero de Adam Smith en la tradición del monetarismo, a través de la influencia de Hume.
Los libertarios quedaron deslumbrados. El asesor Santiago Caputo lo sintetizó: “claridad meridiana del Presidente sobre la trascendencia histórica de Adam Smith y sus aportes a la ciencia económica” (en La Nación, 7 de abril). Texto de “lectura obligatoria”, dicen los mileístas.
El propósito de esta nota es analizar, desde un enfoque marxista, (o sea, basado en la crítica de Marx a Adam Smiht) lo expuesto por Milei. Accesoriamente, en algunos pasajes nos referimos a las críticas que hizo Murray Rothbard (principal referente intelectual de Milei) a Adam Smith.
Ubicación histórica, ¿nada cambió?
Empecemos con la afirmación de Milei de que en los últimos 250 años “nada cambió”. Es un muy mal comienzo para entender a Smith. En la segunda mitad del siglo XVIII Gran Bretaña estaba en transición de la era del capital comercial a la del capitalismo industrial. En la economía británica se extendía la manufactura (división del trabajo), pero las contradicciones del capitalismo eran incipientes. Las crisis cíclicas de sobreproducción no se conocían. El conflicto entre capital y el trabajo no se había desarrollado. Además, Smith no presta casi atención a la Revolución Industrial (introducción de máquinas textiles y el motor de vapor) de la que era contemporáneo. Su reivindicación de la libertad de comercio iba dirigida principalmente contra los terratenientes (hostiles a la libre importación del grano de América) y los monopolios amparados por el Estado (como la Compañía de las Indias Orientales). Este es el contexto social e histórico en el que Smith escribe RN.
El rol del egoísmo y resultados inintencionados
Tal vez el pasaje más famoso de la RN es el que dice “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas” (p. 17 RN). El individuo, al perseguir su interés, es llevado “por la mano invisible” de la competencia a aumentar el beneficio de la sociedad de manera más efectiva que si se hubiera propuesto esa mejora. En otros términos, el agregado de las acciones individuales se traduce en la mejora del colectivo, aunque no haya sido intención de los individuos provocar esa mejora. Hacemos algunas observaciones.
La primera observación la planteamos en modo de pregunta: ¿el resultado no buscado obedece a leyes sociales objetivas, esto es, que se imponen a los seres humanos por fuera de su voluntad? La pregunta apunta al meollo del planteo austriaco, y de los neoclásicos. Es que si se imponen leyes sociales objetivas, no puede sostenerse que “los gustos y preferencias” (el deseo de maximización, egoísmo, etcétera) de los agentes gobiernen el crecimiento económico. En ese caso habría leyes objetivas, que se impondrían a los seres humanos, por encima o por fuera de sus intenciones. Una conclusión que es indigerible para los defensores del individualismo metodológico (el todo se explica por la suma de las partes), y en particular, para los partidarios de la teoría subjetiva del valor.
En ese respecto, Rothbard es consciente del problema y por eso critica a Smith. Señala que en principio Smith adopta una posición correcta: dos individuos intercambian sus bienes si ambos se benefician del mismo. De lo contrario, no lo realizan. Sin embargo, Smith no mantiene esa idea y gira el foco desde el beneficio mutuo a “una alegada irracional e innata propensión a intercambiar y trocar”, como si los seres humanos fueran animalitos “determinados por fuerzas externas a sus propios propósitos elegidos” (Rothbard, p. 442).
El tema es de importancia para las ciencias sociales. Es que, en el enfoque de los clásicos (Ricardo en primer lugar) y de Marx, las leyes económicas son objetivas. El ejemplo más directo de esto es la ley del valor trabajo. Esta se impone por vía de la competencia entre los productores privados. Engels lo explica: una sociedad basada en la producción de mercancías “tiene la peculiaridad de que en ella los productores pierden el dominio de sus propias relaciones sociales. Cada cual produce para sí con los medios de producción que casualmente tiene, y para sus necesidades individuales de intercambio. Ninguno de ellos sabe que cantidad de su artículo llegará al mercado, cuánta se necesita y usa realmente; nadie sabe si su propio producto va a encontrar una necesidad real, si va a poder cubrir gastos, y ni siquiera si se va a poder vender. Reina la anarquía de la producción social. Pero la producción de mercancías, como cualquier otra forma de producción, tiene sus leyes características, inherentes, inseparables de ella, y esas leyes se imponen a pesar de la anarquía, en la anarquía y a través de la anarquía. (…) El producto domina a los productores.” (Engels, 2014, p. 366). Marx lo dice en El capital: “La libre competencia impone las leyes inmanentes de la producción capitalista, frente al capitalista individual, como ley exterior coercitiva” (Marx, 1999, t. 1, p. 326). Por ejemplo, si cada capitalista busca ampliar la producción para ganar participación en el mercado, el resultado puede ser no solo el desarrollo de las fuerzas productivas, sino también la crisis de sobreproducción, y la caída de las ganancias.
El laissez faire que defiende Smith tiene este contenido: la competencia libre, sin cortapisas. Las tendencias del capitalismo se despliegan bajo el látigo de la competencia. Pero esto no es dominado por los seres humanos. Por eso, el error de Smith no es haber planteado que el resultado de las acciones individuales puede no coincidir con lo que esperan o intentan los individuos, sino haber naturalizado comportamientos humanos que están socialmente determinados. Así, el impulso a comerciar, en la sociedad productora de mercancías no deriva de una pretendida “naturaleza humana”, como pensaba Smith, sino de las relaciones sociales en que están inmersos los individuos. Esto es, lo social tiene prioridad explicativa sobre lo individual. Smith nunca supera el planteo de fondo (el deseo de comerciar es “natural”), pero tuvo el mérito de reconocer que de la agregación de acciones individuales pueden derivar resultados no pensados, que los individuos no gobiernan. Rothbard es consciente de lo destructiva que es esta tesis para el sistema austriaco. De ahí la virulencia de su crítica a Smith. ¿Y Milei? Pues nada, ni palabra sobre el conflicto planteado.
