«Lecciones incómodas de la intervención norteamericana en Venezuela»

Por lo general no publico notas en el blog que no sean de mi autoría. En este caso hago una excepción. En lo que sigue reproduzco el escrito de la intelectual y activista cubana Alina Bárbara López Hernández, dedicado a Venezuela, la intervención de EEUU, e implicancias para Cuba. El texto me lo envió un compañero y puede levantarse en https://www.cubaxcuba.com/
La intervención relámpago del gobierno de los Estados Unidos en Venezuela, ocurrida en la madrugada del 3 de enero de 2026, permite extraer varias lecciones significativas. La primera de ellas es que ningún gobierno que arruine a su país, empobrezca a su pueblo, reprima a sus ciudadanos, genere un éxodo masivo, se erija en élite corrupta, desconozca la voluntad popular y se mantenga por la fuerza, podrá disponer de base de apoyo social, por mucho que presuma de ella. Llegado el momento, el pueblo no va a defenderlo. Y eso permite entender la alegría de muchísimos venezolanos al salir de su dictador; si bien no de su dictadura.
Periodistas residentes en Caracas reportan que la gente se ha preocupado más por comprar víveres en los supermercados que por organizar protestas. Eso no me asombra. Durante su campaña electoral, María Corina Machado había recibido el apoyo de personas humildes que fueron chavistas, posiblemente muchas de las que impidieron el golpe de estado del 11 de abril de 2002 al salir a defender a Chávez. Esa gente, que bajó de los cerros de Caracas y de otros barrios populares en diferentes estados de Venezuela, fueron las que custodiaron centros de votación, denunciaron irregularidades y salieron a protestar cuando el CNE declaró vencedor a Maduro en las elecciones robadas de julio de 2024. Esa gente, ahora, ni se inmutó.
Las fuerzas militares norteamericanas llegaron a Venezuela, evadieron los misiles costeros, entraron «como Pedro por su casa», avanzaron como si hubieran nacido en Caracas, se dirigieron directamente al lugar donde estaba Nicolás Maduro, lo capturaron y lo trasladaron rumbo a Estados Unidos. La resistencia de un grupo de militares que lo custodiaba no pudo evitarlo; entre ellos murieron treinta y dos cubanos de una tropa de la que ignoramos el número total, pues el gobierno de la Isla había negado enfáticamente durante años la presencia de tropas suyas en aquel país.
Esas muertes saltan otras alarmas y varias dudas. De acuerdo a las declaraciones de Trump y de su secretario de Guerra, solo dos militares estadounidenses recibieron heridas leves en las piernas al subir a los aviones. ¿En qué circunstancias murieron entonces los militares cubanos? Según el gobierno cubano: «cayeron tras una férrea resistencia en combate». ¿Combate contra quiénes? ¿Contra los Delta Force o contra militares venezolanos que facilitaron la operación contra Maduro? Porque es evidente que los recién llegados conocían el laberíntico fuerte Tiuna como la palma de su mano.
¿Miente Trump? ¿Miente Caracas? ¿Miente La Habana? La certeza que tengo es que los compatriotas fallecidos, provenientes algunos de las zonas más empobrecidas de Cuba, son, a nadie le quepa duda, otras tantas víctimas de la política injerencista de un grupo de poder que, en eterna pose de mártir, revive el sueño de la Guerra Fría cada vez que puede y juega a los dados geopolíticos a espaldas nuestras en lugar de centrarse en esta Isla arruinada por ellos.
Dicho éxito indica más a una operación coordinada desde dentro que al factor sorpresa, pues durante meses, y sobre todo en las últimas semanas, Donald Trump había dicho claramente que iba a usar la fuerza directa; entretanto, Maduro aseguraba que las milicias populares y el ejército bolivariano estaban en pie de combate y dispuestos a todo. ¿Se engañaba o lo engañaban? Aunque parece que no le dolió demasiado; llegó a Nueva York esposado, risueño, y deseando «feliz año nuevo» en su mejor inglés.
Más actos de repudio vimos en La Habana que en Caracas. Mientras el presidente Díaz-Canel, casi afónico, exigía la devolución inmediata de Nicolás Maduro; la vicepresidenta Delcy Rodríguez pasaba de una tibia protesta inicial a un mensaje conciliador dirigido al presidente Trump, en el cual, por cierto, ni mencionaba al secuestrado. Un amigo venezolano me cuenta que los canales de televisión pasan novelas y programas de entretenimiento. Parafraseando al Hamlet de Shakespeare: «algo huele mal en Venezuela». Si los profesionales de la salud cubanos empiezan a retornar, eso indicaría un nivel de articulación significativo entre los que están decidiendo las cosas en Venezuela y el gobierno de Trump.
Lo que resulta innegable es esta verdad: los ciclos históricos son implacables. Ningún gobierno mantiene eternamente el apoyo popular si no se lo gana. Gobernar no es un cheque en blanco, aunque algunos gobernantes así lo crean. Sobre eso debería tomar nota el gobierno cubano, y no porque yo piense que los norteamericanos harán lo mismo acá, donde no hay petróleo ni azúcar ni industria ni nada atractivo que estimule una intervención imperialista; pero, viéndose en el espejo de Maduro, deberían aprender a ser menos prepotentes; tampoco tienen ya la base social que hace décadas tuvieron. Están tan solos como la dictadura de Maduro.
II
Muchas personas no se explican la enorme alegría de gran parte de los venezolanos ante la intervención ordenada por Donald Trump. Exigen patriotismo a un pueblo acorralado, que intentó como pocos participar en la política de su país y utilizar los mecanismos legales. Que ganó en buena lid y fue despojado por un gobierno que no aceptó su derrota. Es muy fácil asumir posturas de superioridad moral ahora, cuando debieron acompañar en su momento las denuncias de ese mismo pueblo.
Las ciudadanías de Venezuela y Cuba, reprimidas de manera sistemática y notoria por sus gobiernos, y violentadas en sus derechos, han sido asimismo abandonadas por los organismos internacionales y regionales, por numerosos gobiernos, por algunos sectores de la izquierda y por un sector de la intelectualidad global. Este es el resultado. Duele mucho que se reciba a fuerzas extranjeras en clara acción injerencista como a salvadores; pero, mientras ahora sí hay una movilización global «manos fuera de Venezuela», en julio de 2024, cuando les robaron la victoria, ellos marcharon solos. Así mismo marchan las comunidades de cubanos en el mundo cuando piden la libertad de nuestros presos políticos y denuncian al gobierno policial de este país.
Ocurre que condenar al imperialismo es de buen gusto político y visto como síntoma de progreso; pero no lo es tanto condenar a dictaduras que se escudan tras disfraces de izquierda y consignas populares para ejercer el terror de Estado contra sus ciudadanos. Falta coherencia. En Cuba lo sabemos muy bien. ¿Qué hace el gobierno cubano ocupando un asiento en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU? ¿A qué gaveta fue a parar el informe Gilmore? ¿Qué elementos de juicio sostienen las declaraciones de la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad en el Parlamento Europeo cuando reconoció «avances significativos» y aludió a «disposiciones progresistas en la Constitución de 2019», pero sin mencionar el término de presos políticos a pesar de que en Cuba existen más de mil?
Las tensiones en Venezuela se siguen presentando erróneamente como un conflicto entre perspectivas ideológicas: capitalismo vs socialismo del siglo XXI. Pero el socialismo del XXI, al igual que su predecesor, devino dictadura, y en estos momentos se manifiesta como una puja entre la voluntad popular y un poder que se cree impermeable a ella. Un poder que durante el cuarto de siglo de su existencia ha gestado a una clase política unida al gobierno por lazos clientelares y vinculada sobre todo con el petróleo y la minería de oro. En Cuba ha sido mucho más que un cuarto de siglo.
Valga la lección. No es justa la selectividad de las campañas globales que apoyan a estos gobiernos y abandonan a sus pueblos; porque los pueblos entonces pueden ver como salvadora a la garra que se extiende envuelta en guante de seda. La soledad no es buena consejera para nadie. Premonitoria resulta esta oración, colocada al final de la gran obra literaria que describe el destino trágico de Macondo, y que puede ser el de nuestros países: «porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra».