En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, si pueden existir resultados no esperados y no beneficiosos, surgidos del accionar libre del mercado y de la competencia, puede requerirse la acción del Estado en determinadas áreas: la defensa nacional, la administración de Justicia, determinadas obras públicas (ampliamos más abajo con el listado de Rothbard). Nada de esto sería contradictorio con la RN. Un ejemplo de este tipo de intervención, cercano a los tiempos de Smith y Ricardo, fueron las medidas del Estado británico, por sobre los capitalistas individuales, para poner límites a la sobreexplotación del trabajo, que amenazaba con acabar “con la gallina de los huevos de oro”. Entre otras, limitación de la jornada laboral, mínimos de edad para el trabajo infantil, alguna prevención elemental de higiene en los talleres. Nada de esto fue realizado por “la mano invisible”. “La legislación fabril, esa primera reacción planificada y consciente de la sociedad (énfasis nuestro) sobre la figura natural del proceso de producción es… un producto necesario de la gran industria, a igual título que el hilado de algodón, las hiladoras alternativas automáticas y el telégrafo eléctrico” (Marx, 1999, p. 585, t. 1).
Por último, señalemos que el caso presentado por Smith, el carnicero, cervecero, panadero y comprado, desconoce lo esencial de las relaciones capitalistas. Es que supone tres propietarios de sus negocios más un propietario de dinero que satisface sus necesidades comprando carne, cerveza y pan. Esa es una sociedad de productores independientes de mercancía; no es capitalismo. Pero en el modo de producción capitalista la clase obrera solo dispone de su fuerza de trabajo. Por lo tanto están obligados a trabajar bajo las condiciones que imponen los dueños del capital: recibir menos valor que el valor que agregan con su trabajo. La alternativa a esa aceptación es la indigencia o el morirse de hambre. El “egoísmo” de los asalariados en eso no tiene nada que ver (para una ampliación, referida a Milei, aquí).
Un tema para la interna liberal
Rothbard critica a Smith porque este defendió la intervención del gobierno en la economía en los siguientes ítems: 1) Regulación de los billetes de banco; 2) realización de obras públicas, incluyendo caminos, puentes y puertos; 3) acuñación de moneda; 4) correo postal; 5) construcción obligatoria de fire walls (protección contra incendios); 6) registro obligatorio de hipotecas; 7) algunas restricciones a la exportación de granos; 8) prohibición del pago en especie a los empleados, obligando a que sea en dinero (véase Rothbard, p. 466). Además de proponer la educación básica a cargo del Estado; la prohibición de la usura; la defensa nacional y la administración de justicia por el Estado. ¿Por qué Milei no habla del asunto cuando elogia la “mano invisible”?
División del trabajo, productividad y los silencios de Milei
Buena parte de la reivindicación de la RN por parte de Milei gira en torno a la división del trabajo como motor del crecimiento económico. Smth explicó las ventajas de la división del trabajo con el ejemplo de una fábrica de alfileres. El trabajo de hacer un alfiler se divide en muchas operaciones (18, dice Smith), con las siguientes consecuencias: a) aumenta la destreza del obrero, se reduce el tiempo de fabricación y se gana en perfección del producto; b) se ahorra el tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una actividad a otra; c) al simplificarse las operaciones se crean máquinas que facilitan y abrevian el trabajo. De manera que al aumentar la escala de la producción, aumenta la división del trabajo; en consecuencia, se abarata el producto y se amplían los mercados. Milei presenta esta división como el sumun de la teoría económica. Señalamos algunos problemas.
En primer lugar, no dice que con este planteo Smith da mucha importancia a los rendimientos crecientes a escala. O sea, cuando aumenta la escala de la producción bajan costos y aumenta la productividad. Una idea que desapareció en la teoría económica “ortodoxa”. Es que si los rendimientos son crecientes a escala, los grandes productores se comen a los peces pequeños, y la economía tiende a la concentración.
En segundo término, y más relevante, si los rendimientos son crecientes a escala, la explicación del salario (o de la ganancia) por rendimientos decrecientes no se sostiene. Sobre esta cuestión, y Milei, véase aquí.
Tercero, Milei pasa por alto que Smith no distinguió conceptualmente (o sea, en algún sentido profundo) la división del trabajo al interior del taller y la división del trabajo a nivel de la sociedad, que está mediada por el mercado. El tema es importante. Es que, como explica Braverman (1982), “Mientras que la división social del trabajo subdivide a la sociedad, la división detallada del trabajo [como ocurre en la fábrica de alfileres de Smith] subdivide a los humanos, y mientras la subdivisión de la sociedad puede enaltecer al individuo y la especie, la subdivisión del individuo, cuando es realizada sin consideración para las capacidades y necesidades humanas, es un crimen contra la persona y la humanidad” (p. 93). Al ignorarse esta distinción surgen típicamente comentarios como “La diferenciación social y la división del trabajo son atributos universales de la sociedad humana” (ibídem). Se naturaliza así la extrema fragmentación de las actividades que se opera al interior de la empresa capitalista. Subrayamos, la crítica no tiene que ver con la división del trabajo en la sociedad, sino “con el desmenuzamiento de las ocupaciones y los procesos industriales; no con la división del trabajo en ‘la producción en general’ sino dentro del modo capitalista de producción en particular” (p. 95, ibídem).
Cuarto, Milei no dice que Smith es consciente de que la división del trabajo reduce los tiempos de trabajo necesarios para producir determinado bien. El acento está puesto en el trabajo, en los costos de producción, no en la demanda, como es típico en la teoría austriaca (Menger y seguidores, incluido Milei).