III
Imperialismo no es sinónimo de capitalismo; como mismo antimperialismo no es sinónimo de comunismo ni un «invento de la izquierda». El imperialismo es la política de ciertas naciones encaminada a controlar, mediante la coerción o la intervención directa, los territorios, recursos y mercados de lo que considera su ámbito de hegemonía regional. Estados Unidos es un país imperialista; Rusia también. Son dos ejemplos, hay más.
Y aquí opera la especie tan común de los «antimperialistas selectivos», aquellos que denominan «operación militar especial» a la intervención de Putin en Ucrania, pero deploran el imperialismo prepotente de Donald Trump; o viceversa, condenan la agresión al país eslavo, pero presentan al presidente norteamericano como salvador de Venezuela. Falta coherencia, como ya dije.
Desde que escuché el discurso de Donald Trump del 20 de enero de 2025, en su toma de posesión, publiqué un post donde alertaba sobre el imperialismo agresivo que, sin disimulo alguno, latió en sus palabras. Algunas personas me acusaron de alarmista, pero Trump fue claro:
«La ambición es el alma de una gran nación, y ahora mismo nuestra nación es más ambiciosa que ninguna otra. Al igual que nuestra nación, los estadounidenses son exploradores, constructores, innovadores, emprendedores y pioneros. El espíritu de la frontera está inscrito en nuestros corazones. La llamada de la próxima gran aventura resuena en nuestras almas. Nuestros antepasados estadounidenses convirtieron un pequeño grupo de colonias al borde de un vasto continente en la poderosa república de los ciudadanos más extraordinarios. Nadie se les acerca».
Y precisamente fueron esa ambición y el espíritu de la frontera los que llegaron a Venezuela a bordo de varios aviones en la madrugada del 3 de enero. Para entenderlo solo basta tomar nota de lo dicho por Trump y su secretario de Guerra en la conferencia de prensa. En ella no se dirigían tanto a los venezolanos como a Europa, a China, al mundo…
«Bajo nuestra nueva estrategia de seguridad nacional la dominación de los Estados Unidos sobre el hemisferio occidental nunca será cuestionada de nuevo.
Bajo el gobierno Trump, nosotros estamos reafirmando el poder estadounidense de una manera muy poderosa en nuestra región propia. Y nuestra región es muy diferente de lo que era hace poco. Y nosotros hicimos eso durante nuestro primer gobierno. Nosotros dominamos y ahora dominamos aún más. Todo el mundo está volviendo a nosotros. El futuro va a ser determinado por la capacidad de proteger el comercio, el territorio y recursos que son esenciales para nuestra seguridad nacional
Pero estas son las leyes inquebrantables que siempre han sostenido el poder global y lo vamos a mantener así».
Por su parte, las rotundas frases del eufórico Pete Hegseth no permiten malinterpretaciones: «Los guerreros estadounidenses son los mejores del mundo. Ningún otro país en la tierra puede ejecutar este tipo de operación. Los Estados Unidos pueden ejercer su voluntad en cualquier lugar, en cualquier momento. Esto es los Estados Unidos primero. Esto es la paz a través de la fuerza. En 2026 y a través del presidente Trump, los Estados Unidos está de vuelta»
Ninguno de ellos mencionó términos como «democracia», «justicia» «derechos humanos» o «presos políticos». Aunque no creo que defender la democracia sea algo que le interese en particular a Trump. Si ni en Estados Unidos le preocupa, qué quedará para otros «oscuros rincones».
Los términos más reiterados en la conferencia fueron: «petróleo», «dominación», «nuestra seguridad nacional» «intereses hemisféricos». Estas frases no permiten dudas: «Nosotros vamos a gobernar ese país hasta que podamos hacer una transición segura… Nosotros vamos a administrar ese país…Las petroleras más grandes de los Estados Unidos van a entrar… La industria venezolana del petróleo fue construida con el talento estadounidense y el régimen socialista nos la robó…El embargo al petróleo venezolano se mantendrá en vigencia. Nuestra marina de guerra está lista y dispuesta y nosotros estamos listos para que todas nuestras exigencias sean cumplidas… ¡¡Vamos a vender mucho petróleo!!».
A los que confían en que Venezuela se libró de la dictadura porque Trump secuestró a Maduro, y que apenas está comenzando un proceso de transición, les tengo malas noticias. No importa lo que digan los análisis de Chat GPT que he visto por ahí, Estados Unidos nunca ha hecho ascos a una dictadura que defienda sus intereses hemisféricos. Precisamente bajo otra dictadura, la de Juan Vicente Gómez, fue que las compañías norteamericanas llegaron a controlar la producción y venta del hidrocarburo venezolano.
Juan Vicente Gómez fue un dictador criminal, que reformó la constitución siempre que lo deseó para perpetuarse en el poder; acalló a la oposición; suprimió las libertades de expresión y de prensa, así como las garantías judiciales, e ilegalizó a los partidos políticos. En los propios EE.UU. radicó una de las figuras más destacadas de la resistencia venezolana en el exilio, el intelectual y periodista Carlos López Bustamante, que editaba desde Nueva York, donde hoy está preso Maduro, la revista Venezuela Futura, con la cual colaboraron articulistas que habían logrado escapar de las cárceles de Gómez y denunciaban sus horrores.
Veintisiete años estuvo el caudillo sudamericano en el poder, hasta su muerte, acaecida en 1935. A pesar de tan largo gobierno, no hubo por parte de las administraciones norteamericanas una evidente hostilidad hacia él, lo que se explica por la actitud siempre benevolente del dictador ante las inversiones extranjeras. Conociendo el potencial petrolero de Venezuela, el régimen gomecista definió un marco legal por medio del cual entregó gran parte del territorio nacional en concesiones, de acuerdo a los intereses de los consorcios petroleros norteamericanos.
Los que sean tan incautos como para olvidar la historia de nuestro continente, que crean entonces en los propósitos de Trump hacia Venezuela. Pero nadie que conozca y valore el pasado puede apoyar una política de intervención que solo reforzaría la hegemonía del Norte y desestabilizaría nuestras naciones, vistas por Trump como reservorios de recursos hacia donde devolverá a los migrantes que vivían en suelo norteamericano para que sirvan de mano de obra barata a sus futuras expansiones.
La manera peyorativa en que Trump se ha referido a María Corina Machado («sería muy difícil para ella ser líder, ella es una mujer muy gentil, pero ella no tiene respeto dentro del país»), indica que prefieren negociar con estructuras de poder autoritarias que garanticen de manera inmediata sus intereses. Es mejor malo conocido que bueno por conocer. No olvidemos tampoco que, aunque Trump afirme que «el régimen socialista» fue quien les «robó» la industria petrolera; en realidad la nacionalización del petróleo venezolano y la creación de PDVSA ocurrieron en 1976 durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Sería riesgoso para la política imperialista de Trump, que María Corina Machado ponga algún límite nacionalista a sus intereses hegemónicos.
Una dictadura no es una persona; no es Maduro allá ni Díaz-Canel acá. Una dictadura es un conjunto de instituciones, leyes y prácticas que se deben desmontar con todo cuidado. Es cierto que eso requiere un plazo de tiempo, pero debe ser un proceso interno, que compete a las sociedades afectadas. Desde fuera no se puede tutelar un proceso de justicia transicional, pero sí dictaduras que convengan a los intereses de los tutores. Desde fuera lo que debe hacerse es acompañar ese proceso de transición interno: con presiones en organismos internacionales, con denuncias, con recursos para que llegado el momento las fuerzas de cambio puedan conducir un proceso de tránsito ordenado.
Se asevera que los pueblos que no aprenden de su historia están obligados a repetirla. Parafraseando a una gran cubana que acaba de fallecer: #porfavorleahistoria. Debiéramos aprender de esto y asumir como prioritaria, de una vez y por todas, la causa de la democratización de Cuba, en lugar de cavar trincheras ideológicas que serían apropiadas en un escenario diferente. Debiéramos, además, entender que ningún actor foráneo va a hacer la tarea por nosotros, esta causa es nuestra. Veamos la lección de Venezuela.

















Hare difusión de lo escrito, muy bien escrito, por Alicia Bárbara López Hernández.Gracias
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Cesar Hormazabal Fritz
07/01/2026 at 21:42