Quinto, Milei exagera el grado de novedad del planteo de Smith. Al respecto, Marx escribe: “Smith no formula ni siquiera una sola tesis nueva con respecto a la división del trabajo. Pero lo que lo distingue como el economista en que se compendia el período manufacturero es el énfasis que pone en dicha división” (p. 424 t. 1 El capital). Algo similar dice Rothbard: Hutcheson, Hume, Turgot, Mandeville, James Harris y otros economistas habían analizado, antes de la publicación de la RN la importancia de la división del trabajo en el desarrollo económico. Señalemos otros tres problemas, posiblemente más graves, que Milei silencia. El primero, la alienación.
Deshumanización de los trabajadores
Escribe Smith: “Con los progresos en la división del trabajo la ocupación de la mayor parte de las personas que viven de su trabajo, o sea la gran masa del pueblo se reduce a muy pocas y sencillas operaciones; con frecuencia a una o dos tareas. Consideremos sin embargo que la inteligencia de la mayor parte de los hombres se perfecciona necesariamente en el ejercicio de sus ocupaciones ordinarias. Un hombre que gasta la mayor parte de su vida en la ejecución de unas pocas operaciones muy sencillas, casi uniformes en sus efectos, no tiene ocasión de ejercitar su entendimiento o adiestrar su capacidad inventiva en la búsqueda de varios expedientes que sirvan para remover dificultades que nunca se presentan. Pierde así, naturalmente, el hábito de aquella potencia y se hace todo lo estúpido e ignorante que puede ser una criatura humana. (…) Es incapaz de juzgar acerca de los grandes y vastos intereses de su país, y al no tomarse mucho trabajo en instruirse será también inepto para defenderlo en caso de guerra” (pp. 687-688, RN). Marx cita este pasaje (en p. 441, t. 1 El capital) y agrega: “Para evitar el descaecimiento completo de las masas populares, resultante de la división del trabajo, Adam Smith recomendaba la instrucción del pueblo por cuenta del Estado, aunque en dosis prudentemente homeopáticas” (ibídem).
Estos pasajes conectan con la crítica del Marx joven a la alienación del trabajo. Esta consiste, en primer lugar, en que “el trabajo es algo exterior al trabajador, algo que no forma parte de su esencia” (Marx, 1987, p. 598). Esto es, el trabajador no se afirma en su trabajo, no se realiza ni reconoce en el objeto que produce ni en la actividad de trabajar. “… [el obrero] no desarrolla al trabajar sus libres energías físicas y espirituales, sino que por el contrario mortifica su cuerpo y arruina su espíritu” (ibídem). Si bien Marx afirma que la Economía Política “oculta la enajenación contenida en la esencia misma del trabajo”, en Smith hay elementos para el desarrollo de esa crítica. Pero los austriacos –Milei incluido- rechazan de lleno el planteo crítico.
En este puntpo es ilustrativa la posición de Rothbard. Afirma que Smith “sembró grandes problemas para el futuro al introducir la queja sociológica crónica acerca de la especialización que fue tomada rápidamente por Karl Marx y ha sido elevada a un elevado arte por quejumbrosos socialistas acerca de la alienación” (Rothbard, p. 442). Sostiene también que hay contradicción entre decir que la división del trabajo es el motor del desarrollo económico, y que la división del trabajo genera alienación (este argumento es tan absurdo que causa pena: La causa A puede dar lugar al efecto B, negativo; y al efecto C, positivo).
Más insostenible, Rothbard afirma que no existan los trabajos alienantes en el capitalismo. Simplemente es un tema de “quejosos sociólogos socialistas”. Para su discípulo Milei, ni siquiera eso. Ni siquiera se le ocurre preguntarse qué libertad de desarrollo espiritual puede tener alguien obligado a realizar la misma tarea repetitiva, ocho horas al día, durante meses y años.
Desvalorización de la fuerza de trabajo, control del capital sobre el trabajo
Milei y Rothbard también pasan por alto que con la extrema división del trabajo al interior del taller se genera una capa de obreros no calificados y se desvaloriza la fuerza de trabajo. Acerca de esta consecuencia de la división del trabajo Marx escribe: “La desvalorización relativa de la fuerza de trabajo a causa de la supresión o mengua de los costos de aprendizaje implica directamente una mayor valorización del capital, pues todo lo que reduce el tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo expande los dominios del plustrabajo” (Marx, 1999, pp. 426 – 427, t. 1).
Pero además, la división del trabajo en la empresa capitalista se inserta en una larga trayectoria de intentos del capital por aumentar su dominio sobre el trabajo. Los mismos incluyen el maquinismo (el obrero es atado al ritmo de la máquina); el taylorismo (los métodos científicos de management y cronómetro sobre el trabajo); la cadena de montaje; la fábrica toyotista. Como plantea Coriat, a lo largo de esta historia el capital pretende: a) la reducción de costos al reemplazar trabajo calificado por trabajo descalificado; b) aumentar de los ritmos de trabajo; c) debilitar la organización obrera, ya que los trabajadores sin calificación están en peores condiciones para negociar sus salarios; d) luchar contra la insubordinación y la indisciplina obrera. Ure, conocido teórico de la organización industrial, decía que la principal dificultad en el maquinismo “consistió en obligar a los hombres a renunciar a sus costumbres de trabajo desordenadas e identificarse con la invariable regularidad del complejo automático” (citado por Coriat, p. 17). Subrayamos, el significado de la extrema división del trabajo no puede entenderse al margen de esta historia.
Naturalmente, la precarización del trabajo, el debilitamiento de las organizaciones sindicales, la facilitación de los despidos, la caída de los salarios reales, impulsadas por el gobierno de LLA, se inscriben en esta larga saga de ofensivas del capital, y el Estado capitalista, sobre los trabajadores. Se comprende que Milei no tenga interés en conectar la división extrema del trabajo que describe Adam Smith, con la historia y naturaleza del conflicto entre el capital y el trabajo.
La división del trabajo, ¿único motor del desarrollo económico?
Milei presenta la división del trabajo (sin distinción si es social o interna a la empresa) como si fuera casi el único impulsor del desarrollo. En contraposición, Rothbard señala que Smith exageró la importancia de la división del trabajo en el crecimiento económico, en detrimento de la acumulación de capital (fijo) y el desarrollo de las máquinas. Tiene parcialmente razón, pero, como señalamos más arriba, en el último cuarto del siglo XVIII el maquinismo todavía era incipiente. Distinto, sin embargo, es el lugar desde el cual Milei mira el desarrollo económico. Es que a esta altura es imposible sostener que el crecimiento económico depende exclusivamente de la división del trabajo. Afirmar tal cosa es una simplificación absurda, similar a la que adelantan los neo-institucionalistas (como Douglass North) cuando pretenden que basta con garantizar los derechos de propiedad intelectual para que haya desarrollo capitalista.
La realidad es más compleja, como muestran muchos estudios en historia económica, especialmente de los neo-schumpeterianos. En primer lugar, la adquisición de tecnologías no es lineal. Existen interacciones, por lo menos, entre las empresas, las organizaciones de investigación y desarrollo, y el Estado. Por eso es necesario prestar atención a la interdependencia entre los sectores, a los feedback positivos y negativos y a los círculos virtuosos y viciosos, así como a las relaciones entre las instituciones y su capacidad para adaptarse. Todo apunta entonces a que la innovación tecnológica es el resultado de un proceso social. Freeman y Soete (1997) muestran, por ejemplo, cómo en el surgimiento de la Revolución Industrial se conjugaron una serie de factores, como la revolución agrícola, los mayores derechos de la burguesía, el desarrollo de las universidades, los progresos de la física, entre otros. Para acercar el argumento al presente, no es gratuito para el desarrollo que un gobierno ahogue y desarticule la universidad pública, los centros estatales de investigación y desarrollo, y semejantes. Es inconcebible, además, decir que todo eso no importa “porque la división del trabajo arregla los problemas”.
Smith y la teoría del valor trabajo
Para los mercantilistas la ganancia era “ganancia de enajenación”, surgía de comprar barato y vender caro. Para Smith –aunque con inconsecuencias teóricas- la ganancia es producto del trabajo.
La noción de que la fuente de la ganancia (y la renta) es el trabajo humano enlaza con la idea de Smith de que en la época anterior al capitalismo (“en el estado primitivo y rudo de la sociedad”, p. 47 RN), las mercancías se intercambiaban según los tiempos de trabajo empleados para su producción, y que el valor iba enteramente a los productores. Si esto era así en el estadio primitivo, algo había cambiado de manera fundamental para que, en el modo de producción capitalista, la ganancia fuera apropiada por los capitalistas. Escribe Smith: “Pero este estado originario, en que el trabajador gozaba de todo el producto de su propio trabajo, solo pudo perdurar hasta que tuvo lugar la primera apropiación de la tierra y acumulación del capital. (…) Tan pronto como la tierra se convierte en propiedad privada, el propietario exige una parte de todo cuanto producto obtiene o recolecta en ella el trabajador”. Agrega que la “segunda deducción que se hace del producto del trabajo empleado en la tierra” es el beneficio del empresario que adelanta el capital (véase p. 64 RN).
En otro pasaje escribe: “… el valor que el obrero añade a los materiales se resuelve en dos partes, una de ellas paga el salario de los obreros y la otra las ganancias del empresario sobre el fondo entero de materiales y salarios que adelantó. El empresario no tendría interés alguno en emplearlos si no esperase alcanzar de la venta de sus productos algo más que lo suficiente para reponer su capital…” (p. 48 RN).
Esta es la formulación científica del valor por parte de Smith. Como observa Marx, en ese pasaje “el valor de cambio (el precio) se resuelve en cierta cantidad de trabajo”. Esto es, después de deducir las materias primas el valor “se resuelve en la parte que se paga al trabajador y en la parte que no se paga, compuesta por la ganancia y renta del suelo” (p. 184 t. 2 Teorías de la plusvalía). Este sería el punto de partida para una explicación científica del mercado y del modo de producción capitalista. Pero Smith no mantiene la idea. De nuevo, citamos a Marx: “Después de demostrar esto, da media vuelta de repente y en lugar de resolver el valor de cambio en salarios, ganancia y renta del suelo declara que estos son los elementos que constituyen el valor de cambio: construye el valor de cambio de la mercancía con los valores de los salarios, la ganancia y la renta del suelo, que se determinan en forma independiente y por lo tanto por separado”. Según el primer enfoque existe una única fuente del valor, el trabajo humano. Marx considera que es el aspecto científico de la obra de Smith. Es científico porque, igual que los fisiócratas o Ricardo, Smith busca “captar los vínculos internos del fenómeno” (p. 374, t. 3, Teorías). En el segundo enfoque, propio de la economía vulgar (Marx) el valor se conforma a partir de la agregación de partes independientes. Es la manera en que aparece, a nivel superficial, la relación entre el trabajo vivo, el valor y la plusvalía. Sobre esta base el economista vulgar dictamina que el trabajo contribuye al valor del producto con el salario; el capital (los medios de producción de hecho) con la ganancia, y el suelo con la renta.
Lo destacable es que Smith se da cuenta de que en el capitalismo aparece una desigualdad que no está presente en el intercambio entre productores independientes: la cantidad de trabajo contenido en la mercancía que vende el productor coincide con la cantidad de trabajo contenido en la mercancía que adquiere. En el capitalismo, en cambio, una cantidad de tiempo de trabajo puede adquirir más horas de trabajo. O sea, como señala Marx, en la producción capitalista “el salario del obrero ya no es igual a su producto” (p. 340, t. 2, Teorías…). Por caso, con una mercancía que contiene 5 horas de trabajo se puede contratar una fuerza de trabajo a emplearse durante, digamos, 8 horas. Por eso, el poder de compra sobre el trabajo (labor commanded) no coincide con la cantidad de trabajo empleado en la producción de la mercancía (por eso el labor commanded no puede ser una medida del valor, como pretendió Smith). Estamos al borde de una teoría de la plusvalía. Pero Smith no explica por qué y cómo surge esa diferencia. Sin embargo, señala Marx, es un mérito haberse dado cuenta de que había un cambio.
Estamos muy lejos de la explicación neoclásica o austriaca del valor y el valor de cambio. No es de extrañar que Milei mire para otro lado cuando discursea sobre los aportes de Smith a la ciencia económica.
Interludio 1: Rothbard sobre la teoría smithiana del valor
Rothbard fue consciente de la necesidad de eliminar todo lo que pueda oler a trabajo como fundante del valor. Ataca entonces la teoría del valor de Smith. Sostiene que la misma había sido “un total desastre” (p. 448), un desbarranque con respecto a los antecesores, incluido Hutcheson (maestro de Smith). Según Rothbard, a partir de los escolásticos, y por siglos, “el valor y el precio de un producto estaban determinados primero por su utilidad subjetiva en las mentes de los consumidores, y en segundo lugar, por la escasez relativa o abundancia del bien que era evaluado” (p. 448). Sin embago, en la RN la escasez relativa no juega prácticamente ningún rol. Aunque la escasez sería fundamental para explicar por qué el agua tiene poco valor, a pesar de tener mucha utilidad; y el diamante tiene mucho valor pero poca utilidad (bien de lujo, adorno, etc.). La teoría del valor trabajo, concluía Rothbard, no podía solucionar “esta paradoja”.
Hemos hecho una extensa crítica a la teoría austriaca del valor en anteriores entradas y no las vamos a repetir aquí. Ahora solo apuntamos que en la Economía Clásica (Ricardo en primer lugar) la ley del valor trabajo solo se aplica a bienes que son reproducibles mediante trabajo humano y medios de producción. La cuestión de la “escasez” hay que ponerla en este marco. Es que el supuesto sobre el que opera la ley del valor trabajo es que, dada una demanda, esta puede ser satisfecha mediante adiciones de trabajo y medios de producción. Significa que esos bienes no son escasos en relación a la demanda. Una obra de arte, en cambio, es escasa en el sentido que no puede ser reproducida, en tanto obra original, con trabajo. Ricardo, que lleva la teoría del valor trabajo a su máxima expresión, precisa en el capítulo 1 de los Principios esta cuestión crucial. Smith, de hecho, adopta el mismo criterio cuando dice que en la sociedad productora de mercancías estas se intercambian de acuerdo a la cantidad de trabajo necesaria para producirlas. El castor de su ejemplo no se intercambia por una obra de arte irreproducible, sino por un ciervo. Otra manera de ver la cuestión de la escasez es a través del concepto de demanda efectiva. Smith lo explica con un ejemplo: si un pobre desea tener un coche pero su demanda no es una demanda efectiva. No puede incidir en el precio del coche. En otros términos, para el pobre el problema no es la escasez de coches (puede haber abundante oferta en el mercado) sino su pobre, o escaso, poder de compra.
Por otra parte, y contra lo que pretende Rothbard, no hay contradicción lógica en decir que el agua tiene mucho valor de uso y poco valor (o valor de cambio). Un bien puede tener mucha utilidad y poco valor (esto es, poco trabajo incorporado). Por ejemplo, una computadora hoy tiene más funciones útiles que 30 años atrás, pero tiene menos valor (o precio). Esto se explica sencillamente por la reducción de costos –disminución de los tiempos de trabajo- asociados a su fabricación.
La ganancia capitalista como categoría específica y el trabajo del capitalista
Uno de los méritos de Smith fue haber considerado a la ganancia como un ingreso específico que remunera el adelanto del capital. Por eso critica a quienes piensan que los beneficios del capital “son tan solo un nombre distinto por los salarios y una particular especie de trabajo como el de inspección y dirección” (p. 48 RN). Son cosas completamente distintas, se regulan “por principios de una naturaleza especial, que no guardan proporción con la cantidad, el esfuerzo o la destreza de esta supuesta labor de inspección y de dirección. Los beneficios se regulan enteramente por el valor del capital empleado y son mayores en proporción a esa cuantía” (ibídem). Más aún, “en muchas grandes empresas” el trabajo de inspección suele encomendarse a un empleado “principal: los salarios pagados a esa persona representan verdaderamente el valor de dirección e inspección” (ibídem).
La identificación de la ganancia como un ingreso que corresponde al propietario del capital en tanto tal, y/o de la función del capitalista en tanto dirige el proceso de explotación del trabajo va en contra de la apologética burguesa que justifica las ganancias por los trabajos de organización, control e inspección. Un argumento que adquiere máxima importancia en Schumpeter y otros austriacos. Según estos, los empresarios son los verdaderos héroes del desarrollo capitalista. Es la imagen del empresario que hace avanzar a la sociedad introduciendo innovaciones de productos o de procesos productivos. En RN, en cambio, los empresarios no tienen un rol destacado en el desarrollo tecnológico. Y se destacan los avances que suelen surgir de la práctica de los trabajadores. Escribe Smith: “Una gran parte de las máquinas empleadas en esas manufacturas [en las que se aplica la división del trabajo] … fueron al principio invento de artesanos comunes…” (p. 12 RN).
Dinero
En su elogio a RN Milei sugirió que la teoría del dinero que inspira su política económica tiene como antecedente a Adam Smith. Milei adhiere a la teoría cuantitativa del dinero, en especial en la versión de Milton Friedman (que tiene diferencias con referentes austriacos, como Hayek).
La afirmación de Milei es problemática. Empezando por el hecho de que Smith sostiene que el valor del oro y la plata está determinado por la ley del valor. Escribe: “El oro y la plata, como cualquier otro bien, cambian de valor… La cantidad de trabajo que una determinada cantidad de esos metales puede adquirir… El descubrimiento de las minas de América redujo el valor del oro y la plata en el siglo XVI a casi una tercera parte de su valor anterior. En la medida que cuesta menos trabajo llevar esos metales de la mina al mercado, es menor la cantidad de trabajo de otra especie que con ellos puede adquirir” (p. 33 RN). Más adelante precisa: “El descubrimiento de las minas de América disminuyó el valor de la plata y el oro en Europa” (p. 35 RN). La explicación de por qué el oro y la plata perdieron valor a partir del descubrimiento de las minas de América divide aguas entre los partidarios de la teoría cuantitativa y sus críticos. Según los primeros, la pérdida de valor del oro y la plata se debió al aumento de su cantidad en relación a la masa de mercancías. Según los críticos, la pérdida de valor de los metales preciosos se explica por la caída de los costos de producción (puede consultarse la crítica de Villar (1982), a Hamilton). Smith parece ubicarse en esta posición.
En segundo término, Smith vincula el papel moneda de curso legal (o sea, pagadero a la vista) con el oro y la plata. “Lo que se compra o vende con esta clase de dinero ha de ser necesariamente tan barato como si la operación se efectuara a base de oro o de plata” (p. 294 RN). Admite también que el dinero fiduciario puede perder valor en relación al oro y la plata. Claramente, no es la posición de la teoría cuantitativa. Según el enfoque de Hume, por ejemplo, una masa indiferenciada de mercancías se confronta con una masa igualmente indiferenciada de masa monetaria (o sea, en este último respecto no se diferencia el billete o moneda del dinero crediticio). A partir de esa “confrontación” se establecerían los precios y el poder de compra del dinero (esta tesis, que Marx calificó de absurda, sigue siendo repetida al día de hoy por muchos partidarios de la teoría cuantitativa). En Smith, en cambio, el valor que expresa el dinero fiduciario surge de su relación con la masa de oro y plata que sustituye.
En tercer lugar, en Smith tiene mucha importancia la creación endógena de dinero, que ocurría cuando los bancos descontaban letras de cambio. “La mayor parte de los bancos y banqueros ponen en circulación sus pagarés [billetes de banco] descontando letras de cambio, es decir, adelantando dinero sobre ellas antes del vencimiento. La operación consiste en deducir el interés legal correspondiente de las sumas que adelantan, teniendo en cuenta la fecha del vencimiento. La cobranza de la letra, llegado ese momento, sirve para reintegrar al banquero las sumas adelantadas, incluido el beneficio que representa el interés (p. 279 RN). Más adelante destaca la importancia que tenía esta operatoria en Escocia: “… casi toda la circulación monetaria del país se hace utilizando estos instrumentos” (p. 271 RN).
Por otro lado, si los bancos emitieran más billetes de los que puede absorber la circulación interna del país (por ejemplo, descontando letras de cambio emitidas por especulación, sin respaldo), el exceso retornaría a los bancos solicitando su reembolso. Pero esto llevaría a los bancos a perder continuamente dinero metálico. Y como ese dinero no podría permanecer ocioso, terminaría saliendo del país, de una forma o de la otra (véase p. 273 RN). En cambio, si los bancos se limitaran a descontar letras “reales”, la circulación jamás se hallaría saturada con papel moneda (véase ibídem). De ahí que sostenga que cuando un banco descuenta a un comerciante una auténtica letra de cambio, girada por un acreedor a un deudor, y este la paga realmente cuando llega el vencimiento, la economía opera con normalidad. Por eso, y como señalan Itoh y Lapavitsas (1999), en Smith (también James Steuart) la circulación interna de la moneda y la circulación del papel moneda emitido por los bancos son diferentes en su naturaleza y obedecen a distintos principios (p. 11). Agregan: “La cantidad necesaria de dinero para la circulación, [según Smith y Steuart] depende de los valores de las mercancías, del valor del dinero y de la velocidad de circulación del dinero” (ibídem). Una explicación que también encontramos en la obra madura de Marx (véase Contribución a la Crítica de la Economía Política y El capital, cap. 3 t. 1).
Es por lo tanto un error sostener que Smith es un antecedente de la Currency School, o enfoque monetarista. El planteo de Smith es característico de la que luego fue llamada Banking School, o “Escuela Bancaria” (Tooke y Fullarton fueron sus representantes más destacados). Básicamente la Escuela bancaria negaba la posibilidad de una emisión excesiva de papel moneda porque las necesidades del comercio controlaban automáticamente los billetes emitidos. Esto significaba que “no había necesidad de un control legal del circulante mientras se mantuviera la convertibilidad [con el oro]. … el uso de los depósitos bancarios, letras de cambio y otras formas de crédito como sustitutos de los billetes del Banco, frustrarían los esfuerzos de la Escuela Monetaria [o sea, los partidarios de la teoría cuantitativa] por controlar la oferta monetaria a través del control de los billetes del Banco solamente” (Blaug, 1885, p. 262). Agrega Blaug: “Si los bancos restringen sus préstamos al papel comercial autoliquidable [“letras reales”], es decir, al descuento de valores a corto plazo basados en los bienes en proceso, los medios de pago de una economía se expandirán necesariamente al mismo tiempo que el volumen de los bienes producidos. Esta doctrina se enuncia con claridad en La riqueza de las naciones y la atacaron Thornton, Ricardo y el Comité de los Metales Preciosos…” (pp. 262-263). Thornton y Ricardo fueron exponentes de la Currency School, (o monetarista), la misma que defiende Milei. Es inconcebible que coloque a Smith entre los precursores del monetarismo.
Esta es la razón, además, de por qué, en RN, Smith no dijo palabra del “mecanismo de ajuste” de Hume. Recordemos que, según Hume, si aumenta la cantidad de oro por encima del que debiera circular según las transacciones, aumentan los precios; en consecuencia bajan las exportaciones y suben las importaciones; el déficit en la balanza comercial implica la salida de oro; por lo tanto bajan los precios. Escribe Rothbard: en la RN “ha desaparecido toda referencia al nexo causal entre la cantidad de dinero, los niveles de precios y el balance del comercio” (p. 460). Agreguemos que el mecanismo de Hume tiene una larga trayectoria entre los partidarios de la teoría cuantitativa. Ejemplos son David Ricardo (a pesar de su defensa de la ley del valor trabajo) y el moderno “enfoque monetario de la balanza de pagos”. Preguntamos, ¿qué entendió Milei de teoría monetaria, “su” especialidad por excelencia?
Interludio 2: la influencia de Smith en el surgimiento del marxismo, según Rothbard
Además de criticar la noción del precio natural (suma de salario, ganancia y renta), Rothbard plantea que en RN Smith propuso “una bizarra teoría alternativa”, de acuerdo a la cual el costo de producción relevante es simplemente la cantidad de trabajo corporizado en su producción. “En realidad fue Smith, de hecho, quien fue casi en soledad el responsable de inyectar en la teoría económica la teoría del valor trabajo. Y por lo tanto, fue Smith quien plausiblemente puede ser tenido como el responsable de la emergencia y grandes consecuencias del marxismo” (p. 453). También escribe que los marxistas “tienen a Smith como la inspiración última de su propio Padre Fundador, Karl Marx” (ibídem). Más adelante sostiene que la afirmación de Smith de que la ganancia y la renta son “deducciones de lo producido por el trabajo” dio alas al socialismo (véase p. 455).
Estamos ante otro planteo equivocado. No hay forma de sostener con alguna seriedad que Smith fue “el responsable” del surgimiento del marxismo. El defensor consecuente de la teoría del valor trabajo en la Economía clásica fue David Ricardo. Marx lo reconoció explícitamente. En Teorías escribió: “La base, el punto de partida para la fisiología del sistema burgués –para la comprensión de su coherencia interna y sus procesos vitales- es la determinación del valor por el tiempo de trabajo. Ricardo parte de ahí y obliga a la ciencia… a explicar la medida en que las otras categorías desarrolladas y descritas por ella corresponden a dicha base, a ese punto de partida o lo contradicen…” (Marx, 1975, t. 2, p. 141). Ricardo critica a Smith porque este limitó la ley del valor trabajo a la sociedad productora de mercancías precapitalista. El centro de la teoría de Marx es que los precios son determinados, en la sociedad capitalista, por la ley del valor trabajo. No tiene sentido entonces afirmar que Smith fuera el responsable de la teoría de Marx. Esto sin pasar por alto que Marx “conservó y superó criticando” también a la teoría del valor de Ricardo.
Por último, también es descabellado decir que los marxistas “tienen a Smith como la inspiración última de su propio Padre Fundador, Karl Marx” (Rothbard, p. 435). Cuando los marxistas se refirieron a las fuentes del marxismo citaron a la Economía Política Clásica (Ricardo en primer lugar); Hegel y la dialéctica (más influencias en Marx de Aristóteles y Spinoza); el materialismo francés del siglo XVIII; y los socialistas utópicos como Owen y Fourier.
Salarios y lucha de clases en Smith, silencio de Milei
En Smith la determinación del salario está atravesada por el conflicto social. Escribe: “Los salarios del trabajo dependen generalmente, por doquier, del contrato concertado por lo común entre estas dos partes [los trabajadores y los propietarios del capital] y cuyos intereses difícilmente coinciden. El operario desea sacar lo más posible y los patronos dar lo menos que puedan. Los obreros están siempre dispuestos a concertarse para elevar los salarios y los patrones para rebajarlos” (p. 65 RN). Agrega que en la mayor parte de los casos los patrones salen ganando. Esto se debe, por un lado, a que, siendo menos en número se pueden poner de acuerdo más fácilmente. Por otro lado, sigue Smith, “las leyes autorizan las asociaciones de los patrones, o por lo menos no las prohíben, mientras que en el caso de los trabajadores las desautorizan. No encontramos leyes del Parlamento que prohíban los acuerdos para rebajar el precio de la obra; pero sí muchas que prohíben esas estipulaciones para elevarlo” (ibídem). Agrega que “en disputas de esa índole los patronos pueden resistir más tiempo” dado que disponen del capital “previamente adquirido”.
Esto es, la lucha de clases. “En su afán de lograr una resolución pronta, los obreros promueven alborotos y, a veces, recurren a la violencia y al ultraje más ofensivos. En su desesperación, proceden los trabajadores con el frenesí propio de los desesperados y tienen que optar entre morir de hambre o atemorizar a los patronos para que estos accedan inmediatamente a sus pretensiones” (p. 66, RN). De todas maneras, hay un mínimo debajo del cual no puede caer el salario, ya que el trabajador debe poder mantenerse él y su familia. Más adelante, sostiene que los salarios en Gran Bretaña “parecen cifrarse, en realidad, en más de lo estrictamente necesario para que el obrero mantenga a su familia” (p. 72, RN). Esta concepción está ausente por completo en el discurso de Milei sobre Adam Smith.
Trabajo productivo e improductivo
Una de las nociones más importantes de RN es la distinción entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Más precisamente, es muy importante su segunda definición de trabajo productivo. Es que Smith definió el trabajo productivo de dos maneras. Por un lado, sostuvo que es trabajo productivo “se concreta y realiza en algún objeto especial o mercancía vendible que dura por lo menos algún tiempo después de realizado el trabajo” (p. 299 RN). En otro pasaje sostiene que es productivo el trabajo “que se realiza en un objeto permanente o mercancía vendible que dure después de realizado el trabajo” (p. 300 RN). De acuerdo a esta definición, el trabajo aplicado a servicios (por ejemplo, el transporte, la atención médica, la enseñanza) no sería productivo. Marx rechazó esta definición de trabajo productivo. La mercancía, sostiene, “tiene una existencia puramente social que nada tiene que ver con su realidad corpórea”.
La segunda definición de trabajo productivo (aunque Smith no la diferencia de la anterior) dice que es productivo el trabajo que agrega valor, y más específicamente, plusvalor. Y es improductivo el trabajo que no solo no genera plusvalía, sino que además la consume. Por ejemplo, los obreros empleados en la industria generan plusvalía, esto es enriquecimiento del capitalista que los contrata. Pero en cambio ese empresario se empobrece manteniendo un número elevado de trabajadores para atender a su consumo personal. Los trabajadores de la industria son productivos; los del segundo caso son improductivos. Esta es la concepción de trabajo productivo / improductivo que Marx considera científica. Obsérvese que en esta segunda versión la tarea “física” o “material” que realiza el obrero no tiene relevancia para la definición del trabajo productivo o improductivo. Por ejemplo, si un capitalista contrata una cantante de ópera para su consumo -por ejemplo, para animar su fiesta de cumpleaños- ese cantante es pagado por el capitalista con renta. Luego del pago es más pobre (aunque se puede haber enriquecido espiritualmente). El trabajo del cantante de ópera fue improductivo. Sin embargo, si el capitalista contrata al cantante para brindar funciones de ópera –esto es, produce valor y plusvalor- ese trabajo es productivo.
Esta distinción –la que hace énfasis en la relación social- ha tenido importancia en la lucha de la burguesía en ascenso contra la aristocracia y el antiguo régimen. Al hacerla, Smith lanzaba una crítica de fondo político. En RN escribió: “El trabajo de algunas de las clases más respetables de la sociedad, a igual de lo que ocurre con los servidores domésticos, no produce valor alguno… El soberano, por ejemplo, con todos los funcionarios o ministros de justicia que sirven bajo su mando, los del ejército y de la marina… trabajadores improductivos” (p. 300). Marx elogia a Smith en este punto. Señala que la gran masa de los llamados trabajadores “elevados” lejos de ser productivos son, esencialmente, destructivos. Lo cual no es obstáculo para que se apropien de buena parte de la riqueza material.
La noción de trabajo productivo / improductivo conserva vigencia y peso crítico al modo de producción capitalista. Hace ya muchas décadas Paul Baran escribía que buena parte de los trabajadores improductivos está ocupada “en fabricar armamentos, artículos de lujo de todas clases, objetos de ostentación conspicua y de distinción social. Otros son funcionarios gubernamentales, miembros del cuerpo militar, clérigos, abogados especialistas en evasión fiscal, expertos en relaciones públicas, etcétera. Otros grupos más de trabajadores improductivos son los agentes de publicidad, los corredores de bolsa, especuladores y similares” (p. 50).
A pesar de su importancia, Milei no dice palabra sobre trabajo productivo / improductivo. Apenas habla sobre trabajo y frugalidad, en un enfoque ahistórico y banal, ocultando la concepción smithiana. ¿Y Rothbard? Pues también elude el tema de fondo focalizándose solo en la crítica a la definición “materialista” de Smith del trabajo productivo.
Una nota sobre especuladores y estafadores
En el serial de omisiones de Milei están las referidas a especuladores y estafadores. En el capítulo 4 del libro II de RN, en donde trata sobre la tasa de interés, Smith propone que el Estado intervenga para que el interés no esté muy por encima del que se establece normalmente, para no favorecer a “pródigos y agiotistas”. Si la tasa fuera muy elevada “la mayor parte del dinero que se prestara iría a parar a manos de pródigos y proyectistas descabellados que son los únicos capaces de abonar réditos tan crecidos” (p. 323 RN). Si eso ocurriera, gran parte del capital de la nación “iría a parar a manos de personas que fácilmente lo disiparían, haciendo mal uso de él” (ibídem).
Amartya Sen (2000) comenta este pasaje. Se inscribe en la defensa de Smith de la legislación contra la usura y de la necesidad de controlar las conmociones provocadas por la excesiva tolerancia de las inversiones especulativas realizadas por los ‘despilfarradores y aventureros’. Sen precisa el significado del término “proyectista”. Smith no lo utiliza en el sentido neutral de una persona que elabora proyectos, “sino en el sentido peyorativo”, frecuente a partir del siglo XVII, que significa, entre otras cosas, “un promotor de empresas burbuja; un especulador, un estafador” (Sen, p. 359, nota 19). Milei, una vez más, hace silencio.
Para concluir
Milei no maneja las nociones más rudimentarias de los temas en que se mete. Su ignorancia es sencillamente asombrosa, solo comparable con su insufrible fanfarronería. No hay insulto ni exabrupto que pueda disimular tanta indigencia conceptual. ¿Será por eso que los libertarios han decretado de “lectura obligatoria” la exaltada alabanza mileísta de la Riqueza de las naciones?
Textos citados
Baran, P. (1969): La Economía Política del crecimiento, México, FCE.
Blaug, M. (1985): Teoría económica en retrospección, México, FCE.
Braverman, H. (1982): Trabajo y capital monopolista, México, Nuestro tiempo.
Coriat, B. (1982): El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, México, Siglo XXI.
Freeman, C. y L. Soete (1997): The Economics of Industrial Innovation, Cambridge Massachussets MIT Pres.
Itoh, M. y C. Lapavitsas (1999): Political Economy of Money and Finance, Londres, Macmillan Press.
Marx, K. (1974): Teorías sobre la plusvalía, Buenos Aires, Cartago tres tomos.
Marx, K. (1987): “Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844”, en Escritos de juventud, México, FCE, pp. 544 – 668.
Marx, K. (1999): El capital, México, Siglo XXI tres tomos.
Rothbard, M. N. (2006): Economic Thought Before Adam Smith: An Austrian Perspective on the History of Economic Thought, Volume I, Edward Elgar Publishing Ltd.
Smith, A. (1987): Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México, FCE.
Sen, A. (2000): Desarrollo y libertad, Buenos Aires, Planta.
Vilar, P. (1982): Oro y moneda en la historia 1450 – 1920, Barcelona, Ariel.
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